sábado, 30 de mayo de 2015

Los Emperadores de Auksamaar V

Primera Parte Aquí
Segunda Parte Aquí
Tercera Parte Aquí
Cuarta Parte Aquí

La Caída De Narg-Zhul


Solo y en medio de viejos despojos de batalla, Kurkox salió del pequeño arroyo donde por poco se ahoga. Se arrastró hasta la orilla como un animal herido y se tendió boca arriba respirando con dificultad. Sus quejidos apenas alcanzaban a perturbar el silenció grave de El Valle de los Reyes y sus estatuas de eternos durmientes. Exhausto como estaba tras la batalla y francamente a punto de la muerte sus ojos se tornaron a las estrellas sobre el palio oscuro de aquella noche de primavera.

Como dijimos, en Kurkox el fuego del Dragón ardía más que en nadie sobre esta tierra. Sin embargo tal vez su verdadero poder no estaba solamente en la fuerza de sus golpes sino en su irrepetible capacidad de levantarse aun luego de semejante paliza. Si algo realmente aterrorizaba al hermano menor de Bilingord era la incapacidad de llevar a cabo sus propósitos. Cada paso en falso, fracaso o demora solo lo alentaba a continuar. 

Mientras el Dracida intentaba pararse sin mayor éxito percibió que un animal se acercaba hacía el en medio de la oscuridad. En andar gentil un Lobo de pelaje gris le observó con sus ojos pardos. Aquel animal tenía la marca de una media luna entre sus orejas y su porte era el de la Sabiduría de Natura. Para asombro del Jethi el Lobo así hablo:



- Infausto sera en verdad tu destino si no retrocedes. Escucha el peligro que vengo a anunciarte, Kurkox. Porque soy el Guardián de los Caminos y se donde comienzan y terminan todas las empresas del Hombre que se cruza en el mio. 

El Dracida le miro y habló con esfuerzo:
- ¿Tu eres uno de esos espíritus antiguos de los que los Hombres hablan en leyendas?
- He sido la guía de muchos, tanto a la luz como a la oscuridad. Pero no ha sido por animosidad que mis palabras pueden haber llevado a muchos a la ruina. Sino la poca atención que ellos han prestado a las mismas. Escucha ahora, Dracida, la palabra de quien conoce en que acaba todo caminó.
- Hablad entonces... o dejadme ir.
- La Mujer que sigues estará aun fuera de tu alcance cuando llegues hasta ella. Nadie podrá alcanzarla una vez coja la senda de la desesperanza. La amaras  pero no podrá ser nunca tuya. Aun si la rescatas de la prisión donde se ve sometida, otros barrotes, mucho más severos e indestructibles aprisionaran para siempre su mente. Mejor es que muera y ascienda al Gentil Essea donde de las lagrimas de la pena brota el Regocijo.

Kurkox se ladeó intentando alcanzar fragmentos de su espada y contestó con denuedo:
- Sí tal es tu augurio...entonces, no tengo más que escuchar. Ve a anunciar la ruina a los de corazón flaco, no a un Dracida.

El Lobo le cerró el camino:
- Dracida, Dios, Humano o Vlaind, nadie es ajeno a la desgracia. Ni aun tus puños, capaces de pulverizar la estrellas podrían salvar el Alma de Jade Thagvari. Su casa arderá y sus llamas te alcanzarán volviéndote solo cenizas del que fuiste alguna vez. Ya ha sido anunciado a su padre, el desoyó todo consejo y ahora su ciudad esta condenada a perecer. Como ademas su progenie. 
- Entonces, Lobo, con todo el respeto que me guardan los entes gentiles de Balbania, andate a la mierda, no me interesa. -
- ¡No seas insensato Kurkox! Si subes esa colina ¡por tu mano ella  morirá!

La mirada del Dracida centelleó entonces en genuina furia y obstinado le grito:
- Mejor que sea yo antes que cualquier otro. Ahora,¡Dejad que me marche y nunca más te cruces en mi camino!
- Te volveré a ver, aun cuando así no lo desees. Y para entonces el tema de elección en nuestra conversación, sera de Resignación ante la Sombras del Mundo o el inclemente mandoble de Aspota. (N/A: Diosa de la Muerte)

Kurkox hizo un esfuerzo sobre humano por levantarse y cogiendo el mango de su espada  Rota por Equinoxia, clavó la misma en la tierra a modo de pico de escalar, y comenzó el penoso ascenso hacía Anagj-Khudrum dejando quejidos y jirones de su ropa detrás.



***

En los Salones de Anagj-Khudrum el mal herido Fraujirl era atendido con toda la destreza de los Vlaind para mantenerle con vida. Pero el último ataque de su padre había golpeado de manera irreversible su corazón, que ahora languidecía. Y Jade estaba prisionera en los sótanos de la terrible fortaleza donde Equinoxia, en su maldad, torturaba su mente con palabras engañosas y visiones confusas sobre la extinción de su prole y la victoria Vlaind.

Tras un gran esfuerzo Flaujirl se recuperó de sus heridas más le advirtieron que su corazón sería para siempre muy débil y que no podría resistir otro golpe directo de un Dracida o un Vlaind. Por lo que Rolando ordenó que se le forjara una gran armadura especialmente reforzada en el pecho con Joyas mágicas y Arudar Vlaind. A este se le entregaron armas dignas de un Rey hechas por los más diestros herreros y artesanos de los Hijos del Ramkkara. Una vez las vistió su apariencia era monstruosa y terrible. En su pecho izquierdo un Cristal Oscuro de desconocida procedencia brillaba rutilante y su yelmo era tremolante como el que cargara Pirtv-Mv en la hora del Juicio. Desde entonces los Dracidas lo llamaron Anakthos, el Diamante Negro. 

Sin embargo no era solo un gran campeón con el que los Vlaind se habían hecho, sino todo su saber acerca de las defensas, pasadizos y túneles que se encontraban debajo de Nargh-Zhul. Una vez elaborada la estrategia y reunidas todas las legiones Vlaind que se pudieron acantonar Rolando lanzó su ofensiva definitiva sobre la desesperada Ciudad Dracida. 


Solo pocos días más tarde de estos eventos, cuando Kurkox todavía se abría caminó hacia Anagj-Khudrum, las puertas se abrieron y con Anakthos a la cabeza de una fuerza formidable los Hijos del Ramkkara marcharon a la guerra hacía la victoria o una muerte gloriosa. Miles de armaduras doradas cubrieron el Horizonte y cegaban si se las veía directo desde cerca. Sus lanzas, como un bosque brillante en movimiento, se cernían cerrando un círculo sobre la ciudad y en sus ojos se adivinaban deseos homicidas. Desde el Río Palaras otra fuerza comandada por Equinoxia se desplazó en la noche hacía los puertos de Nargh-Zul y en ellos residía la clave de la victoria. Pues Anakthos les había comentado de un pasaje secreto que llevaba a las cuevas ricas en piedras preciosas de la ciudad y desde ellas podrían sortear los muros, hasta entonces inquebrantables.

Cuando el Sol se hubo anunciado en el levante y un nuevo día de primavera cubrió el horizonte de color carmesí los Vlaind se lanzaron sobre las defensas de los Jethis en grandes números. Alzando sus espadas, cargando las lanzas y los grandes escudos. Y desde los muros las flechas Dracidas desperdigaban la muerte cuya llamada oían quienes caían. Ojos, corazones y pechos se clavaban en su carne, atravezando el aire y el hierro con la potencia de brazos diestros. Pero los Vlaind a pocas cosas temían y cuando iban a la guerra lo hacían como los Hijos de los Dioses. 

Cientos caían a las puertas infranqueables de Nargh-Zul y otros tantos eran aplastados por los lanza piedras, o eyectados al cielo en decenas por las balistas escondidas tras las troneras. Muros adentro los niños y ancianos esperaban temerosos en templos. Por que las Mujeres se lanzaron al auxilio de sus esposos y hermanos, tomando las armas como un igual. Sus jabalinas y arcos a muchos dieron muerte ese día, su hora maravillosa. 

Pero Anakthos era dueño de una potencia a la que pocos en el mundo podrían atreverse. Y haciendo uso de escalas alcanzó el primer nivel de la fortaleza junto a sus más fieles. Allí, bajo las estatuas a Heills y a los Antepasados de los Hombres, las armas Vlaind y Dracidas chocaron, haciendo que la sangre cayera al nivel inferior, resbalando los pasos de sus defensores. El estruendo de sus aceros podía oírse en todo el valle mientras el Sol elevaba su cabeza hacía el medio día sin un vencedor claro. Dorado Vlaind y Verde Dracida se mezclaba entre la plata de las espadas y el rojo de la sangre. Más sus gritos eran igual de bravos y desesperados. Hacía el atardecer los Vlaind debieron retroceder, fallando en su primer asalto. Pero acamparon y esperaron la señal que se anunciaría ante la luna nueva, cuando la oscuridad fuera completa. 

En el más estricto silencio y discreción, los Vlaind al mando de Equinoxia desembarcaron en el antiguo Túmulo de un rey de antaño, no lejos de la ciudad. Allí descargaron sus pertrechos y bajo el amparo de la noche se internaron en los sinuosos caminos subterráneos que Anakthos les había señalado. Tras andar algunas horas en la oscuridad dieron con el pasadizo correcto e ingresaron a las minas de la ciudad, de donde los Dracidas extraían metales y riquezas que habían hecho a la ciudad Grande en su esplendor. 

Como ladrones o furtivos asesinos cientos de Vlainds entraron oficialmente en Nargh-Zul tras más de diez años y Equinoxia rió imaginando la masacre y desesperación que esto supondría. Mientras estos afilaban las cuchillas para la carnicería se envió la señal. Y un paje quemó las velas de los Bajeles para que el humo se elevara cubriendo las estrellas. Al verse sobre las colinas el mismo Anakthos se llenó de regocijo e hizo sonar las trompetas para el asalto final. 

Aunque los Dracidas estuvieran exhaustos eligieron morir en dignidad y los heridos que habían sido apartados del campo de batalla y aun los ancianos se aprestaron a defender las riquezas subterráneas de la ciudad tan pronto como advirtieron la presencia del enemigo. Allí, en estrechos corredores de piedra chocaron sin descanso los hijos de los Dioses, como una colonia de hormigas que se disputa los túneles con otras, entre el centelleó de las piedras preciosas, las espadas y las lanzas se entrecruzaron. Tal desesperada fue esta lucha que los envueltos en la contienda aun habitan allí abajo como sombras desesperadas encerradas en este agónico momento de sus vidas para siempre. 

Pero Equinoxia era inigualable y a todos barría del campo con sus manos limpias o su mandoble. Ni la hidalguía de cien campeones podía detenerla cuando de matar se trataba. Más habiendo perdido muchos hombres y sin saber si Anakthos era vencedor arriba prendió fuego los sótanos y depósitos de la ciudad en el primer subsuelo aun si en esto se le iba la vida. Cuando las llamas brotaron del suelo y estas lamían templos y casas, los Dracidas solo pudieron entregarse a una muerte honrosa digna de su ser guerrero.

Ni aun los miles de años que le quedaban por delante a los Dracidas en Balbania alcanzaron para hacerles olvidar esta infausta y desgraciada derrota. Ahora la mitad de Nargh-Zul estaba en llamas y los Vlaind dominaban todos los espacios ocupando sus torres y salas como fieras salvajes. La Prole del Ramkkara se entregó entonces al saqueó y a la locura. Robando, violando y colgando a quien hallaran en su camino.

Muy tarde llegaron los refuerzos al mando de Ungwing, Bilingord y Mendrago de la Orden de Sigmund. Pues, cuando alcanzaron la ciudad esta ya se perdía bajo el ardor de las llamas. Más lejos de desanimarse la gran tropa del Santuario de Hosmusilias intentó al menos sacarles un empate a los Vlaind y atacar hasta que ni uno solo de ellos quedara en pie. Desviando su camino dado el incendio entraron desde el norte y allí lanzaron su último canto de guerra los defensores. Hermano vengó a hermano, e hijo mato a hijo hasta que el Sol volviese a salir en el cielo. Y cuando ya pocos Vlaind quedaban y la mayoría había huido Ungwing se apresuró a la puerta oeste y detuvo en su marcha a Anakthos. 

- Podría dejar a cualquiera de estos infames salir de aquí, pero no a ti mil veces traidor. A esta desgracia incalculable solo a ti te corresponde responder. Porque vendiste a quienes te han dado cobijo cuando a ningún otro lugar podrías haber ido. 

El último duelo de la Guerra de las Ciudades sería de ellos dos y se habrían de chocar hasta el final.


***

Kurkox sintió que su alma desfallecía al ver las columnas de humo que la ciudad despedía desde sus muros. Y se odió por no poder estar en dos lugares al mismo tiempo. Sin embargo, algo recuperado ya de sus heridas la gran ofensiva de Rolando había dado una ventaja inesperada al Dracida. Anagj-Khudrum estaba vacía y ni la más torpe mano había sido excluida del tunante combate. Por lo que ingresó en ella con facilidad y dio rápidamente con su amada, cuyas cadenas deshizo de un solo golpe. Pero cuando los amantes se aprestaban para la rauda huida el último Vlaind allí les detuvo, vestido para la guerra como Uptunar misma. Rolando les bloqueaba la salida.




jueves, 28 de mayo de 2015

Los Emperadores de Auksamaar IV


Primera parte Aquí
Segunda parte Aquí
Tercera parte Aquí

Kurkox y Jade Thagvari




Lo que a menudo lleva a la locura es la desesperanza. La historia de Kurkox y Jade Thagvari, que durante estos eventos toma lugar es necesaria para comprender los hechos sucedidos durante y después de la guerra  entre los Dracidas y el Imperio Aukmari sobre la cual hemos adelantado algunas cuestiones. 

Mucho antes de que Rorvan llegase a Auksamaar, cuando él y su amigo Estian buscaban los escurridizos secretos de los Hombres de Antaño, se sucedió la primer guerra entre Dracidas y Vlainds. Esta disputa fue tan sangrienta como particular, pues en cierta forma dibujo un preludió de lo que inevitablemente ocurriría entre los Hijos de Namidian y el pueblo de Heills. Tal capítulo es mencionado varías veces bajo el nombre de "La guerra de las Ciudades". Cuando los Vlaind y Dracidas que habitaban en ambos extremos del valle  de los reyes  se disputaron el control del mismo dada su riqueza, posición estratégica y reliquias de los Reyes de antaño que este ocultaba en sus profundas catacumbas.


***

Los Tres Hermanos
y
El estigma de Kurkox


Kurkox era el hermano menor de Bilingord, padre fundador de la orden homónima y por entonces líder de todos los Dracidas habitantes en Himburgo. Cuando Bilingord regresó a su hogar tras haberse convertido en el primer hombre en controlar y usar el Rettem según los dictados de Heills, este fue a buscar a sus hermanos para que le  ayudaran en la tarea de buscar a los otros tres señalados por los Dioses para ser los fundadores de la Orden del Dragón. En esta tarea, larga y peligrosa, Kurkox y Almirand (el más pequeño) se mostraron a la par de su afamado hermano y se convirtieron en grandes héroes al igual que Bilingord. 

Sin embargo los hermanos eran muy distintos en carácter y modo de pensar. Bilingord siempre se comportaba como un hombre centrado y eficaz, inteligente y cuidadoso. Aunque tal vez demasiado apesadumbrado por la carga que suponía ser  la última esperanza para una nación sumida en la barbarie y la corrupción como era Himburgo en ese entonces.

Almirand, además de ser el mejor arquero en existencia, contaba con una sabiduría siempre llevada a la piedad, a la contemplación y a la sobriedad en sus actos. Lo que con los años le ganó el título de Sumo Sacerdote o Patriarca del Santuario del Bosque de Hosmusilias, en cuyos límites tenía poderes de Rey, algo inédito y nunca repetido en la estructura de poder Dracida.

Kurkox por otra parte era un joven idealista que abrazó la causa de su hermano con, tal vez, demasiada pasión. En efecto el fuego del Dragón ardía en él más que en cualquier otro Jethi de su tiempo. Su fuerza, habilidad y arrojó en la lucha superó aun a los grandes maestros de la Orden y se ha dicho (no en vano) que en efecto era el más fuerte de todos los Dracidas ya en los tiernos inicios de sus aventuras. Pero, por otro lado, Kurkox tenía un espíritu demasiado confortativo y aunque siempre se comportaba con dignidad y abrazaba las causas justas para él los enemigos de la orden no merecían justicia ni piedad alguna.

Se dice que, en la última misión de aquellos años en los que los Hermanos buscaban a los escogidos por Heills faltantes (Dalstein, Frigord y Sigmund) Kurkox liberó a muchos orientales de un poderoso señor feudal y a modo de castigo por su cruel trato a los esclavos terminó matando al Señor Feudal, a su esposa y a todos sus hijos. Esto provocó bastantes discusiones entre él y su hermano dado que los Dracidas eran muy pocos y necesitaban dar el ejempló para ganar más seguidores y, eventualmente, derrocar la monarquía que intentaban combatir. 

Y en efecto aquel episodio terminó muy mal para Kurkox, pues llegado el momento de escoger quienes serían los padres fundadores de la  Orden de cada rama Dracida se escogió a Frigord en vez de Kurkox pues este era un hombre tan fuerte en ese entonces como él y con un sentido de liderazgo y política mucho mayor que el del hermano de Bilingord.  Hay quienes dicen que este castigo tenía por objetivo sentar un ejemplo a todos los Dracidas de que, por muy poderosos que fueran no debían bajo ninguna circunstancia abusar del mismo y siempre obrar según los Dictados de Heills. De lo contrarió se arriesgaban a que una de las Ordenes se lanzara a una caza de brujas que acabaría en una anarquía sangrienta.

Más allá de la política involucrada, Kurkox sintió esto como una grave ofensa. Pues el había dado todo por la visión de su hermano y muchas veces había puesto sus fuerzas al límite en pos de una sociedad más justa y menos cruel. Por lo que en él no solo nació un rencor inolvidable hacía Frigord, sino tambien un gran deseo de mostrarle a su hermano que él podía ocupar ese puesto o cualquier otro de importancia. Por muchos años se alejó de los asuntos de los Dracidas y viajó lejos inmiscuido en otros asuntos o llevando la causa hacía lugares considerados de menor importancia para la Orden del Dragón.

Jade Thagvari

La Joya Más Preciada de Narg-Zhul


Muchos años después, cuando los Vlaind ya habían llegado a Himburgo y los Dracidas se encontraban en su cúspide controlando gran parte del este del país, la situación entre ambas razas se tornó especialmente tensa cuando los Vlaind conducidos por Rolando levantaron en el extremo oeste del Valle de los Reyes una gran ciudad fortaleza conocida como Anagj-Khudrum, La Cima de los Cuervos.

Las razones y pormenores de esta cuestión son muy extensos como para relatarlos aquí en detalle. Pero diremos que Rolando, último descendiente de la Raza Auresiana guardaba un especial rencor hacía los Dracidas, dado que estos les aniquilaron durante su guerra civil contra la monarquía de Himburgo. Y además, Rolando sabía por entonces mejor que nadie que clase de secretos, sabiduría y reliquias poderosas se ocultaban en el viejo cementerio de los Reyes Auresianos debajo del Valle.

Dado que el lugar era un sitio de peregrinación para muchos humanos y que además se encontraba exactamente en los limites entre el reino Vlaind  de Allion y los territorios Dracidas, se había acordado a la llegada de los Vlaind que tal Valle debía ser una zona neutral de libre acceso a todas las razas y que nadie podía reclamar para sí los tesoros que dormían junto a los antiguos en las cientos de catacumbas y templos. Esto, por ejempló, le permitió a Dracidas como Rorvan poder trabajar allí sin mayores problemas al igual que otros Vlainds como Hatanst, Sixfrid o Rolando mismo.

Y como todo lo bueno duro lo que tenía que durar. Rolando y sus hombres, los más fanáticos Vlaind de los que se tenga recuerdo, tomaron para sí las ruinas de Anagj-Khudrum y la reconstruyeron y re poblaron con gentes de Allion y otros lugares Vlaind. Desde la cima de aquella fortaleza podía adivinarse con facilidad los movimientos de cualquiera que intentara acceder al valle o aun robar las tumbas de los antepasados. Los Dracidas, re doblaron la apuesta construyendo en el lado oriental del valle una Ciudad tan grande y majestuosa como pocas llamada Narg-Zhul, la Cueva del Dragón. Una joya arquitectónica  y un símbolo del poder de los Dracidas en ese tiempo con más de nueve niveles fortificados con torres, troneras, lanza piedras y balistas.


Este desafió a Rolando no fue ideado por los Bilingord, ni Frigord, ni Dalstein, sino por Ungwing. Un gran campeón de los Dracidas de Frigord que contaba con mucho apoyo de su gente dado sus grandes dotes de liderazgo mostrados en batalla. Cuando Kurkox supo de la empresa que este llevaba adelante sin autorización de sus superiores se  dirigió de inmediato a Narg-Zhul y ayudo tanto en su construcción como en su defensa. 




Cabe aclarar que estos movimientos y medida de egos no eran apoyados por los máximos líderes de ambos bandos, sin embargo era muy difícil por entonces controlar a Hombres que gozaban de un poder y una riqueza inaudita hasta entonces en Balbania. Rolando tenía entre los Vlaind muchos seguidores y detestaba profundamente tanto a los Humanos como a los Dracidas sosteniendo la teoría de que los Vlaind eran dioses en la tierra y que los demás pueblos debían someterse a ellos por derecho. En el caso de los Dracidas era también muy complicado mantener a raya a los caudillos locales como Ungwing dada la falta de un liderazgo claro entre los Jethis. No por nada la Guerra de las Dos ciudades también es llamada "La Batalla de la estupidez".

Kurkox fue recibido de buena manera en los salones brillantes y ricos de Ungwing como una espada poderosa que podría mantener a raya las aspiraciones Vlaind en torno al valle. Su gran atractivo, carisma y heterodoxia le ganó el amor de muchos en Narg-Zhul y fue puesto al mando de sus, cada vez más, grandes ejércitos. Como también conquisto el amor de la joya más preciada de la ciudad, Jade Thagvari, hija de Ungwing.

Su nombre no había sido escogido a la ligera, Jade era una mujer tan hermosa como la piedra que llevaba su nombre y sus ojos verdes brillaban con igual magnificencia. Muchos hombres habían pedido su mano en la ciudad. Sin embargo ya un oráculo había anunciado en secreto a su padre que un terrible portento pesaba sobre la muchacha cuando este, desafiando a Bilingord, comenzó a levantar la ciudad. 

 "El destino de tu ciudad está atado al destino de vuestra Hija. Muchos la reclamaran, todos fracasaran. Y el que triunfe en conquistar su corazón será también quien detenga su latir" 

Los más grandes amores para Ungwing eran su ciudad y su hija. No vale aclarar que no estaba dispuesto a perder ninguna de las dos. Más la profecía era ambigua, pues en verdad se refería a dos hombres y no a uno solo. De todas formas Jade rechazaba por sí misma a todos los pretendientes hasta la llegada de Kurkox a la ciudad. Su padre, sin revelar el portento, se negó siempre a que Jade tuviera alguna relación con Kurkox y esto abrió ciertas grietas en su alianza, como además hizo languidecer en desamor a su hermosa hija. 


La Guerra de las Ciudades



El primer paso hacia la guerra fue la expansión de los Territorios de Anagj-Khudrum hacia el sur, en dirección al bosque de Niuvet y las costas del Río Palaras. Una muy poderosa y lunatica Vlaind llamada Equinoxia, de la Orden de Hatanst se abalanzó con todo su divino poder sobre las poblaciones humanas del lugar despertando el pandemónium en el valle.

Junto a miles de Vlainds de primera linea asaltaron estas pequeñas villas pacificas que vivían a ambos lados del río y aniquilaron a  cientos con una crueldad inusitada digna de los seguidores de Rolando y su teniente Kharmond cuyo apodo no por nada era "El Despiadado" Los Vlaind alegando que estos humanos ocupaban los jardines sagrados a orillas del río, incineraron todas las aldeas y a modo de escarmiento empalaron a todas sus víctimas en las costas del río. Los pocos Dracidas que podrían haber habitado allí no tuvieron oportunidad contra los Vlaind y fueron masacrados sin piedad alguna y sus cuerpos expuestos a las puertas de Anagj-Khudrum. Mientras las fuerzas Vlaind avanzaban hacia el oeste algunos humanos llegaron a Nargh-Zul pidiendo auxilio y apoyo. Ungwing y Kurkox montaron en furia por el horroroso crimen y fueron junto a muchos otros Dracidas a presentar combate en favor de los pobladores. 

Durante la noche, los Dracidas movilizaron varios hombres expertos en la guerra de guerrillas conducidos por ambos y armaron una emboscada sobre las colinas del valle. Cuando las fuerzas Vlaind regresaban a Anagj-Khudrum fueron tomadas por sorpresas por ambos lados y las flechas silbaron sobre sus cabezas, penetrando sus armaduras y cuellos. El ataque fue feroz y la infantería al mando de Kurkox bajó desde las rocas sobre los Vlaind al amanecer y los barrió del campo. De los más de dos mil Hijos de Namidian solo Equinoxia pudo escapar de la celada. Tras esta acción la guerra de las ciudades comenzó definitivamente. 

Al amanecer colorado del día siguiente todo el poder que Rolando  había acumulado se lanzó a conquistar todos los territorios del Valle que antes estaban vedados y los Dracidas se aprestaron a su defensa. Fue la guerra más cruenta hasta la última entre ambas especies. Las dificultades del terreno, los ánimos homicidas tan contenidos de ambos bandos y el orgullo se apoderaron tanto de Vlainds como Dracidas y todos los días, durante nada más y nada menos que Diez años chocaban sobre las colinas del Valle ambos ejércitos en interminables y sangrientas escaramuzas que no tenían fin.

Los hermosos hijos del Ramkkara se aprestaban a la lucha por voluntad propia desde todo el reino de Allion y abandonaban sus hogares para ayudar a sus hermanos que allí habitaban, encontrando a su llegada solo un lodazal hediento de cadáveres y esqueletos con armaduras demorándose al sol del ocaso. Muchos Dracidas creyeron que este era el comienzo de la guerra Santa anunciada por  Heills y se movilizaron por motus propio al conflicto. 

Ni Rolando ni Ungwing escucharon a sus líderes históricos y se trenzaron en esta carnicería sin sentido incapaces de sacarse diferencias el uno del otro. Todos los días partían jóvenes Jethis, muchos de ellos sin siquiera el entrenamiento completo a reforzar las líneas de Ungwing y estos caían bajo la inclemencia de las armas Vlaind. Otros veteranos del Ramkkara, curtidos en el exilio y el sacrificio de su pueblo por defender el único lugar de donde no habían sido expulsados hasta entonces terminaron atravesados por las flechas o espadas de los hijos del Dragón. Esta guerra encontró su fin tal y como el Oráculo había anunciado al haber pasado diez veranos de su inicio.



La Desdicha de Deíla

Y

El Secuestro de Jade 

La Historia de cómo fue que esta ciudad finalmente se perdió bajo las llamas de la guerra será contada en detalle en otro momento, pues es muy extensa. Sin embargo contaremos brevemente que, antes de comenzado el conflicto la hermana de Rolando, Deíla huyo de su psicótico hermano espantada por como la locura y la crueldad se había adueñado de él desde que ocupara la ciudad fortaleza de Anagj-Khudrum.  Deíla era una Vlaind muy hermosa que había tenido en otros tiempos buena relación con los Dracidas y los Humanos y no podía soportar ver la tiranía que su hermano había impuesto al oeste del Valle.

Por lo que en una acalorada discusión sobre los métodos sangrientos de Rolando con su hermano este envió a ejecutarla totalmente lleno de ira llamándola traidora. La joven y triste Deíla escapó horrorizada de la ciudad con ayuda de sus sirvientes y, sin tener ningún lugar a donde ir pidió asilo en Nharg-Zul. Ungwing dudo en aceptarla, dado que esto aceleraría un más las tensiones del Valle. Sin embargo Thilian, un importante Capitán de la Orden de Sigmund quedó tan conmovido por su relato y su belleza que insistió a Ungwing que la dejara quedarse bajo su protección. 

El amor entre la Vlaind y el Dracida dio por resultado el primer hijo en nacer de ambas especies del que se tenga registro. Fraujirl, resulto en un Dracida de Sigmund con algunos dotes Vlaind como la capacidad de modificar la materia. Se lo apodó "El Caballero Gris" dado que su cabello era de este color. Fraujirl con el tiempo se convirtió en un gran líder de los ejércitos de la ciudad luchando lado a lado con su padre y Kurkox en la guerra de las ciudades. Llevaba una gran armadura Negra al combate y su espada y poderes no encontraban comparación entre las filas de los Vlaind.

En su corcel azabache se abalanzaba sobre los Vlaind como una pesadilla hecha realidad. Pues al ser mitad Vlaind tenía habilidades excepcionales que otros Dracidas nunca podrían alcanzar. Junto a Kurkox y su padre acometieron hazañas de renombre siempre reteniendo los avances de Rolando en el valle, luchando con espíritu incansable sobre las colinas y acumulando a su alrededor cientos de victimas que caían bajo su inclemente espada.

Pues bien, cuando el conflicto comenzó a extenderse más de lo imaginado por cualquiera, muchos comenzaron a culpar a su madre por la nefasta situación de la ciudad, hambreada y desprovista de su esplendor dada la guerra. A menudo, Deíla era humillada por otros Dracidas, hablando a sus espaldas y culpándola de todo fracasó militar que la tropa tuviera en el campo de batalla. No muy tarde, ante los sucesivos reveces en la guerra también se lanzaban a sus espaldas muchos comentarios injustos y la desconfianza de antiguos amigos. 

De Niño, Fraujirl también había sido victima estos insultos y descalifaciones. Por lo que había forjado una relación tan estrecha con su madre que muchos considerarían enfermiza. Con el tiempo se distanció de su padre y cuando fue incapaz de soportar más el trato tan injusto hacía su madre le urgió que regresara a Anagj-Khudrum junto a Rolando, pidiera perdón y se alejara para siempre de estas gentes tan injustas por las que ambos habían dado la vida.

Pero Deíla no quería regresar y ahogada en las diyuntivas crueles que se le presentaban se entregó a la depresión y el llanto. Su belleza se malogró y la locura la domino al igual que a su hijo. Con el deseó de salvar a su madre, Fraugirl la secuestró y se la llevó por la fuerza a Anagj-Khudrum. Cuando su padre le dio alcance en una cacería sin igual se enfrentaron entre sí.

Se dice que el Valle de los Reyes retumbó hasta los cimientos en semejante lucha. Deíla pedía razón entre ambos, pero esta no existía, se habían abandonado a la locura imperante en esos años de guerra. Fraujirl y Thilian cruzaron aceros aquella noche y sus espadas se buscaban el uno al otro mientras Daíla lloraba por el malhadado destino de su casa. 

Cuando ambos empezaron a luchar usando los poderes  del fuego del Dragón y el cielo se iluminó con relámpagos ardientes, destellos enceguecedores y llamas de odio, Kurkox entró en acción al reconocer cual era el motivo de la disputa. Viajó hasta allí junto a Jade, quien era ya su aprendiz e intentaron hacer a ambos entrar en razón. Pero todo resultó más nefasto de lo esperado. Fraujirl venía tramando pasarse de bando desde hace mucho tiempo y cuando los Vlaind llegaron a recibirlo encontraron que su nuevo aliado estaba en problemas y se sumaron a la lucha.

En medio de la desesperada lid, Kurkox hizo lo imposible por defender a Jade de los Vlaind y se batió en combate con tres contrincantes al mismo tiempo para sacarle presión a Thilian. Su espada implacable y su fuerza indetenible dio muerte a más de diez Vlainds en esa ocasión que siquiera llegaron a tocarle. Como un torbellino de luz, el Dracida los abatía incansable. Con un solo movimiento de su mano, como invocando un poder invisible, los Hijos del  Ramkkara volaban por los aires y caían de cabeza al suelo para morir. Con su espada aplastaba yelmos y con su puño atravesaba escudos y armaduras haciendo manar la sangre de sus contrincantes.

Pero finalmente a Thilian le faltaron las fuerzas. Juntó en su mano todo el Rettem  que le quedaba antes de morir y lanzó un tronador rayo, como un relámpago blanco y fracturado que se ramifica en cientos de extremidades para condensarse en un solo punto. Con lagrimas en sus ojos desafiantes atravesó a su hijo con el mismo, quien cayo fulminado y muy cerca de la muerte.

Deíla se postró sobre el cuerpo de su muchacho mientras su marido agonizaba en el suelo. Los Vlaind restantes se lanzaron sobre Kurkox y este ya incapaz de detenerlos fue abatido más no muerto por los mismos producto del cansancio. Jade fue tomada prisionera por los Vlaind de Rolando y fue llevada junto a Deíla y Fraugirl a Anagj-Khudrum.

La Risa de Equinoxia

Kurkox no era la clase de persona que se rinde o que vuelve al fuerte pidiendo refuerzos. Tan pronto como pudo ponerse de píe corrió en dirección a Anagj-Khudrum pisandole los talones a los Vlaind de Rolando, cuya velocidad era menor dado el traslado de la prisionera y el herido Fraujirl. El Hermano de Bilingord les alcanzó en la noche de luna llena a mitad de camino de su destino. Y pudo ver desde las colinas como su amada Jade era llevada a la rastra Valle arriba. No mucho más lejos se podían ver las torres y almenas de la abominable Anagj-Khudrum.

El Dracida saltó hacía abajo en una caída suicida para un humano y gritando a grandes voces dada la desesperación en que su alma se encontraba intentaba desafiar a los Vlaind que huían cobardemente de su presencia. Más, a pesar de su tristeza, también lo traiciono el Orgullo. Pues una Vlaind estaba muy dispuesta a recoger el desafió. Vio como esta daba ordenes a sus subordinados y se separaba del grupo principal en señal de desafió. Una Risa fría y malévola se perdió entre las graves rocas y despojos de batalla. La risa de Equinoxia.

Sí había en esos tiempos una Vlaind más perversa y malévola que Rolando o Kharmond esa era Equinoxia. Una mujer de cabellos oscuros y facciones tan hermosas como la de cualquier hijo de Namidian. Pero su piel era pálida como la de un espectro y en sus manos residían el poder de cientos de ellos. Todas las victimas de sus inefables batallas en nombre de "La Maravillosa Prole del Ramkkara"

Equinoxia era una Vlaind de Hatanst que había pasado más tiempo en la Gran Sombra aun que Rorvan años después. Su mente y actos eran dominadas por la oscuridad primera y no sentía piedad o amor alguno por nada que no fuera ella misma. Era el azote más cruel de Rolando en Anagj-Khudrum y una contrincante tan inigualable como Kurkox mismo.

Cuando Kurkox se encontraba desenvainando su espada una barrera de sombras espesas y malignas le envolvió de pronto, como sí una telaraña maldita e invisible le hubiera aprisionado sus miembros cansados y antes de que siquiera pudiera darse cuenta de esto una lanza dorada le atravesó de lado a lado, impulsándolo hacía atrás y estocandolo contra las rocas del valle. Gozando de la malicie y el poder que ostentaba, Equinoxia se desprendió de la capa negra que la envolvía y mostró ante la luz de la luna su armadura compuesta de Arudar, brillando como oro pulido en plena oscuridad.

El Dracida, inmovilizado de momento, puso todos sus esfuerzos en sacar aquella lanza de su cuerpo, pero esta estaba unida al mismo por el poder de su contrincante. Equinoxia saltó hasta su posición y le atacó con todo el poder de los Dioses que sus manos homicidas guardaban. Dos enormes centellas, una blanca como la nieve y otra negra como el abismo salieron disparadas como cometas hacía Kurkox y este experimento el dolor y la agonía de aquellos que se pierden entre los nubarrones de la gran sombra y su tierra yerma de agonía.


Con sus ropas ardiendo, sus brazo derecho quemándose lentamente y un ojo menos, Kurkox tuvo aun las fuerzas para quitar la lanza. La arrojó lejos y esta tintineo en el suelo. Arrastrándose, cojeando, tomó su espada y dijo:
- ¿Que...que poder, que Demonio es el que me ataca con tanta potencia?-

Equinoxia lanzó una risa cínica:
- El Poder de los Dioses, Rata Dracida. Tu patético fuego del dragón esta desnudo ante la prole del Ramkkara. Sino mueres por mi mano, entonces puedo asegurar que nadie en este mundo podría matarte. Porque no ha nacido aun contrincante alguno al que no pueda matarle.

Fatigado, Kurkox sacó fuerzas de donde no tenía e intentó atacarla, pero ella esquivaba su mandoble con mucha facilidad y cuando este chocó con su mano, esta lo detuvo como si el filo no le produjera daño alguno y a un movimiento de sus dedos la espada se hizo pedazos en manos de Kurkox. Equinoxia le pateó la quijada y antes de que este cayera al suelo arremetió nuevamente con aquellas graves esferas mortales que seguían a su enemigo donde fuera que este intentara esconderse. Esta vez el estallido fue aun mayor y desde Nargh-Zul un albor blanco pudo verse, abriendo los cielos y aplastando los alrededores, consumiéndolos, devorándolos en un vacío sin igual que desintegraba todo lo que tocaba.

Grande fue la pena en la ciudad, pues todos imaginaban que Kurkox había caído en la noble búsqueda de su amada y se elevaron los llantos desesperados en la ciudad que ahora no contaría con ninguno de sus más ilustres capitanes. Ante la desgracia y derrota inminente Ungwing se tragó su orgullo, cargado de verguenza y fue en persona a contar a Bilingord lo ocurrido con su hermano. Arrodillado delante de los Cuatro padres de la Orden del Dragón rogó por auxilio a la Ciudad.

Mientras Equinoxia se marchaba confiada de regreso a Anagj-Khudrum y Los Dracidas debatían si debían o no ayudar a Ungwing, Kurkox, hecho una piltrafa humana se arrastraba muy sigilosamente en dirección a su amada Jade Thagvari bajo las radiantes estrellas del primer día de primavera.

martes, 26 de mayo de 2015

Los Emperadores de Auksamaar III

Las Abominaciones de Gargano 

Primera Parte Aquí
Segunda Parte Aquí

Gargano es una pequeña isla volcánica a pocos kilómetros de Preta, la más grande del archipiélago. La fama de esta era tan mala o aun peor que la de Auksamaar en tiempos del Imperio Salefiano. Según los pueblos de Crusania (actualmente Brusia) allí habitaban todo tipo de criaturas del mundo antiguo que habían huido del cataclismo de "El Gran Tumulto" durante la guerra de los Poderes.

Aun entonces, cuando poco quedaba ya de la Balbania de los tiempos de Mara y Harmir, existían estos parajes remotos e inhóspitos donde las criaturas de la noche persistían. O, en el peor de los casos, habitaban mutaciones producto de las drásticas heridas que sufrió Balbania en la inigualable batalla final entre Mara, la diosa de la luz y Tremor, el Señor de la noche y el Caos.  Menok de Gargano, el terrible Lugarteniente de Rorvan era, al parecer, producto de una de estas extrañas mutaciones y abominaciones que por entonces rondaban Balbania.

La leyenda Aukmari cuenta que cuando el imperio se extendió al oriente continental envió desde Preta una serie de expediciones a la isla volcánica con el propósito de levantar allí un pequeño puesto de avanzada para preparar una invasión a las llanuras de Crusania donde gobernaban los Vlaind del este conducidos por Dargia, Hija de Namidian.

Sin embargo los exploradores que se internaban en sus costas de arena volcánica nunca regresaban al puerto de Auksamaar con noticias. Y si se enviaba a otros en su búsqueda estos se perdían en las nieblas de Gargano para nunca regresar. Se dice que Rorvan ejecutó a varios capitanes y marineros por su ineficacia. Más cuando el cuarto intento por alcanzar la isla también fracasó, Rorvan decidió que el Emperador en persona tomaría cartas en el asunto. Subió a la alta torre coronada que había levantado y desde su cima dirigió su mente hacía las costas visibles de Gargano. 

Inmediatamente se percató que allí habitaba un poder tan grande y oculto como el de Auksamaar que no deseaba ser descubierto ni perturbado por hombres o bestias. Y, tal vez lo más desconcertante y seductor para él era que, efectivamente esa pequeña isla era uno de los llamados "Puntos Fuertes" que había investigado en su juventud. Más esto planteaba dudas a su gran sabiduría, ya que se suponía que el Rettem genera una flora frondosa y llena de vida. Pero Gargano, a simple vista era solo una rocosa isla ardiente. Intrigado Rorvan partió en soledad hasta la misma en un pequeño bote sin acompañantes. Pues, ya en su paranoia temía que otros descubrieran las secretas propiedades del lugar.

Tras dos días de viaje, Rorvan alcanzó a ver la cima del volcán  Har-Khun eructando fuego y cenizas desde su cima, derramando laba ardiente sobre el lado sur de la isla. Mientras su bote se acercaba lentamente a las playas se encontró con los restos de sus expediciones como también de otras aun más antiguas. Sobre los bajeles, ennegrecidos por las cenizas y el hollín, los esqueletos de los incautos dormían en largo sueño de la muerte. Rorvan comprendió entonces que el aire o los gases de la montaña debían ser venenosos para los hombres comunes.  Siendo el un Dracida, cuyo cuerpo esta preparado para las más extremas condiciones, era invulnerable a este tipo de cosas.

Una vez hubo desembarcado en el estuario norte de Gargano, lo que vio le dejo aun más perplejo. Al parecer algunos efectivamente habían alcanzado a desembarcar y hasta levantado campamentos improvisados. Sin embargo lo que otrora fueran orgullosos marineros y caza recompensas eran ahora piedra. Sus rostros perpetuados en un rictus de horror miraban hacía la montaña de fuego. En algunos de sus despojos había evidentes signos de batalla. Más que o quienes habían sometido a tal pavoroso destino a los exploradores Rorvan no sabía decir.



Pero a diferencia de estas pobres almas, Rorvan contaba con la ventaja de un gran entrenamiento como Dracida de la mano de Dalstein mismo más su ya gran poder adquirido desde la muerte de Khadssig. Por lo que, con cautela, el Emperador se sentó allí a meditar a usanza de los orientales y  aguardo que esta extraña amenaza se le hiciera presente. 

Hacía la noche percibió la presencia de varios seres vivos acercándose a él. Escucho la risa repetitiva y cruel de lo que sonaban como mujeres y el siseó inconfundible de serpientes venir desde los bosques que rodeaban el Volcán.  Dominando su temor  Rorvan habló, siempre con sus ojos cerrados, sentado en posición del Loto. 

- ¿Qué clase de Abominación habita aquí? preguntó.

Las risas se multiplicaron y el sonido de pasos, furtivos rodeándolo comenzó a hacerse cada vez más palpable. La percepción Dracida de Rorvan detectó al menos unas cuarenta formas de vida cerrando un círculo en torno de su figura. 

- Somos las amas de Gargano. Somos las Inveteradas, hijas de la serpiente de fuego Kurnak y la madre de las bestias. Guardamos la llama eterna de Har-Khun, que los mortales no han de profanar. Ved por tus propios ojos, sino creéis lo que tus oídos escuchan....

Rorvan se sonrió,  comprendiendo la celada que las criaturas querían echarle encima.

- Ningún hombre ha visto antes la forja de Tremor. Quien la observe comprenderá y dominara el poder que yace en las entrañas de la tierra. El ardiente hálito con el cual conquisto  el mundo antiguo. Mirad sino crees...mirad con tus propios ojos y como un Dios serás en la tierra hasta que el mundo cambie.

- Si abriera los ojos ahora...-Contesto Rorvan. - Sería solo otra triste estatua de piedra en este lugar maldito. Puede que otros tontos y supuestos sabios hayan caído en la tentación que tanto te esfuerzas por infligirme. Un hombre de Poder, sería en efecto, un Dios en la tierra si mirara al Fuego que Tremor sometió a este mundo en los Días sin sol. Sin embargo siento decirle que hay muchas formas más de ver además de los ojos. Aun los mismos pueden engañar. El Sabio no cree solo en lo que ve, sino también en lo que percibe y aun así le es invisible a la mirada. Pues no todo lo verdadero es visible ni todo lo falso imperceptible. 

Las criaturas respondieron enfurecidas:
- ¿Y a que has venido entonces? Sí, ¿A que has venido hombre-De-los-Dioses-débiles-del-cielo?
- He venido a reclamar la llama para el Sol Ardiente.


Tan pronto como así dijo, las  terribles gorgonas de cabellos de serpientes y ojos brillantes se abalanzaron sobre Rorvan, sentado en medio, con sus filosas garras y colmillos monstruosos en busca de su carne. Siempre sentado y con sus ojos cerrados, Rorvan desenvainó su espada  e invocando el terrible poder que en él habitaba un anillo colorado y ardiente rodeó su figura. Cuando las primeras hubieron intentado traspasar el mismo un disparó carmesí como la sangre y brillante como el rubí las fulminaba inclemente en un instante, traspasando sus cuerpos y alcanzando a quienes venían detrás como si cientos de crueles lanzas protegieran al Aukmari.

Las primeras diez cayeron abatidas casi de inmediato y las demás, por completo azoradas, intentaron huir. Pero Rorvan no tenía intenciones de posponer la lucha y buscarlas en sus escondites. Por lo que armado con su mandoble les cerró el paso tras dar un gran salto hacia adelante y blandiendo su aceró luchó con ellas sin sufrir impedimento alguno producto de la falta de visión. Sus poderes ya estaban por encima de los sentidos tradicionales. 

Allí en los lindes del bosque cantó su acero a la luz de la luna llena y cortó las garras que intentaban rasgar su cuello o aplastó los colmillos de sus contrincantes hincando el acero de Aukmaar hasta los dientes. En las sombras de la noche, las Gorgonas, desesperadas, gritaban de miedo y de ira contra el inmenso contrincante. Pero todos sus esfuerzos o trucos poco podían hacer contra Rorvan, quien, diestro en la lid, las arrasó como un tifón sombrío y gélido.

Sin embargo, el Aukmari sabía que el gran poder que había sentido desde las costas de Auksamaar no se encontraba entre estos demonios del mundo antiguo. Y en hábil actuar dejó a una sola de las Gorgonas con vida para que esta, en su pavorosa huida lo llevara a la guarida de las mismas. La desesperada criatura condujó sus pasos hasta la base misma del volcán donde su destreza y fuerzas se podrían a prueba como nunca antes.


Hadí-Targull
La Madre de las Bestias


Desde la cima la lava crepitaba y caía con parsimonia sobre las negras rocas del monte Har-Khun. Los densos vapores, grises y negros se demoraban todo alrededor y flotaban sobre los arroyuelos ardientes de una de las montañas más antiguas de Balbania. Escondido entre la putrefacta y seca vegetación, Rorvan, observaba escondido ya a las primeras horas del día, a la única superviviente ingresar al corazón del monte gritando palabras de un lenguaje que le era ajeno. 

Solo unos momentos después  del Volcán brotó una densa capa de lava y excrecencias venenosas y la tierra tembló como si de ella estuviese por emerger un Dragón de los años antiguos. Tal era la energía que había percibido antes de viajar. Una criatura que por razones que ni siquiera él se explicaba contaba también con él fuego del Dragón, el Rettem, como aliado. Desde el vaporoso valle emergió con bríos guerreros la enorme figura de una criatura espantosa. Sin dudas para Rorvan una de las abominaciones propias de las profundidades a donde la luz de los Dioses nunca había llegado.

Era en efecto similar a una Gorgona, aunque su tamaño era tres o cuatro veces superior. Su cuerpo parecía estar cubierto por una masa impenetrable de magma ardiente y en su brazo blandía una masa de combate negra como el más acabado azabache. En sus ojos las llamas del mundo subalterno centelleaban como estrellas del abismo.  Era Hadí-Targull, la Madre de las Bestias, un Gigante de tiempos aun más remotos que los propios Dioses. Nacida y compuesta por la mera eventualidad de la hechura de las cosas en los inicios. 

¿Cuántos años llevaba allí oculta? ¿Cuánto tiempo tenía revolviéndose en la inmundicia de sus hijas? Ni el más letrado sabio de Balbania puede decir. Pero era un reto que hasta el más osado héroe de la Antigüedad hubiera dejado pasar. Ningún acero, Humano, Bulture o Elfico le hincó alguna vez su filo ni daño su cuerpo.


Por mucho que le hubiera gustado, Rovan supo que esta vez iba a tener que usar sus ojos para combatir contra semejante bestia. Por lo que, manteniendose fuera de su vista buscó una solución, andando por el valle furtivamente. Hadí-Targull, furiosa por la muerte de sus hermanas, le buscaba afonasamente, barriendo de cuajo los árboles secos y quemados todo alrededor. Y cuando su masa golpeaba estos salían volando desperdigados en cientos de pedazos hacía el cielo oscuro y gris.



Targull hizo esto varias veces, dominada por la ira como estaba ante el atrevimiento de Rorvan. Al cuarto intentó su arma golpeó muy cerca de donde el Aukmari se encontraba y este fue levantado por los aíres junto a un sin fin de despojos. Al caer al suelo una larga estaca de madera le atravesó la pierna como una daga negra y ardiente. Rorvan gritó de dolor, intentando zafarse de la esquirla que lo había inmovilizado. Entonces Targull le encontró y fue hacía él haciendo temblar el suelo con cada paso.

Irónicamente fue la astilla la que le dio a Rorvan la idea que necesitaba para enfrentarse a la Madre de las Bestias con sus ojos abiertos. Sintiendo próxima la masa caer sobre él, Rorvan usó su poderosa telequinesia para arrancar de su pierna el troncó filoso y con un grito de guerra envió el mismo hacía el ojo derecho de Targull. Como una jabalina esta se clavó de lleno en su ojo y Targull aulló de dolor, retrocediendo varios pasos. Rorvan, sin perder el tiempo volvió a utilizar su telequinesia para levantar con un denodado esfuerzo el sin fin de piedras que descansaban alrededor del campo de batalla y a un movimiento de su mano los pedregosos proyectiles impactaron en el ojo restante, haciéndose polvo en el rostro de la bestia o atravesando su fueguina pupila. 

Herida pero aun de pie, Targull bramó de odio y de ira. Y repleta su cabeza de deseos homicidas comenzó a golpear todo lo que tenía a su alrededor con su masa. Haciendo pedazos colinas, bosques, y aun parte misma de la montaña produciendo que la Magma se liberase de su prisión de roca y emergiese al exterior en grandes y brillantes cantidades. 

Rorvan, impedido ahora de moverse con la agilidad que lo caracterizaba producto de la herida en su pierna sabía que el Mandoble de Aukmaar no lo ayudaría a traspasar la armadura de sedimentos que cargaba la terrible Targull. Y pensando que tal vez en esto se le iría la vida (más nunca el honor) se alejó lo más que pudo de la enloquecida enemiga y de la lava. Subió entonces a una alta roca, trepando con sus manos, y allí parado, insignificante ante el tamaño de Targull cometió su mayor hazaña.

Soltó la espada y con ambas manos vueltas hacía el cielo sus ojos se pusieron blancos como las nubes y recitando las mismas antiguas palabras que Khadsigg hizo uso del poder que le había robado tras su muerte. El sofocante calor de Gargano comenzó a disminuir rápidamente y sobre la figura de Rorvan se concentró una enorme masa de viento gélido como la más cruda ventisca de invierno en el Este marchito. De sus manos salió eyectado un disparo de nieve que se elevó hasta los cielos grises y, dando una curva allí donde se encuentran las estrellas cayó sobre Targull como si se tratara del congelado mandoble de los Dioses que lleva el cruel invierno pasado el triste otoño. 

El suelo, de arena negra, se congeló de inmediato, la lava y el magma lucharon por prevalecer pero fueron rápidamente dominadas por el poder del Aukmari. La isla toda se cubrió de un destello enceguecedor y congelante que arrasó con todo a su alrededor capturando todo en una densa e inquebrantable capa de hielo prístino y  centelleante.   

Targull sintió como el fuego de su ser se extinguía y moría sin esperanza alguna de sobrevivir y quedose así, elevando su masa al cielo y un grito final que nunca se llegó a escuchar. Antes de que sus fuerzas se agotaran por completo, en un último aliento, Rorvan saltó desde la roca y con la Espada de Aukmaar golpeó la cabeza de la Bestia, haciendo estallar su gigante figura en cientos de cristales que se esparcieron como granizo.

Pero no crean que Rorvan había olvidado lo que había venido a buscar. Una vez pudo, digamos, volver a pararse después de semejante esfuerzo tomó las piezas que pudo salvar de lo que fuera su enemiga y las llevó junto a él de regreso a Auksamaar.

Aun hoy La isla de Gargano es la más fría y gélida de las que se encuentran en el oriente Balbanes.



***
El Nacimiento de Menok

Rorvan había quedado muy impresionado por la naturaleza de las Gorgonas por lo que trabajó mucho tiempo inspeccionando los órganos internos y pedazos que había recogido de Targull como además sus hermanas. Y uniendo sus conocimientos sobre la necromancia que había adquirido como Dracida de Dalstein, especialmente los referidos a la resurrección de una vida, hizo todo tipo de experimentos. El objetivo de los mismos era aprender la forma de transformar a otros en piedra como estas solían hacer.

Al cabo de unos años de macabro proceder con esclavos, guerreros y vírgenes de varios rincones del Imperio Aukmari logró por fin un espécimen que reuniera las cualidades de un Dracida y una Gorgona. Le llamó "Lagari-Menok" que en Salefiano significa Ídolo de Roca. Más este no era una bestia estúpida o impulsiva. Sabiendo que a pesar de todo los años también corrían para él y sin descendiente alguno que pudiera ocupar su Trono, Rorvan creó un ser mitad Dracida mitad Gorgona. Su piel era en efecto color gris con ciertas tonalidades verdes. Tenía cabellos humanos, largos y oscuros. Hablaba y comprendía las enseñanzas de Rorvan a la perfección.

Con los años Desarrollo un cuerpo humanoide aunque de brutal apariencia. Menok, el artificio más osado que alguien de esos tiempos hubiera creado tenía por propósito ser no solo su aprendiz sino el encargado de Aniquilar a los Dracidas y a los Vlaind en la guerra por venir.



domingo, 24 de mayo de 2015

Los Emperadores de Auksamaar II


Rorvan Busca a su Amada 


Como se ha dicho Rorvan vivió en su juventud entre los Vlaind y fue uno de los primeros Dracidas en interesarse de buena fe en la prole de Namidian. Mucho de lo que sabían los Jethis sobre esta especie proviene aun hoy en día de uno de sus libros titulado "La Gente del Ramkkara". Fueron sus avances en la materia y su buena relación con los Vlaind en Allion lo que le hicieron un importante Dracida a muy corta edad.

Durante su estadía, Rorvan tuvo una amante de esta especie llamada Iaena, una bella dama Vlaind que fue puesta a su servició en Allion como guía y acompañante mientras este realizaba sus estudios. Mas cuando llegó la hora de partir de regreso al Santuario de Hosmusilias, la familia de Iaena objetó que, si deseaba casarse con la joven, debía vivir con ella en Allion. Por otra parte los Dracidas no tenían permitido el acceso a los Vlaind al Santuario, por lo que a pesar de que su amor era muy grande ambos decidieron, simplemente dejar las cosas como estaban y encontrarse en secreto en El Valle de los Reyes, punto neutral acordado por ambas razas. Estian, a menudo, arriesgaba su pellejo acompañando a Rorvan en estos secretos encuentros fingiendo que el propósito del viaje a tal lugar era parte de sus análisis de los Secretos Auresianos. Desde entonces Rorvan había intentado idear una forma de estar junto a su amada sea en el Santuario o en cualquier lugar donde pudiera gozar de una vida digna junto a ella. 

Pero ahora Rorvan ya no era el prometedor estudiante y amable Dracida que todos conocían. Imbuido por el oscuro poder de Auksamaar Rorvan creía que finalmente, gracias a sus nuevas habilidades, sería capaz de sortear cualquier obstáculo que tuviera delante. Y lo primero que hizo tras la batalla en el templo fue ir en busca de Iaena. Aunque sus intenciones no eran solamente afectuosas. Iaena era la clave para su más ambicioso proyecto: Manipular la materia negra.

Verán, algo que fascinaba a Rorvan desde hace tiempo era el metal con el que los Vlaind forjaban sus armaduras y armas. El llamado "Arudar" un tipo de mineral inexistente en el mundo mortal que a los Vlainds les fue legado de parte de Sitiva, la Diosa de la Forja y Ungil, el Adría de la guerra. Este material es tan precioso como el oro y brilla más aun que este. Sin embargo está compuesto por minerales solamente existentes en los jardines de los Dioses. El Arudar es un material de propiedades asombrosas capaz de resistir temperaturas y golpes que solo los Dioses podrían  alcanzar. Por eso mismo los Vlaind más destacados en batalla suelen cargar armaduras que parecen forjadas en oro puro. 

Según la leyenda solo una pequeña onza de este material fue necesario, pues los Vlaind tienen como Don la manipulación de la materia y con solo una muestra pudieron crear tantas copias como necesitaran. Ninguna otra raza en Balbania tenía esa capacidad y por ende tampoco ese material, que esta maldito para todos los que no pertenezcan a la prole del Ramkkara. 

La Obsesión de Rorvan en sus años en Allion había sido la de crear, de alguna manera un material con capacidades similares para los Dracidas y de esta forma igualar sus capacidades en combate. A través de su aventura con Iaena supo que los Vlaind de la Orden de Hatanst tienen la capacidad de abrir un portal a la Gran sombra, el mundo del cual  se cree se originó la vida aun la de los mismos Dioses. Los Vlaind de Hatanst pasan muchos años investigando tal nefasto y desierto lugar para profundizar sus conocimientos en la necromancia. Su pareja tenía esa capacidad única, pues ella provenía de una familia de esta orden Vlaind. El objetivo de Rorvan ahora era que Iaena abriera un portal a la gran sombra, aunque sea por solo unos pocos minutos para que él pudiera ingresar allí y tomar una muestra de su suelo rocoso. Pues tanto en Auksamaar como en El Valle de los Reyes había leído que los Antiguos habían logrado forjar con dicho material armas y escudos que llevaban los reyes de antaño a la batalla. Tal cosa era mencionada por Crodlock como "Materia Negra" en "Las Artes Secretas Auresianas"

Durante miles de Años se ha tratado de investigar
que es la "Gran Sombra" y cual es su poder sobre los seres vivos


Rorvan se infiltró en Allion durante la noche y endulzo el oído de su amada diciéndole que ahora él era el gobernante de una pequeña isla y que allí todos sus sueños de libertad se harían realidad finalmente. La joven Vlaind, quien llevaba sin verlo ya muchos años aceptó marcharse con él en secretó pues desde su separación Iaena no había conocido felicidad alguna en Allion. Como en un sueño hecho realidad ambos escaparon en la noche y se dirigieron a Auksamaar. 

La Locura de Rorvan


Ya instalados en la isla de Auksamaar, de momento acompañados por unos pocos esclavos, Rorvan se puso a trabajar y todas las noches le pedía a su esposa que abriera para él un portal hacía la gran sombra para obtener muestras de su suelo. Iaena no tardó en adivinar los cambios en Rorvan, pero al menos durante los primeros años este se mantuvo gentil y amable con ella. Tambien se mostraba daditativo y justo con las gentes de Auksamaar y sus territorios conquistados. Por lo que ella accedía de buen gusto a sus pedidos. 

Dado el caos en el que vivían muchos pueblos aledaños o el resentimiento que sentían por el Imperio Salefiano, Auksamaar ganó aliados rápidamente y su sol ardiente ya se extendía en territorios continentales gracias a estados clientes que preferían la ocupación antes que la anarquía reinante tan común en esos tiempos.

Sin embargo los buenos días, de paz, justicia y progreso fueron oscureciendose poco a poco tal y como la mente de Rorvan. Una vez este había obtenido una amable cantidad de distintas rocas y cristales de la Gran Sombra  este se dedicó a examinarlas cuidadosamente. Mas tanto él como su esposa ignoraban lo que los Auresianos sabían: El aire de la Gran Sombra y casi todo lo que se encuentra en ella es profundamente venenoso. Las nubes vaporosas que cubren su cielo, siempre tormentoso y emulsionado pueden, a la larga, llevar a la locura y a diversos trastornos. Como se sabe que le ocurrió a los Auresianos que intentaron dominar sus secretos en el pasado y a algunos Vlaind de Hatanst demasiado ambiciosos. 

Rorvan empezó a pedirle a su esposa que usara su don de modificar la materia para crear todo tipo de aleaciones nuevas de metal y aunque los resultados eran cada vez más satisfactorios ella empezó a enfermar gravemente por el contacto prolongado con estas sustancias. A su vez, su esposo se tornaba cada día más ansioso, delirante y paranoide. Decía que los Antiguos le hablaban en sueños y le confiaban movimientos enemigos, complots en su contra y le pedían sacrificios para que él siguiera contando con su favor.


Al cabo de siete años cientos de jóvenes mancebos eran sacrificados en la plaza del templo de Aukmaar junto a bestias excéntricas traídas de todos los rincones de su gran imperio y la sangre anegaba las canaletas de las calles. Se elevó una torre sobre el templo central, la más alta en su tiempo cuyo pináculo era una puntiaguda corona de acero de tres puntas compuesta en plata que centelleaba  a la luz de la luna como un faro siniestro.

Lo que terminó para siempre con lo poco que quedaba del viejo Rorvan fue la muerte de su esposa, producto del envenenamiento al que él la había sometido por tantos años. Su fallecimiento desconectó para siempre de la realidad al Emperador Aukmari y desde su muerte se encerró en la torre y por mucho tiempo no se le volvió a ver en Auksamaar. 
Se cree que la Torre de Auksamaar era muy similar a la torre de Mancurssen
Isla donde habitaba Kalmbresh en tiempos antiguos y que es considerada
la primer Gran Nigromante de la historia de Balbania.  Se dice que mucho de los poderes
Aukmari encuentran su origen en las artes oscuras que Kalmbresh  y Crodlock desarrollaron
en Notiel. Ver Tindar.

Aun no es sabido que fue lo que ocurrió durante el tiempo que estuvo encerrado allí, pero cuando salió de la misma su corazón ya estaba totalmente consumido por la oscuridad. Según dijo los espíritus le rebelaron en una visión que la Guerra Santa era Inminente  y que los Vlaind se preparaban para conquistar Balbania y someter todas las razas que la habitaban. Aquella vieja profecía, según él, estaba a punto de convertirse en realidad. 

Ahogado en una paranoia rampante creó una armada sin precedentes para este tiempo con más de quince mil naves de combate. Todos los recursos del imperio fueron puestos a trabajar desde las costas de Crusania hasta Preta y al cabo de dos años de trabajo incansable Auksamaar contaba con un Ejercito compuesto por tribus barbaras de todos los rincones del oriente. Una vez estuvo listo se abatió sobre Balbania como una marea sombría.

Sus fuerzas desembarcaron en Salef del Norte, la puerta de entrada a las tierras fértiles donde los Vlaind y los Dracidas habitaban. En un amanecer rojo  los sables de los Aukmari centellearon ante el disco rojizo del sol en la mañana y arrasaron con todo a su paso, superando en número a las fuerzas de Salef del Norte y luchando con una fiereza inigualable. Las ricas y enormes ciudades que los Salefianos habían levantado en el desierto cayeron bajo el estandarte del sol Ardiente, Amarillo su sol y negro su pabellón. Sus rayos ardientes se extendieron hasta el río Claubio en solo tres meses de campaña. Río sobre cuyas aguas podría llevar su flota al corazón de Himburgo entre el reino Vlaind de  Allion y El Santuario Dracida en Hosmusilias. Para esta tarea escogió con sumo cuidado a su único y secretó aprendiz. Menok de Gargano, quien se dice podía convertir a los hombres en Piedra.

Click Aquí para ir a la Tercera Parte"Las Abominaciones de Gargano"





sábado, 23 de mayo de 2015

Los Emperadores de Auksamaar



Dedicado a mis amigos Roleros  Marcos Ava y Nehuen Palacios, de cuyas aventuras nació parte de esta Historia hace mucho tiempo, en el Desierto Salefiano... "Grandes sorpresas esperan en Arimatea" Y la verdad que sí.

Desde los anales de la historia Dracida se ha tratado de resolver el misterio acerca de si el Rettem, el fuego del Dragón que les da sus fuerzas y poderes, es más antiguo que ellos. Y, si lo es, ¿Que tan antiguo? Dicha cuestión ha suscitado muchos debates entre grandes maestros de la Orden, pues aceptar que el Fuego del Dragón es muy anterior a la existencia de los Dracidas mismos es, por consiguiente aceptar, que otros bien pueden haberlo utilizado u obtenido antes que ellos.

Aunque parezca tan solo una curiosidad a saber en un mundo tan viejo y grande como Balbania, esta simple cuestión ha hecho temblar a más de un Dracida en la historia de la orden. Pues, asegurar que el Rettem se encontraba en la tierra cientos o miles de años antes que ellos les quita toda la legitimidad divina que han alegado desde sus inicios.

Como se ha dicho en otros lados, el Dios Heills liberó el fuego del Dragón antes de morir y ordenó a su hijo Shannon que lo vertiera sorbe la tierra mortal en forma de lluvia. La misma habría de evaporarse al cabo de siete días y transformarse ya en un elemento más en la tierra, renovándose constantemente junto a los ciclos naturales del mundo. Advirtió a su hijo que él ya había seleccionado a los hombres indicados para utilizarlo en su nombre bajo la condición de que fuese usado en la defensa del bien y la justicia contra todo opresor, sea este Divino o mortal. Estos primeros cuatro escogidos (Los Padres de las Ordenes: Bilingord, Frigord, Sigmund y Dalstein) habrían de encontrar a su vez a otros que guardasen en sí la llama del Dragón y fundarían una Orden cuyo propósito era la última voluntad de Heills ya mencionada.

Ahora bien esta es, a grandes rasgos la Justificación que encuentran los Dracidas a su existencia. No fue la casualidad sino un Dios quien les enseño de que manera utilizar el fuego de la Vida para llevar a cabo propósitos benignos en un mundo sumido entonces en la oscuridad y la ignorancia. Es decir que  para ellos el sentido mismo del Rettem es el de hacer la voluntad de Heills y esparcir su palabra.
Sin embargo nunca ha estado del todo claro cuánto tiempo paso entre que Shannon regó el mundo con tal providencia y su posterior manifestación divina ante estos hombres comentándoles lo que acabo de garrapatear o dictándoles ordenes con tal propósito. Y en este misterio se asienta la historia que se pasa a contar.

 Aukmaar El Grande


 Mucho antes de que los Dracidas existieran o que aun los Vlaind llegaran al mundo, el Imperio Salefiano dominaba gran parte del territorio conocido por los hombres. Tras la oscuridad del Gran tumulto y los avatares que sufrieron las criaturas, el desierto del norte fue uno de los primeros lugares en desarrollarse nuevamente bajo leyes y Reyes como los que conocemos.

Alejado siempre de las batallas y los conflictos, el Gran desierto Salefiano fue el lugar que menos sufrió las catástrofes ocurridas durante la Guerra de los Poderes. Y sus habitantes, repartidos en tribus a menudo luchaban las unas con las otras sin sacarse diferencias. Eso fue así hasta que a orillas del rió Claubio, en la aldea de Arimatea, nació Ahr-Tjan quien condujo a la tribu Arimateo-Salefiana y por medio de una larga y cruenta campaña logró unificar todo el norte bajo el estandarte del Sol Ardiente.

Se dice que Ahr-Tjan era un hombre de salud frágil en su juventud y que a menudo se alejaba de las costumbres guerreras de su pueblo para dedicarse a la meditación y contemplación de las Estrellas. Tenía ya fama de sabio en su juventud, más a la hora de luchar estaba impedido por cientos de achaques de la dura vida en el Desierto. Poco antes de que su padre muriera, este temió que su hijo fuera incapaz de llevar a cabo el gobierno de la tribu en tal deplorable estado y, en secreto, consultó a un sabio de confianza que vivía en el límite de las montañas de Citilandalas, la gran cadena que divide el desierto de las tierras fértiles.

Este extraño personaje considerado de leyenda aun para las gentes del desierto, era llamado Kalick y su piel era verde como las hojas de los arboles. Mas hablaba con palabras y era tan antiguo como el desierto mismo. Kalick recibió al muchacho, acosado por una fiebre muy alta y dijo a su padre ante las llamas de su hogar:

- El niño morirá. No porque este sea débil, sino porque en él vive un poder que desconozco que lo está abrazando por dentro, como el magma de una montaña a punto de estallar. La única forma de salvarlo es lograr que su mente controle el fuego que arde en él.

Se dice que el sabio Kalick rogó al padre que dejara al joven en su estancia. Y como Ahr-Tjan ya era un hombre de buen pensar y sabio en muchas cosas que otros desconocían, logró detener esta fiebre dominando su cuerpo con su mente bajo el entrenamiento de Kalick. Y hay quienes dicen que esto logró tras sentarse junto al fuego del hogar a meditar por más de un mes, en el cual estuvo a punto de morir varias veces.

Sin embargo, cuando hubo terminado, ya no era el mismo joven débil y de pobre salud. Sino que ahora en sus ojos había un vigor indecible y todos supieron al verlo que ahora en él vivía un poder que ellos eran incapaces de comprender y quienes no lo respetaban o rivalizaban con él le temían. Así, una vez su padre murió, Ahr-Tjan fue llamado Aukmaar. Hombre Oscuro.

Aukmaar primero parecía tener habilidades extraordinarias para resolver  cada problema que se le enfrentara. Su dominio sobre hombres y bestias era incuestionable, dejando cada vez más asombrados a sus sacerdotes. Reforzó su tribu ganando aliados que se le inclinaban por temor y lanzó la guerra de conquista más grande que se haya visto en Balbania.

Así nació el Imperio Salefiano, bajo la mano pesada y el juicio justo de Aukmaar primero las demás tribus y reinos pequeños caían, incapaces de detener a este vigoroso emperador que luchaba en el frente todas sus batallas mostrando una fuerza y agilidad inigualables en su tiempo. Y aunque ya alcanzaba la adultez ninguna señal de vejez o decadencia se encontraba en su cuerpo. Se le atribuyeron por entonces poderes mentales, como la capacidad de hablar con sus servidores a largos kilómetros de distancia o de ser capaz de sanar sus heridas rápidamente sin intervención médica alguna. No paso mucho tiempo hasta que los Salefianos lo creyeron efectivamente un Dios en la tierra.

A la edad de trescientos noventa y cuatro años Aukmaar había conquistado todo el mundo conocido, desde el oeste profundo hasta las llanuras de Crusia en el este gélido. Y hay quienes dicen que murió solo cuando su sueño de un imperio letrado y desarrollado se hubo cumplido. Antes de morir le pidió a sus hijos que lo enterraran en una isla al noreste de Salef y les rogó que, lo que allí vieran a nadie debían contar, sino a aquellos de confianza.

La isla era hasta entonces desconocida para la mayoría de los Salefianos. Pero las tribus del este hablaban sobre enormes monumentos de piedra de aspecto maligno que podían verse desde la costa. Sin embargo, era tal el oscuro aspecto que nadie se atrevía nunca a ir allí. Y se decía que si alguien lo intentaba nunca regresaba a su hogar. Pero con la intención de cumplir la última voluntad de su padre, sus hijos, aprestaron una barca y navegaron hasta la misma.






La Misteriosa Isla de Auksamaar





Hasta entonces lo único que sus hijos sabían de dicha isla era que su padre iba a la misma acompañado por unos pocos sirvientes. Se demoraba una o dos semanas y regresaba sin hacer comentario alguno sobre la razón de su partida a tal remoto y maldito lugar. Pero decididos a cumplir la última voluntad del Emperador, los hijos se hicieron a la mar junto a un pequeño cortejo fúnebre.

Lo que hallaron en las costas de Auksamaar era, evidentemente los rastros de una vieja civilización perdida. Había cuatro enormes templos, uno señalando cada punto cardinal levantados en piedra. Algunas de las construcciones estaban enterrados bajo la arena o bien habían sido tomados por la naturaleza. Sin embargo en dicha isla aun podían encontrarse rastros de carreteras, viviendas y lo que debió haber sido un gran puerto en su extremo oriental construido en tiempos inveterados por manos y mentes muy hábiles.

Las figuras levantadas en piedra tenían similitud con muchos de los Dioses que por entonces los Salefianos adoraban, al igual que su arquitectura y lengua escrita. Desde entonces los descendientes de Aukmaar creyeron que su padre les había pedido ser enterrado allí para que estos pudieran comprender y profundizar  muchos de los secretos que él había conocido en vida durante sus visitas a la isla.

Kia-Len, hijo mayor de Aukmaar y nuevo Rey, mudo entonces el trono de Salef a Auksamaar nombrándola nueva capital del imperio. Levantó en el centro de la misma un enorme Templo en reverencia a su padre y conecto el mismo por medio de túneles y calles a los otros cuatro, erguidos a Dioses oscuros de nombres extraños.

Ahora bien, los salefianos han sido siempre un pueblo muy religioso y supersticioso. Kia-Len pronto comprendió que su padre había podido gobernar tal inmenso imperio dado a que este contaba con poderes sobrehumanos. Como nuevo rey debía estar a la altura de Aukmaar si deseaba continuar gobernando las cientos de colonias a lo largo y ancho de Balbania.Por lo que ordenó a los viejos servidores de Aukmaar que le narrasen a él que hacía su padre junto a ellos cuando visitaba dicha isla.

Lo que le respondieron le heló por completo la sangre. Sus sirvientes le confiaron que Aukmaar elegía al más fuerte y hábil de su guardia personal y lo retaba a duelo en cualquiera de los cuatro antiguos templos. Si sus subordinados se negaban a luchar contra él o le dejaban vencer, los amenazaba con asesinar a sus familias. En otros casos drogaba a sus contrincantes para que estos no tuvieran reparo a la hora de luchar contra su emperador.

Según dijeron a Kia-Len, cada vez que Aukmaar derrotaba a cualquiera de estos contrincantes obraba un ritual sobre sus cuerpos recitando palabras escritas en las paredes de cada templo. Al parecer, de esta forma, Aukmaar absorbía la fuerza, el poder y los conocimientos de sus enemigos, como también su juventud.

 El Duelo con Khadsigg

Kia-Len tenía muy claro que, si deseaba gobernar eficazmente el gigantesco imperio que su padre había construido debía obtener sus mismos poderes bajo cualquier método posible. De lo contrarió se correría el rumor de que la casta de Aukmaar había perdido el hasta entonces fervoroso favor de los Dioses y en el Imperio los viejos enemigos internos que no se habían alzado contra Aukmaar por temor se le levantarían en rebelión.

El hijo mayor del emperador decidió entonces llevar a cabo el mismo ritual que su padre. Reunió a sus más valerosos soldados y guardias y escogió al más diestro de todos. Junto a algunos sacerdotes que oficiarían de testigos, Kia y el guerrero se encontraron en el templo norte junto a las costas de Auksamaar y se enfrentaron a duelo.

Ahora bien, Kia-Len se había visto relegado a una vida de placeres sensuales y distensión durante el reinado de su padre. Por lo que estaba lejos de ser un guerrero profesional. Muchos creen que el joven emperador se confió en que la víctima del sacrificio se dejaría vencer por el amor y fe que le profesaba diariamente. Sin saberlo, estaba traicionando una parte importante del ritual: Ambos contrincantes debían luchar hasta la muerte, sin contemplaciones el uno por el otro y sin ventajas de ningún tipo.  Hay quienes dicen que Kia fue tan cobarde a la hora de enfrentarlo que le prohibió el uso de armas y lo despojó de armadura. Esto resulto en un error fatal.

Khadsigg,  su retador, llegó al encuentro muy perturbado por el aire oscuro que habitaba en ese templo y ante la evidente desigualdad (sumado al hecho de que matar al Emperador resultaría sin duda en una ejecución) su pavor se hizo mayor. Pero esto, lejos de beneficiar a Kia, termino por derrumbarlo.

Tal y como sucede normalmente con los Dracidas no despiertos, los registros dicen que Khadsigg avivó en él un "Poder Inimaginable similar al mostrado por Aukmaar" mientras evitaba como le era posible la espada curva de su enemigo en la sala central del templo. Ya muy herido, cuando el aceró de Kia se lanzaba sobre su cabeza, el joven Khadsigg detuvo el mismo "Sin hacer uso de ninguna parte de su cuerpo". Lo que lleva a pensar a los estudiosos que se valió de una suerte de telequinesis similar a la que albergan los Dracidas de Dalstein.

Así se narra en los Registros de la Corte de Kia-Len según Lukaron, Sacerdote.
 
La espada del Emperador había encontrado varías veces a su enemigo, en al menos siete oportunidades le hirió gravemente, haciendo que cuantiosa sangre manara de su cuerpo. Aterrado por la impiedad de su gobernante, el fiel Khadsigg solo atinaba a esquivar o bien huir del sitio de la lucha por el amor que profesaba a quien llevaba cuidando toda una vida.

Sin embargo, Kia se enfurecía más a medida que se demoraba en asesinarlo. Pues el Emperador no era diestro en las armas ni el combate como si lo era Khadsigg. Finalmente, Kia-Len terminó tan exhausto que ordenó a los sacerdotes que sostuvieran a Khadsigg para que este pudiera darle el golpe final y concluir el Ritual. Temerosos de despertar la ira del Gobernante del Mundo, los Sacerdotes así hicieron e inmovilizaron al fiel Servidor cogiéndole por los brazos. Kia rió histéricamente, casi como un demente y a poca distancia elevó su aceró por última vez sobre el mancebo. Más lo que ocurrió luego dejó atónitos aun a los sacerdotes que han visto el Mundo de los Dioses y el Poder del Viento Blanco.

Khadsigg lanzó un grito iracundo que conmovió los cimientos del templo, haciendo que parte del tejado arruinado cayera levantando gran polvareda y reventando los tímpanos de sus captores. Se escuchó luego un sonido similar al de un Gong provenir de las profundidades de la tierra, como si su desesperación hubiera despertado algún viejo espíritu de ese oscuro templo. 

La Cimitarra del emperador se detuvo a un centímetro de sus cabellos oscuros y se desquebrajó como si esta estuviera compuesta de arcilla. Las Rajaduras marcaron toda la hoja dejando ver leguas de fino y ardiente fuego en el Sable. Allí apareció solo por pocos segundos una inscripción en alguna lengua arcana que no supimos reconocer. En el cuerpo desnudo de Khadsing símbolos irreconocibles para el Sacerdocio se dibujaron como negras serpientes que cubren una loma nevada y entonces se produjo un destelló verde claro, como un relámpago que brota en horrísona tormenta.

Pasada la conmoción Kia-Len yacía ciego en el suelo y herido en sus brazos y piernas. Quemaduras dolorosas recubrían todo su cuerpo y este humeaba lanzando un olor hediondo, similar al de la carne putrefacta. Khadssig, hizo un movimiento con sus brazos y desmembró a sus captores solo con la fuerza de sus extremidades. Como si ahora una fiera iracunda se hubiera adueñado de su espíritu, cogió la Cimitarra con aquellas inscripciones fueguinas en su hoja y decapitó  al Emperador.

Luego, adueñado por un frenesí guerrero leyó en voz alta las palabras escritas en la cámara del templo. Un Lenguaje que hasta entonces desconocía por completo y aquel estruendo cavernario, como de Gong, volvió a resonar en toda la isla de Auksamaar. Del cuerpo del Emperador se elevó, a vista de todos, una sustancia primero gaseosa similar al humo. Pero a medida que las palabras se repetían en boca de Khadsigg esta empezó a tomar una forma más cercana a la energía eléctrica, disparando chispazos brillantes y cegadores aquí y allá. Cuando tal cosa llegó a su punto más álgido la misma se condenso en una pequeña estrella o anomalía magnética tan brillante como el sol y esta se introdujo por la boca de Khadsigg.




La Huída de los Hermanos 

El Primer Emperador de Auksamaar


Inmediatamente después de estos eventos las heridas de Khadsigg sanaron como si estas nunca hubieran tenido lugar. Los presentes huyeron despavoridos de su presencia del templo alertando a los guardias imperiales de que Kia había sido asesinado por un subdito. Rápidamente el cuerpo de eunucos de los Salefianos se dirigió en tropel hacía las escalinatas del templo norte, armados con arcos, espadas y escudos. 

Khadsigg, les salió al encuentro sobre las mismas nuevamente desarmado. Más  cuando se arrojaron sobre él decenas de flechas, este no se puso a cubierto ni intento esquivarlas (como si tal cosa fuera posible). Simplemente  alzó sus brazos con las manos abiertas hacía ellas un viento gélido sopló de pronto y las saetas se encendieron en un destelló blanco ardiente para finalmente caer al suelo por completo cubiertas por una densa capa de hielo.

Aterrorizados los Salefianos huyeron de Khadsigg, pensando que habían despertado alguna maldición de los Dioses por visitar la Isla maldita. Una tormenta sin precedentes se gesto sobre Auksamaar. A una velocidad inusitada negras nubes llegaron desde el oriente y cubrieron el hasta entonces claro cielo. Los vientos se huracanaron y de las nubes brotaban rayos como lanzados por los Dioses en lo alto alcanzando a las personas en su huida desesperada y desatando graves incendios sobre el campamento.

Dominado por un espíritu sin nombre, Khadsigg se abrió paso entre el desastre hasta la Gran tumba donde Aukmaar había sido enterrado. Los sacerdotes y Soldados intentaron evitarle la entrada a tal sagrado lugar, pero Khadsigg detenía sus corazones de una sola mirada que los fulminaba. Provocando que la sangre de sus víctimas brotara desde sus oídos o boca como si una espada invisible les hubiera hecho estallar el corazón. Así entonces alcanzó los restos del Emperador Aukmaar, destrozó el cofre de piedra con sus puños y retiró de allí la espada con la cual había sido enterrado. Según se dice forjada en un mineral únicamente existente en Auksamaar. También vistió su cuerpo con la armadura que Aukmaar llevaba al combate y así ataviado como un poderoso hijo de los Dioses se abalanzó sobre quienes intentaban huir.

En el puerto muchas barcas se preparaban para zarpar de regreso a Salef. Entre ellos los hermanos menores de Kia. Más tal era la animosidad de las aguas en ese nefasto lugar que de nueve barcas, solo una llegó a escapar de Auksamaar con una la princesa Dagira. Los dos príncipes restantes murieron cuando su bajel se hizo pedazos en las rocas aledañas a la isla.

Khadsigg no tuvo piedad con los que quedaron atrás. Muchos se lanzaban desde los barrancos para no dar con él y la desesperación que arrastraba a su paso. Los pocos sobrevivientes dijeron que el soldado hundía su acero en cualquiera que intentara detenerlo o le rogara piedad. Aun hoy los esqueletos de los soldados y sirvientes que quedaron atrás se pueden ver en el puerto de Auksamaar, muchos de ellos atravesados por las maderas de sus propios barcos o con los yelmos hendidos en las playas producto de la espada de Khadsigg. Aunque el Imperio Salefiano continuó por muchos años dominando gran parte de Balbania Occidental, nunca más regresaron sus reyes o sacerdotes a dicha isla.

Según cuentan los registros de la Biblioteca de Salef del Norte, Khadsigg se renombró como Aukmaar II y se autoproclamo Rey de Auksamaar. Por muchos años nadie supo que fue de él tras la masacre cometida. Pero se cree que el guerrero Aukmari dedicó esos años a adueñarse de los barcos que pasaban cerca de sus costas por medio de ilusiones producidas por su extraño y enorme poder. 

Muchos incautos marineros orientales que se perdían en esas inhóspitas aguas eran engañados por Khadsigg  ofreciéndoles cobijo y un puerto seguro. Más al caer la noche utilizaba a algunos para continuar el misterioso ritual o bien los transformaba en esclavos que le rindieran devoción.

Unos veinte años más tarde la situación fue tal que los pueblos del Oriente (actualmente Brusia) y Salef unieron fuerzas para extirpar el mal y la locura que Khadsigg había desatado en el archipiélago. Sin embargo el ataque resultó un total fracaso. Como si el Aukmarí fuera capaz de controlar el clima de su reino, los vientos se volvían contra los marineros, produciendo que los barcos chocaran entre sí. De los pocos que llegaron a la isla no se volvió a tener noticias. Tanto Salef como las tribus barbaras del oriente decidieron entonces pagar un tributo a Khadsigg en oro para que este dejara abiertas las rutas comerciales que pasaban en las cercanías de Auksamaar.

Dada la riqueza que esto produjo a la isla, Khadssig pronto se hizo de un gran ejercitó de hombres y bestias que se adueñó de las islas cercanas más grandes en tamaño y recursos, tales como Preta y Gargano. Auksamaar se transformó en una pequeña fortaleza y sus templos fueron re construidos, mostrando sus puntiagudas torres a lo lejos desde las costas. Sin embargo la notoriedad de Khadssig se hizo legendaria a lo largo de los años, lo que atrajo la mirada de una nueva especia hacia la isla.  


 El Arribó de Rorvan y Estian
Los Dracidas descubren la Verdad sobre Auksamaar

La nefasta fama de Khadsigg se hizo legendaria con los años y se cree que el primer Dracida en saber de él fue Dalstein, dado que este provenía de Salef del Norte y allí oficiaba como sacerdote antes de escapar hacía Himburgo en la reunión de los cuatro padres de la Orden. Dalstein conocía bien el interés de los Salefianos por esta clase de cosas y durante mucho tiempo los reyes y emperadores habían intentando recuperar el poder que Aukmaar había tenido durante su reinado. Más ninguno se atrevió a regresar a la isla y buscaron otros métodos basándose en lo que ya sabían sobre Aukmaar Primero.

Uno de los encargados de estos trabajos fue Dalstein, sin embargo al advertir rápidamente el potencial dañino que albergaban dichas investigaciones (a menudo requiriendo sacrificios humanos y otras prácticas sangrientas) este elevó su protesta y fue rebajado por la corte y se lo envió al frente como un soldado raso para humillarle. Por esa razón terminó por encontrarse con los Dracidas en Himburgo que salvaron su vida cuando este intentaba desertar.

Como es sabido Dalstein finalmente fue elegido para ser uno de los cuatro padres de la Orden del Dragón y tuvo a su mando muchos aspirantes que luego se destacaron. De entre sus mejores alumnos estaba Rorvan de Herkania. Un hombre cuyo interés pasaba por rastrear, junto a su maestro, los orígenes del Rettem en Balbania y sus llamados "Puntos fuertes". Existe aun la creencia entre los Dracidas que el "Rettem" se concentra con mayor fuerza en ciertos puntos de Balbania como algunos bosques o valles cuya vegetación y flora resiste mejor los climas adversos.

Una vez se hubo ganado el rango de Maestro de la Orden, Rorvan y su amigo Estian, de la Orden de Frigord, se embarcaron en un largo viaje por Himburgo y sus alrededores en busca de estos supuestos "puntos fuertes" y también se demoraron en las ruinas que los Hombres de Antaño habían dejado por Himburgo, especialmente en El Valle de los Reyes.  Allí Rorvan y Estian se internaron en los misteriosos secretos Auresianos descubriendo que estos guardaban cierta relación con las extrañas habilidades de Khadsigg en Auksamaar, del cual supieron por Dalstein.

Una de las razones que ambos tenían para esto era el temor de que los Vlaind superaran a los Dracidas en poder y riquezas dejándolos en una situación desesperada ante una eventual y seguramente inevitable guerra con los hijos de Namidian. Rorvan había vivido entre los Vlaind y estaba seguro que, de darse una batalla, los Vlaind aplastarían a los Dracidas dado que en ellos vivía el Numen Divino, mientras que los Jethis, a pesar de todo seguían estando más cerca de un humano que de un Dios en su constitución. 

De Regreso consultaron con Dalstein estas cuestiones y este confirmó sus sospechas. Llegaron a la conclusión de que la isla de Auksamaar debió haber sido parte de aquella civilización de los Hombres de antaño y que esta debió haber sucumbido al igual que los Grandes reyes de Tarcun dado la desesperación de estos por mantenerse en el poder con estas artes oscuras y prohibidas en su tiempo. Ver "Los Secretos Auresianos"

Dado que ya habían existido problemas en Himburgo con los descendientes de la raza Auresiana y sus experimentos, los Dracidas temieron que en Auksamaar hubiera rebrotado una necromancia poderosa cuyo origen aun era bastante desconocida para ellos. Por lo que Dalstein envió a Rorvan y a Estian a investigar las leyendas del desierto.

Ya que por lo general estas actividades incomodaban a los Dracidas más conservadores por verlas como paganas y pecaminosas, el viaje se hizo en el más extremo Secreto. Rorvan y Estian pasaron varios días con los Sacerdotes Salefianos. Examinaron detalladamente sus registros más antiguos sobre la cuestión. Y mientras más leían más se convencían de que efectivamente lo que Aumkmaar primero tenía era Rettem y con casi toda seguridad Khadsigg también. 

Tras conversar con el tal Kalick, los Dracidas llegaron a la conclusión de que Aukmaar I no solo había despertado el Rettem casi por accidente al igual que Khadsigg, sino que de una forma inexplicable ambos habían encontrado la forma de absorberlo de sus enemigos dándoles un poder muy superior al de cualquier Jethi iniciado.

¿Qué clase de locura podría desatar en la Orden un conocimiento como este? La tentación de acrecentar las fuerzas y capacidades de un dracida a través de la matanza de otro sería nefasta para sus propósitos. A pesar de que en ese momento los Jethis se encontraban en una era "Dorada", ambos sabían que tan pronto las cosas se pusieran algo complicadas no pasaría mucho tiempo hasta que algunos intentaran llevar a cabo estas prácticas. Rorvan y Estian decidieron por tanto viajar a la Isla de Auksamaar y sepultar en el olvido todo rastro de estos conocimientos.


A su llegada la isla los Dracidas vieron los enormes templos y la riqueza que ostentaban. Muchos de ellos tenían ahora paredes recubiertas de oro y plata, rubíes y joyas adornaban los monolitos de piedra y altos obeliscos con un zafiro rojo se alzaban sobre ellos como obras monumentales, en un tiempo aun  bárbaro en la mayor parte de Balbania, Auksamaar parecía salida de las leyendas de los hombres de antaño. Sin embargo estos enormes edificios estaban vacíos, los esclavos vivían en campamentos improvisados alrededor de los mismos y allí se hacían ofrendas al Dios-Hombre Aukmaar I y II.

De incógnito los Dracidas intentaron pasar desapercibidos en su búsqueda de Khadssig y al poco tiempo ingresaron en su cámara real en el templo norte donde este se había convertido, según sus propias palabras en un Dios entre los Hombres.

LA BATALLA Y LA TRAICIÓN



Rorvan, de la Orden de Dalstein fue el primero en ingresar al templo y, siguiendo el plan anteriormente trazado, utilizÓ sus poderes mentales para confundir a los Guardias y logró introducir en el vino un poderoso somnífero. Ya en la noche, tras la comida, tanto Khadsigg como sus guardias dormían un pesado sueño en la Cámara del Trono.  A una señal de su compañero, Estian, degolló a los hombres en sus lechos y junto a Rorvan se prepararon para matar a Khadsigg.

Sin embargo, en el momento que tomaban una lanza Khadsigg así les habló desde su trono de piedra negra detrás de la pared con los versos del ritual tallado en la roca. Con sus ojos aun cerrados habló y su voz era como el grave sonido de las profundidades:

-  Puede que maten al hombre que aquí yace dormido. Pero no podrán matar al espíritu que vive en y a través de él.

Fue entonces que para asombro de los Dracidas, rodeando la figura de Khadsigg aparecieron cuatro graves y oscuras siluetas, como de espectros, que llevaban sobre sus cabezas coronas de tres puntos. No tenían rostro, ni forma clara, sino la de una sombra alargada y de gran altura que parecía sostener un mandoble entre sus manos.

Aquel Sonido de Gong retumbó entre las escalinatas y columnas del templo. Entonces Khadsigg se despertó y en su pecho desnudo se dibujaron extraños símbolos arcanos. Tomó en su diestra la espada de Aukmaar primero y bajó del trono con aires de desafió.

- Largo tiempo he esperado este encuentro. He sabido interpretar mejor las fuerzas del mundo antes que su raza siquiera existiera.  He manipulado el clima antes que Sigmund, he tenido la fuerza de un Dracida de Frigord antes que este siquiera naciera y mi mente ya conocía todas las respuestas antes de Dalstein. Sí sabéis reconocer a un Dios en la tierra, se inclinaran y harán mi voluntad. Si sois torpes y orgullosos ninguno de los dos saldrá de aquí. Pero uno vivirá y hará a los Aukmari aun más grandes. Así está escrito en el Templo del Augurio.

Antes de que pudiera terminar de hablar, Estian arrojó la lanza con todas su fuerzas sobre Khadsigg y para su asombro este la detuvo en el aire, tal y como un Dracida de Dalstein haría. Rorvan utilizó su propia telequinesia en un duelo sin igual para clavar la lanza en su corazón. Los poderes mentales de ambos eran tan similares que el suelo debajo del objeto se desquebrajó por la presión y finalmente la misma estalló en pedazos como si dos titanes hubieran tirado de ella en direcciones opuestas.

Khadsigg se lanzó al ataque sobre Estian armado con su mandoble de aceró y atacó a su contrincante con una agilidad poca antes vista entre los Dracidas. Sus golpes y movimientos eran tan rápidos como los de un maestro de la orden. Estian, armado con un hacha de combate tuvo que poner lo mejor de sí para bloquear sus ataques y cuando vio su oportunidad, saltó por encima de su contrincante y desde atrás lanzo una bola de fuego que hubiera fulminado a cualquier enemigo. Más, para su sorpresa Khadsigg elevó su brazo formando un semi círculo y el bólido ardiente no solo se detuvo sino que regreso a él inmediatamente. Estian fue impactado en el pecho por su propio ataque y se estrelló contra la pared de piedra perdiendo el conocimiento temporalmente.

Rorvan intentaba encontrar un punto débil en su enemigo y mientras buscaba una posición desde donde atacarle, Khadssig le dijo algo que le llegó a las entrañas de su mente.

- Tú y tu maestro han pasado su vida buscando las respuesta que esta isla alberga. El Origen de tu especie y del Rettem, el fuego de la vida.  Tarde o temprano tu camino te iba a traer hasta aquí, así está escrito en el Templo del Augurio. Tu destino es tomar mi vida en tus manos y engrandecer a los Espíritus Antiguos que aquí  yacen.

Intentando hacer oídos sordos a sus palabras, Rorvan, atacó con su espada a Khadssig, el aceró de ambos chocó y su estruendo metálico se repetía y se hacía eco en las graves paredes del templo. Sin embargo Rorvan sentía que estaba perdiendo la batalla, no desde lo físico sino desde lo mental.

- Debes matarme y Ocupar mi Lugar Rorvan. Mi tiempo ha pasado...yo no albergo en mí la fuerza del Dragón, no al menos en la forma que los Dracidas como tú la tienen. Hace tiempo he encontrado mis limites. Pero a través de ti ese limite desaparecerá. Tal es la voluntad de los Antiguos.

Estian se levantó y se unió a la lucha. Mientras Rorvan, acuciado por la duda y el deseo comenzó a sentir una gran ansiedad. En efecto este hombre y esta isla podían contener conocimientos que llevarían a los Dracidas a direcciones que jamás hubieran imaginado antes. Dubitativo, Rorvan se apartó mientras Estian se batía en un duelo desigual con Khadsigg.

Tal vez fuera la oscuridad del lugar o la poderosa energía opresiva que lo habitaba. Pero mientras Estian luchaba sin descanso contra Khadsigg, Rorvan se encontraba confuso y atribulado. Veía los rostros allí tallados en piedra y en su mente aparecieron visiones sobre la caída de la Orden del Dragón y el triunfo final de los Vlaind. Tal vez fuera el único Dracida con la oportunidad de salvar a su especie de la aniquilación total cuando llegase la última guerra santa. 

En denodado esfuerzo, Estian logró la delantera en la lucha, neutralizando las capacidades de su adversario. Más, mientras más cerca estaba su compañero de vencer a Khadsigg mayor era la preocupación de Rorvan por perder esta oportunidad de acceder a un conocimiento inigualable. La orden de Dalstein había sido destruir los templos, borrar para siempre ese negro conocimiento para el bien de Balbania. ¿Pero porque no usarlo? Los Dracidas no eran humanos, torpes y fácilmente corruptibles. Ellos podrían darle una nueva visión un nuevo sentido y con él poner a raya aun a los mismos Dioses.

Rorvan, ahora consumido por la duda ya había tomado una decisión. Y como el hombre que cree que hacer el mal es en verdad hacer el bien y que una vida bien vale salvar otras miles desenvaino su espada detrás de Estian y se acercó a él llorando apesadumbrado. 

Finalmente, Estian logró romper la guardia de su enemigo. Le hincó el hacha en el vientre y este cayó de rodillas. Estian alzó su arma para acabar con él pero en antes de que pudiera hacer esto el mandoble gélido y filoso de Rorvan lo atravesó por las espalda. Su compañero le miro asombrado y cayo también de rodillas.

- Lo siento Amigo. No puede dejar que destruyas todo aquello por lo que he vivido. - Dijo Rorvan con lagrimas en sus ojos y volvió a clavar la espada en su corazón, dando muerte a su amigo más querido.

Khadssig, se levantó y volvió a tomar sus armas del suelo, como si hasta entonces solo hubiera fingido estar derrotado. - Has comprendido el camino que los Antiguos han marcado para ti y para mi. Separados, Poderoso Rorvan, no somos nada. Una vez unidos el mundo caerá a nuestros pies.

- Estas muy equivocado. Usare este poder para el bien, no para el mal. La Orden del Dragón sera poderosa bajo mi mandato y los Hijos de Namidian se inclinaran ante nosotros, como los subiditos ante los Dioses.

- Has comprendido entonces. Solo basta ver, cual de los dos ocupara ese lugar.

Inmediatamente después de estas palabras, los dos se enredaron en un combate sin igual. Sus espadas chocaban en la oscuridad solo perturbada por las ánforas a los costados de las columnas. Sus sombras se proyectaban y alargaban sobre las tenebrosas inscripciones y jeroglíficos. Rorvan, aun confundido descargaba toda su rabia contra el  Aukmari, sintiendo una gran culpa por haber asesinado a su más querido amigo. Khadsigg se sonreía al ver que este había caído bajo su influjo para siempre.

Khadsigg, viéndose en problemas por la destreza de su enemigo, le demostró a Rorvan porque era el Emperador de Auksamaar y tras esquivar uno de sus ataques, se subió a un pequeño balcón de la cámara y desde allí descargó todo su poder sobre él. Las ánforas se apagaron, la temperatura descendió abruptamente y de entre sus manos una ventisca cada vez más gélida comenzó a formarse. 

El recinto se llenó de una luz clara y azulada, Rorvan pudo ver como alrededor de su figura la habitación empezaba a congelarse a una velocidad imposible, formando estalactitas de hielo todo alrededor. Aquella energía se concentro entre sus manos, sus ojos centellearon en un color azul profundo y una masa de aire gélido fue disparada hacía Rorvan congelando todo a su paso. Ningún Dracida de Sigmund había logrado eso hasta entonces.

Entre asombrado y deslumbrado por el poder del Aukmari, Rorvan intentó poner un freno a su ataque empujando el ataque con su telequinecia y por poco sucumbe ante el hálito de la gran Sombra. Viendo que sería incapaz de sostener el ataque por mucho más, en una jugada muy arriesgada, hizo un esfuerzo sobre humano para que las estalactitas de hielo súbitamente formadas salieran disparadas en su contra.

Rorvan lanzó, al igual que aquella vez hizo Khadsigg, un grito atronador, los Antiguos parecieron jugar a su favor y aparecieron su altas sombras rodeando a ambos contrincantes, con ojos colorados y malignos. Para cuando Khadsigg se dio cuenta de lo sucedido ya era muy tarde. Filoso como cientos de dagas, el hielo se volvió en su contra y lo atravesó por el vientre dejándolo clavado a una de las columnas. Finalmente los otros cientos de pedazos, como un enjambre blanco, cortaron su piel, vaciaron sus ojos y estocaron su corazón con una fuerza imparable aun para él. 

Dominado ahora por los Antiguos Espíritus de Auksamaar, Rorvan recitó las palabras detrás del trono escritas en las paredes de la sala y absorbió todo el poder y conocimiento de Khadsigg. El bólido luminoso y centelleante salió de su cuerpo y tras suspenderse por unos segundos delante del cuerpo de Khadsigg fue devorado por Rorvan. 

De esta forma Rorvan se transformó en el Nuevo Emperador de Auksamaar, mas mucho más sabio que el anterior y con una profunda educación en el mundo y sus misterios, Rorvan logró con los años consolidar su poder de una manera mucho más terrible que su predecesor. Al conocer perfectamente la Orden del Dragón y sus debilidades actuó de una forma mucho más inteligente y por un tiempo su Imperio puso el mundo a sus pies bajo el estandarte del Sol Ardiente.