lunes, 25 de febrero de 2013

El Ritual de los Condenados XXV



Capítulo XVI
Las Cosas que Uno hace por Amor
Parte I

Nota de Autor:
Debido a que estuvimos escribiendo en la costa Atlántica sin conexión a Internet  se decidió escribir todo lo posible sin dividirlo en capítulos cortos o medianos como se acostumbra aquí por razones de comodidad del lector. Por ello este capitulo ha sido divido en dos partes al igual que el siguiente. La Segunda parte esta todavía siendo corregida. ¡Saludos a todos y gracias por volver!


Música
La nieve se posaba sobre el capo azul del auto robado. Hacia mucho frío en Triton como para andar sin el parabrisas y lo último que quería hacer Lauro era llamar la atención a los policías. Ahora tenía un pequeño FIAT landesiano, nada a lo que un Vlaind estuviera acostumbrado, sin cambios automáticos ni dirección hidráulica. De todas formas, el FIAT uno sirvió bien a su propósito, lo llevó en frente del Golden River.

El edificio era de principios de siglo, como casi todas las cosas importantes en Platino o en Saint Custer se componía de una arquitectura bastante fina y bella. Incluso siendo desde sus inicios un asilo para dementes no estaba permitido por esos años que los edificios públicos lucieran mal, por lo que la casona de cinco pisos de alto era realmente bella. O al menos albergaba el tipo de lindura que tienen ciertos sitios bastante sombríos como los hospitales.

Lauro había dado una ronda por el lugar anteriormente con su auto y se percató de que si iba a entrar tenía que hacerlo a lo grande. Había guardias armados con cachiporras y pistolas Taiser dentro, como también muchas rejas y cerraduras que debería abrir antes de llegar a Verónica. Por un momento pensó en utilizar uno de sus poderes para ingresar al edificio, como haría cualquier Vlaind de su especie. Pero ese truco prefería reservarlo para el Padre Merry.

Los Vlaind de Hatanst tienen la habilidad bastante envidiable de poder esconderse en las sombras. Si están pensando en que eso es algo que ustedes también podrían hacer se equivocan. Lauro no tenía pensado esperar al padre Merry en un armario como jugando a las escondidas. Sino que iba a Fundirse en las sombras, vale decir descorporisarce. De esa manera sería capaz de atravesar muchas paredes y celdas sin ningún problema, solo debía deslizarse por donde la luz no llegara. Pero esto implicaba un gran uso de sus fuerzas, fuerzas que necesitaría para el combate. 

En el mundo Vlaind, aquellos de la Orden de Hatanst concentran la mayoría de los poderes referidos a la nigromancia, la percepción y control de espíritus como además un gran conocimiento sobre todo aquello que vive en el plano de la Gran Sombra. Desde tiempos muy antiguos se han pasado los secretos que habitan en la oscuridad de generación en generación guardándolos celosamente, aunque en todo caso han usado siempre estas técnicas tan peligrosas y oscuras en pos de la Nación Vlaind. Por eso son llamados también “Los fieles”. Su labor ha sido siempre cuidar a sus reyes o capitanes tanto de los vivos como de los muertos.

Teniendo en cuenta que Elogios no era claramente un humano Lauro y Liavenna confiaban que los conocimientos de su Orden bastaran aunque sea para darle un buen susto al Padre Merry y que le quedase claro que no le sería tan fácil salirse con la suya. Y aunque ambos comprendían que las fuerzas que albergaba Merry seguramente sobrepasaran  las de Lauro, el Vlaind de Hatanst era el que mejor se manejaba a la hora luchar contra fuerzas incorpóreas.

Muchas veces en su entrenamiento, como cualquiera de su Orden, Lauro había atravesado el umbral del mundo de la luz para echar un vistazo a la Gran Sombra, un plano donde las palabras Horror y Locura venían seguido a la mente. Un enorme desierto rocoso cuya única luz eran relámpagos de color verde y blanco que eran escupidos desde enormes nubes vaporososas. Nadie, nunca, había logrado andar por dicho plano por mucho más de dos o tres días antes de enloquecer ni observar que había sobre esos cielos de tinieblas excepto uno, aquel que llego del Otro Lado del Círculo efectivamente. Sin embargo, Lauro sabía bien que allí arriba, cruzando los relámpagos de la penumbra, no acababa la existencia y que probablemente desde ahí había llegado Merry en un tiempo tan antiguo como la Sombra misma. 

El plan del Vlaind era simple: Entraría en el Golden haciendo a un lado cualquier idiota que quisiera detenerlo, llegaría a la habitación de la madre de Daniela. Se escondería  en algún muro contiguo aguardando la llegada del Padre Merry y entonces lo tomaría por sorpresa. Sabía que si Merry llegaba a detectarlo antes de tiempo estaba frito...recontra frito, ósea muerto.

La nevada no amainaba, sino que arreciaba cuando Lauro sacó de su bolso la Walter PPK y le colocó un gordo y negro silenciador. Tan pronto como cargó el arma con sus siete balas en el cartucho y la observó a la luz del tendido eléctrico se sintió como James Bond antes de entrar en la base secreta de algún malvado magnate. El escenario no podía ser mejor: Una casona imponente, llena de cámaras y sistemas de seguridad. La noche perdiéndose en la eternidad de la oscuridad de la madrugada y la misión de salvar al mundo, o al menos su mundo.

Lo único que le faltaba a Lauro era una chica Bond. A medida que fumaba un último cigarrillo antes de entrar  pensaba que Liavenna no daba con el perfil de una chica Bond,  y su FIAT uno claramente no compartía muchas cualidades con los BMW del agente Himburgues.

Ya puestos sus guantes negros, cargo la Walter para el combate, la misma dio el pitido inicial al juego. Bajó del auto con su sobretodo caro y bufanda azul y caminó derecho, erguido hasta la primer caseta de guardia del Golden River.
***

En el otro extremo del Pueblo los autobombas y las patrullas de policía custodiaban los accesos a la avenida principal de Triton. El incendio de El Olimpo había tomado otros edificios cruzando la calle  y muchos autos parecían haber salido de una película catástrofe, arruinados y achicharrados por la temperatura de la flecha dorada de Liavenna. El Padre Merry caminaba por el asfalto sin prestar la mayor atención al caos desatado a su alrededor.

La Cruz de plata en su pequeño botiquín de exorcista brillaba ante las llamas, en su mano derecha llevaba un largo estuche de guitarra. Sus lentes , sotana y cabellos blancos le daban un aspecto terrorífico que paso desapercibido por los bomberos excepto por uno. Timothy Dilins, quien al verlo recordó la vieja película de terror que había visto con su novia de entonces, a partir de allí tenía pesadillas en las cuales su vieja novia adolescente volvía poseída por Satanás.

Pero a Robbie Witckins, un chico de unos 13 años que observaba la valerosa labor de los bomberos le recordó a algún Anime oriental visto en el canal local durante los sábados. Se preguntó, como buen niño que era, si en esa maleta no llevaba algún arma con la insignia de la iglesia, como muchos personajes del Anime, o si sería en verdad algún Vampiro. Ambos sintieron el mismo temor reverente ante su porte y vestiduras, pero finalmente volvieron sus cabezas hacia otro lado cuando el Padre Merry pasó en medio, directo al Golden River, cuyas ventanas brillaban al otro lado de la calle producto del reflejo de las llamas.

“Ambos están cerca pero se equivocan” Pensó el padre Merry al pasar junto a los dos sujetos. Lo que había inspirado su forma humana era una película mucho más vieja que “El Exorcista” o los dibujos japoneses. La había visto seguramente antes de la Guerra, allá por la década del 30.

Hasta entonces era conocido como Elogios, un extraño curandero que habitaba en los bosques más al sur de Hellens. Le costo cambiar de hábitos para transformarse en un hombre del señor. Pero se dio cuenta que ya hace rato la gente había dejado de sentir temor o respeto ante los curanderos, antes Hechiceros, de pueblos y aldeas. 

Con una cabeza tan ocupada en cientos de cosas como la de Merry se dio cuenta tarde que la onda de andar por los caminos con una larga sobre túnica negra y un bastón ya no seducía a los hombres como para que entraran en confianza como antes. Pero no importaba demasiado pues desde fines de la guerra entre Jethis y Vlaind que Elogios estaba “Durmiendo”. Vale decir que solamente iba de aquí para allá en la tierra aguardado las señales que le indicarían que debía ponerse en movimiento para encontrar a la primer Avista de este siglo.

En dicho fílmico del 30 no solo quedo impresionado por la capacidad de los humanos para hacer objetos tan extraños y complicados para él como una cámara o una pantalla. Sino que también llamó poderosamente su atención como el símbolo de la iglesia siempre era usado a modo de refugio mágico, alejándolo casi de todas sus reales propiedades. En esos films los protagonistas a menudo recurren al párroco local en busca de ayuda cuando descubren con horror que la casa esta embrujada. A Merry no le gustaban para nada los Fantasmas y la Cruz lo hacia sentir tontamente seguro, como una piedra mágica en la antigüedad de propiedades misteriosas. 

Se dio cuenta entonces que la mentalidad de los hombres no había cambiado sustancialmente en mil años, solamente sus signos habían evolucionado hacia otros menos rústicos. Si andaba por la vida como un cura (al menos hasta los 60) entonces su palabra tendría un poquito más de autoridad sobre los asuntos que se discutieran. Algunas comunidades lo tendrían de referente o de ejemplo.

Antes lo perseguían por brujo si caía en la aldea equivocada, pero la Iglesia Católica era tan gigante que descubrió con el paso de los años que no había nación donde no se lo tratara con aunque sea el mínimo respeto. 
Merry era consciente de que los avances científicos de los últimos años eran impresionantes. Sí, la tierra era redonda, el espacio estaba entre un planeta y otro, no había cielo cristiano que pudiera ser encontrado ni nuevos milagros. Tampoco ñomos, Bultures o Elfos en los bosques del Oeste. Sin embargo, aun en el año 5999, los mortales aun necesitaban creer que eran algo más que una consecuencia biológica.

La voz de una mujer lo saco de sus memorias, era una anciana:
- Padre...- Le dijo tomándolo por el brazo.
- ¿Si señora?-
- Ore por mi hijo, es bombero. Dijo la anciana.- Esta ahora apagando el incendio y tengo miedo que le ocurra algo.
- No se preocupe señora, orare por él y por todos sus compañeros tan pronto como llegue a la capilla.
- Bendito sea...




***
Hay cosas que uno hace por amor. Repetía Lauro en su cabeza con la mano sudando dentro de sus guantes negros.

Estaba llegando a la Garita de Guardia, pudo ver al Seguridad levantar su gordo trasero desde dentro para echar a la mierda a cualquier idiota que intentara cruzar el loquero a estas horas de la madrugada. Lauro vio sus ojos  marrones y rostro fofo, su calvicie y mirada cansada. Su patético uniforme de guardia de seguridad color Caqui. Vio todo eso y supo desde el instante en que se cruzaron sus ojos entre la nevada que no quería matarlo.

Hay cosas que uno hace por amor 

- Oiga el horario de visit....

El sonido del plomo cruzando el cristal del puesto de seguridad fue como el del hielo cuando se echa por primera vez en una bebida al natural. La sangre mancho parte del televisor portátil del guardia. Su cuerpo cayo de rodillas.

Hay cosas que uno hace por amor y no siempre son las mejores.

Otro silbido del silenciador le abrió un limpio hueco en los sesos. Lauro saltó la barrera que evitaba el ingreso de los autos y se metió en el puesto del seguridad. Buscó rápidamente el botón para destrabar las cerraduras electrónicas del hospital. En pocos segundos dio con este interruptor  mágico y lo presionó. Se dio media vuelta con la frialdad homicida que solo los Vlaind pueden tener y atravesó el estacionamiento en dirección a la puerta principal.

El compañero del reciente difunto, que guardaba la playa de estacionamiento vio a Lauro caminar debajo de la nieve como la sombra de la mismísima muerte. Alzó el grito de alto levantando su teizer. 

Hay cosas que uno hace por amor y no siempre son las mejores, justamente porque se hacen por Amor y el amor no siempre es bueno..

Otro mágico y delicioso silbido de la walter lo dejo en el piso sangrando por el cuello. Lauro apenas tuvo que moverse para dispararle, el casquillo humeante cayo a sus pies rebotando en el suelo, fundiendo la nieve debajo.

Entro en  la sala principal de recepción. Un escritorio largo semi circular estaba en el centro. Otro hombre del hospital miraba a Lauro lleno de temor. Esta vez sostenía un arma de fuego. Su mano derecha se dirigía con cierta lentitud producto del miedo a la alarma silenciosa debajo del mostrador. – Voy a meterte una bala en la cabeza si te moves un centímetro más. -Dijo balbuceando y sudando frío. La mirada, la mirada de Lauro le recordó a la de Terminator cuando ingresa en el edificio de Ciberdine Sistems. O quizás al de alguna pintura clásica sobre Ángeles y demonios. 

Vio por medio de la mirilla de acero de su revolver como a Lauro no le parecía importar que disparase.
– Dije que no te mu..muevas. ¡Loco!.

El Vlaind,  tomo al hombre por la nuca y estrello su cráneo contra el mostrador. Mientras este permanecía bajo su control disparo a quemarropa en su nuca. Otro casquillo acompaño al suelo al pobre sujeto.

A diferencia de Crisald, a Lauro no le gustaba esto, no encontraba forma de disfrutarlo. Él era la clase de persona que se apena cuando tiene que matar una araña de un pisotón o enterrar a un canario. Pero a veces la idiosincrasia Vlaind puede más cuando las cosas se complican. Les guste o no a ellos mismos los Vlaind siempre se verán como Dioses sobre la tierra  (técnicamente, semi dioses) y en definitiva desde su punto de vista eso les da libertad para disponer de sus súbditos como quieran o acabar con el que sea que se interponga en sus camino. Había sido así desde el primer día en que pisaron la tierra, y en cierta forma les horrorizaba a ellos mismos las cosas de las que eran capaces. O al menos las cosas que eran capaces de hacer sin sentir ninguna culpa antes o después.

Hay cosas que uno hace por amor, Lauro había echo muchas, cientos de cosas por amor a Liavenna y no era esta la peor. Matar al padre de Crisald por Ejemplo, limpiar aquí o allá, para evitar que el vestido blanco de la mujer de Allion se manchara con la sangre sucia del combate. Para evitar que  una flecha tajeara su inmaculada piel, o que un disparo apagara la luz maravillosa de sus ojos. 

Si Crisald estaba dispuesto a mandar al infierno a medio planeta con tal de vengar a sus seres queridos, Lauro estaba dispuesto a hacer exactamente lo mismo por proteger a quienes lo habían protegido a él antes. Esa es la naturaleza de su Orden, la lealtad. Lealtad a cualquier precio. A la Nación, a Balabord o Liavenna. La Lealtad hace que uno ya no se sienta tan solo más allá de  la razón, que por lo general hace que nos apartemos de los demás o que los otros se alejen de nosotros.

Lauro dobló por el pasillo y se topó con una enfermera que venía corriendo tras ver manchas de sangre en el suelo doblando la esquina. Recibió dos disparos en el pecho y su traje blanco se llenó de color carmesí, las píldoras que tenía en su vasito rebotaron en el suelo y se perdieron debajo de una mesa. Era una chica joven y bonita, le recordó a una de sus estudiantes. Lauro siguió camino en dirección al cuarto de Verónica con sus suelas manchando el suelo con la sangre de sus victimas.

Podía sentirse, respirarse la muerte en el lugar. El Vlaind seguía su instinto y podía percibir la presencia de la mujer que buscaba en el primer piso. Por lo que tuvo que subir las escaleras. Se le ocurrió entonces que si el mismo podía adivinar con facilidad donde estaba la mujer debido a su ínfima semilla Avista o Dracida, entonces para Merry debía ser una especie de Faro en la costa. 

Mientras sus zapatos hacían ruido en los escalones de mármol eso le provocó cierto temor. Escuchó voces detrás de él, eran gritos de espanto. Alguien había encontrado a la enfermera sangrando aun en el suelo con sus ojos vacíos.  Lauro continuó caminando. 

Llegó a la primera Planta. Dos Celadores del Hospital, fortachones con tarjetas de identificación estaban guardando la puerta de seguridad a los dormitorios. Uno de ellos dormía como un bebe, el otro miraba la televisión. Lauro caminó hacia ellos hasta que lo notaron.
- Oiga, Uste...- Dijo el que miraba la Tv. –¿Qué es Medico acaso?

El Vlaind le abrió un hueco en medio de la frente. El que dormía, despertado por el grito de su compañero con los sesos del mismo en su rostro intentó tirarsele encima como hacían usualmente con los enfermos mentales. Lauro lo esquivó con gran facilidad, el idiota se dio la cabeza contra la pared. El Vlaind lo aferró por el cuello y apretó su pescuezo como si se tratara de una garza. – Verónica Vounsheim, ¿Cuál es su cuarto?
- El...el...54
- Llévame allí.

Lauro le lanzó las llaves que tenía su compañero en el cinturón. El guardia abrió la puerta con el silenciador de la Walter presionando su cráneo. Pasaron por los cuartos. Las ventanas de vidrio repartido a la izquierda mostraban el incendio en el pueblo, debajo de la colina donde  se alzaba el Golden River. El sonido de sus pasos hacia ruido gomoso debido al plastificado. Llegaron al numero24. Allí el hombre se detuvo.
- Me confundí. Dijo con una sonrisa estúpida. 
- Abre. Ordenó Lauro.
- Sí..sí...
Las llaves giraron, la puerta se abrió y Lauro disparó las dos ultimas balas en el cartucho en la cabeza del sujeto. – Por mentiroso.

Dentro estaba durmiendo, en una camilla  que la sujetaba, Verónica Vounsheim, la madre del monstruo. La versión Vlaind y épica del cuco había emergido de aquel vientre algo flácido por los años, mal cubierto por una pijama barata del Golden River. Era una sombra envuelta en sabanas y colchas desencajadas con olor a limpio.

Ambos estaban allí por historias igual de tristes. Una que llevaba ya casi 2000 años, otra apenas unos 18. Pero la tristeza no puede medirse en tiempo, se sequen o no las lagrimas. Fue esta la primera vez que Lauro sintió una verdadera empatía con su victima debido a su diario. Las cartas de parientes sobre la mesa de luz, el muñeco de Gongo Bonzo llevado allí por algún visitante para nada asiduo que intentaba componer los años de ausencia con un gesto tonto, el frío del cuarto en el cual el calefactor seguramente fallaba hace años.

A pesar de lo que acababa de hacer, Lauro no tenía un corazón tan frío como el de Crisald. Imaginó los inviernos en confinamiento de una mujer bondadosa que ni siquiera estaba tan loca como para terminar en un loquero. La vio allí sentada en la cama observando los pinos del bosque de abedules pasando el muro imaginando sueños de libertad bajo el sol de enero, probablemente junto a Daniela cuando aun era pequeña como en aquellas vacaciones en el sur.

Hay cosas que uno hace por amor, no siempre son las mejores porque se hacen por amor y el amor no siempre es bueno. El amor a veces trae desgracia, muchas otras llanto y más de una vez guerras. El amor nos trajo a los dos aquí Verónica. Pero solo uno saldrá caminando en la mañana.

Lauro cerró la puerta y el cuarto se lleno de oscuridad. Cargó su último cartucho de balas, echó hacia atrás el mecanismo del arma de fuego y vio la recamara negra ante sus ojos iluminarse por las luces de la calle. Una nueva y sonriente cabeza plomo se posó dentro del objeto. Lauro levantó el brazo como quien esta midiendo distancia y precisión. Aferró el gatillo, no pudo sentir su frialdad en la carne debido al guante, pero la imagino. En sueños, Veronica se revolvió...




N/A: De Regreso, este capitulo se dividira en dos o tres partes debido a su larga extencion, en breve sigue por aqui como siempre.