domingo, 24 de junio de 2012

El Ritual de los Condenados IV


Capítulo IV

Cada Bala tiene un nombre


El Haudi Negro se detuvo en la pasarela oriental del río Margun. Desde la ventanilla rota del auto Crisald podía ver los viejos mataderos que se levantaban de ese lado del mismo y la baja Blondres, aquella mitad de ciudad destinada a los pobres, los trabajadores, los delincuentes y los inmigrantes. Era usual en los pertenecientes a las clases altas considerar el Margun y sus puentes una especie de frontera entre dos sociedades bien distintas. 

En el sur comían choripan en puestitos de la calle, vivían en edificios grafiteados y con forma de cajas de zapatos, se drogaban en la vereda y formaban bandas criminales. En el norte vivía la "gente bien" que visitaba los bancos para depositar o retirar dinero y no para asaltarlos. Que comía en los restaurantes caros del nuevo puerto transformado en una especie de Shopping con vista al río (no lejos de donde Crisald se encontraba)  y que asistía a la avenida de los teatros como también a los grandes boliches . 

Música
La nieve aun emergía de las nubes aunque con una intensidad mucho más pasiva y parecía que el temporal amainaría para el día siguiente. Crisald bebía un café comprado en un autoservicio mientras se dedicaba a relajarse mirando la bruma que nacía desde las aguas del río y observaba la quietud de las bonitas calles de la Dudley Clark Avenue. Apagó la luz de la cabina del auto y se encendió un cigarro luego de abrir apenas la ventana (olvidando que la otra estaba rota), se retiró los lentes negros y se hundió en su asiento lleno de cansancio. 

Sí, no se había cargado al tipo más pesado de Himburgo pero era un comienzo. Según lo que pudo averiguar gracias a su amigo en la inteligencia, Rick no era otra cosa que un orate, un idiota que siempre rondaba donde comían los peses gordos que solían reunirse en hoteles mucho más caros que el suyo. Rick era un sujeto que toda la vida había deseado ser como ellos y por eso les chupaba las medias. Aquello, como vemos, acabo matandalo por ser el último eslabón de lo que, Crisald pensaba, sería una larga cadena de rufianes.

La victima fue por un tiempo el jardinero de los Larentguer. Llegó para reemplazar al histórico Claudio quien era humano y por ello "enfermo de viejo" (como entienden los Vlaind la vejez, pues ellos son inmortales) y murió. Crisald recuerda que Rick tenía toda la actitud de un pillo de poca monta que intenta rebuscarse uno o dos pesos para sobrevivir. A menudo su padre era caritativo con la gente del bajo Blondres y les daba trabajos en sus muchas fabricas al norte del país o tareas simples dentro de la casona. Algo que le valió el titulo de "Marxista" entre los suyos, un titulo que siempre se le recordaba en las grandes cenas entre sonrisas de tiburón, cócteles y cuellos llenos de perlas.

Claro que hay Vlainds de ideales algo más liberales y por lo general están divididos entre quienes respetan y sienten un sincero cariño por los hombres y aquellos que simplemente desearían volarlos de la faz de la tierra. La última posición proviene de un resentimiento muy antiguo del que quizás hablemos más adelante. Comúnmente se lo llama entre ellos "La masacre de Iridu" y es el capitulo más negro de toda la historia Vlaind. 

A Crisald le hubiese gustado ir directamente con el flaco que le pagó para que esa noche dejara la puerta del garaje abierta, como indicaba la investigación que había sucedido. Si bien no se pudo dar con el responsable según "X", su única fuente de información hasta ahora ,estaba muy claro que Rick había recibido dinero por ello, pues al ser interrogado poco después confesó que un hombre de "muy buen aspecto" le había entregado dos mil balbans para que le hiciera aquel favor esa noche. Según el propio Rick, este hombre visitaba a menudo la casa de los Larentguer y le dijo que quería darle una sorpresa al señor de la casa por ser el día del casamiento de su hija. 

Si había sido engañado o no a Crisald no le importaba, la deslealtad se pagaba con la muerte entre los Vlaind de Rolando. Cualquier buen siervo debería haberle comentado al menos a los jefes de seguridad de la mansión antes de hacer una cosa así. Murió por 2000 Balbans, una verdadera pena.

"Boys dont Cry" apareció de pronto en el ambiente. No provenía de la radio del auto sino de su celular, que tenía aquella canción como ringtone. Cada vez que escuchaba las primeras guitarras recordaba a su padre tratandole de explicar  a su muy educada forma que "esa banda de flacos que se visten de negro no es para chicos como vos" Su padre, Robert Larentguer quería decirle que le avergonzaba tener un hijo adolescente que se vistiera de negro, se pintara las uñas y otras cosas "de señorita". Claro que al cabo de unos años Crisald pasó la adolescencia y se volvió el Vlaind que todos esperaban que fuera. Aunque aun tenía sus discos bien escondidos debajo de su cama como también un delineador y un buen gel.

- ¿Estas frente a los mataderos?- Pregunto la voz sinuosa pero con autoridad desde el teléfono.
- Sí.- Contestó Crisald echando un vistazo al reloj del auto.
- Cruza el puente, te estoy esperando allí. Me reconocerás fácilmente...-

Crisald cerro la tapita del celular de Centnel Corp. La telefónica más importante de todo el país y parte de un monopolio descontrolado generado en los años de plomo. Pensó en poner la alarma al auto, pero cuando recordó que tenía una puerta tiroteada y una ventana desaparecida simplemente esperó que se lo robaran. Tenía otros cuatro autos sin contar los dos de Liena...no le hacia falta siquiera llamar al seguro.

Con la nieve revoloteando sobre el río y la pasarela peatonal del puente Crisald avanzó solo esos ciento cincuenta metros que eran el viejo cruce del Margun. A la derecha, mucho mas "modernoso" y  de estilo pretendidamente futurista se erguía el nuevo puente. Blanco y lleno de lucesitas de colores bastante espantosas que a gente como Crisald, le resultaban estúpidas. El puente antiguo estaba compuesto por solidas piedras grises y altos arcos por donde los buques del puerto aun podían pasar sin problemas. En sus bordes se levantaban bellas y aterradoras figuras de mujeres, como también algunas gárgolas en los extremos de las cabeceras. Sus fauces abiertas y las alas desplegadas le venían quitando el sueño a muchos niños del vecindario en los últimos 500 años.

Llegó a los ruinosos Mataderos del siglo pasado. Edificios rectangulares y alargados de ladrillo a la vista con sus ventanas rotas y portones de madera cerrados improvisadamente por cadenas gruesas. En sus muros los grafitis de todo tipo se extendían hasta lo indecible. Sin embargo, a pesar de lo que la mayoría pensaba, gran parte de esos edificios no estaban intrusados. Las historias de asesinos psicópatas y fantasmas mantenían alejados a los Blondinenses de los Mataderos del sur.

X estaba sentado en un antiguo banco que miraba al Río. Llevaba su piloto negro y sombrero gris. La forma que tenia Crisald de reconocerlo era esta, pues X era un Vlaind más viejo que el puente que acababa de cruzar. Era parte del "Lookup" la inteligencia Vlaind, una organización que maneja tan buena información como una potencia y recaba datos de todos los baronazgos.

El Vlaind que tenía la apariencia de un hombre entre los  40 y 60 años (otra rareza entre sus pares ademas de su estilo tan 50s de vestir) no era un agente común y corriente. Nadie sabía, gracias a su importancia, cual era su rango exacto. Pero estaba claro que era parte de los jefes de Inteligencia que asesoran a la Cúpula Vlaind en momentos de crisis.

El viento cambió y comenzó a rugir en dirección al sur. Los copos de nieve se abrieron como papel picado hacia ese punto cardinal y las nubes arriba parecían más gordas, más negras y frías. Crisald se sentó a su lado y no le hizo falta mirarlo a la cara para reconocerlo.

- ¿Has encontrado a tu pequeño amigo?- Pregunto X bajando el diario del día de hoy que titulaba "Dugget va por la aprobación del Aborto"
- Sí. Aunque tuve un encuentro inesperado con un Jethi. Sin embargo he salido ileso. No tengo mucho tiempo X, dame otro nombre. Dijo Crisald sacando la libretita de la simpática gata oriental que pertenecía originalmente a Liena.

El agente de inteligencia encendió un cigarrillo y le entregó otro al Vlaind. - Ten,  no te va a gustar lo que tengo para decirte. - X lo dijo con la forma tan despreocupada y paternalista que tenía con todos sus amigos y contactos. Encendió el Lucky con el zippo dorado y apoyo sus espaldas contra la baranda fría de la pasarela de la rivera.

- Se que vienes a que te de más nombres y lo cierto es que no puedo hacerlo. La ultima vez que charlamos te aclare que me estas poniendo en una situación complicada. Por tu apuro no tuve la oportunidad de ser más claro.

Crisald se mantuvo en silencio por un instante y sus ojos volvieron a tomar aquella mirada tan fría que le subía por sus pupilas cada vez que su asesino interior encontraba una razón para enfurecer.
- Ajam- Fue lo único que dijo. No esperó a que su compañero continuara: - Me lo imagine. De hecho me pareció extraño que me dieras el nombre de Rick de buenas a primeas.- Se levantó del asiento y apunto con su dedo a X. -Somos amigos hace mucho X, conozco en las cosas que estas metido y en las que no. Sos de Rolando como yo y no darías el nombre de uno de nosotros aunque el propio Namidian te lo pidiera. - Ambos se rieron.
- Pero...no soy tan estúpido como para pretender que me des el expediente completo de la investigación. Puedo conseguirlo por mi cuenta si lo llego a necesitar. Aunque eso sería muy arriesgado y obvio, seguramente quien estuvo detrás del asunto sabe donde se encuentran esos archivos al igual que yo, y tan pronto como note que hay alguien metiendo la mano por ahí me va a caer con todo su poder de fuego.

X volvió a reírse. - Ya no sos el pibe que llego de Hellens evidentemente. Sí, la política es una cosa complicada en estos días y mucho más en nuestra orden donde  la mitad esta pensando solamente en como matar a la otra mitad. ¿Entonces que queres?
- Los nombres y localizaciones de los Vlaind implicados lo averiguare por mi cuenta. Solo voy a pedirte el nombre del Dracida al que hirieron durante el tiroteo esa noche. Se que encontraron sangre con Rettem en la casa.
El Vlaind suspiró y lanzó humo por su boca grande y sonriente. - Crisald, si comienzas un raid de asesinatos por el bajo, el MI5 va empezar a preguntarnos a cual de nuestros muchachos se le zafo un tornillo. Ferdinand esta en buenos términos con ellos y no quiere que un montón de Dracidas que trabajan para el Estado se metan en nuestras cosas...
- Y en caso de que no me lo des voy a tener que matar al doble de personas para averiguarlo, créeme que no es mi intención. Me haré responsable de todo este asunto ante el Barón una vez termine. Si me preguntan como lo averigüe me inventare algo creible.

X se dio la vuelta y miró al río, con sus aguas profundas y negras.
- Tengo más que cientos de años en este mundo Crisald. - Dijo con la voz pesada y cargada. - He visto a muchos chicos como vos perder la cabeza por cosas así. Las cuestiones en la Orden pasan por una razón y se ocultan por otras. A veces es mejor simplemente dejar que sigan su curso...
- No me vengas con discursos de viejo y vamos al grano. Lo vas a hacer o...- X lo interrumpió.
- Trimberg. Jhon Trimberg es quien cobraba el dinero del hotel "Chikis" y quien acogió a Rick en su hotel luego de que fuera liberado del interrogatorio. Si alguien sabe porque los Jethis se metieron en esto es él. Trimberg es un tipo pesado de los Dragones Negros...solo ellos hacen tratos con nosotros.
- ¡Gracias!- Dijo Crisald palmeando las espaldas de X y volviendo a su carismático actuar. - Los Dragones negros son la paria del mundo de los Dracidas, dudo que el MI5 extrañe a cualquiera de ellos.
X lo observó con cierta tristeza y afirmó con la cabeza. - Es verdad Crisald. Pero recuerda que del iceberg solo se ve la punta...

El heredero de los Larentguer estaba ya de espaldas a su contacto, dirigiéndose a su auto con la satisfacción de haber encontrado lo que buscaba, al menos por el momento. Cuando se encontraba a unos diez pasos de allí X le dijo en voz alta:
- ¿Sabes que tenes muchas chancees de terminar volandole la cabeza a alguien que amas verdad?

Crisald se detuvo en seco y apretó el puño. Dirigió sus ojos azules a X. Estaba parado con expresión de suficiencia, con la seguridad que da la experiencia y sus manos en los bolsillos, la colilla del cigarro aun quemándose en sus labios.
- Se como terminan estas cosas Crisald. Las he visto cientos de veces. Cada bala tiene un nombre, un rostro  y una cara, tenlo presente.  "Si puedes hacer a un lado tu orgullo vivirás por muchos años".
- ¿Es una frase de Rolando? Pregunto Crisald
-¡Ja! ...Bilingord, el Jethi...tienes algo que aprender de ellos, yo tuve que hacerlo en su momento. Hasta luego Crisald y buena suerte.  

Volvió al auto y el motor rugió entre la soledad y silencio de la ciudad. Los semáforos rojos, verdes y amarillos pasaron como estrellas de la modernidad por el rabillo de sus ojos. Encendió la radio, molesto por haber oído, a ultimo momento, aquello que no quería escuchar. Era infinitamente cierto...tenía muchas chances de acabar descubriendo algo que era peor para un vlaind que matarlo, es decir Romperle el corazón.

No iba a arrepentirse ni echarse atrás con la primera victima siendo transportada en una bolsa de plástico hacia la morgue. Y saber que a fin de cuentas a él o a otro le esperaba el vació al final de esta cuestión le provocaba resquemores. ¿Y si en el momento revelador en que descubriera la cara del ultimo culpable temblara antes de apretar el gatillo? ¿Iba a ser tan fácil como había pensado? En sus fantasías los enemigos que lo rodeaban eran seres sin nombre, sin rostro y sin historias. Aquello perturbaba mucho...X tenía razón...nadie sabe donde pueden acabar estas cosas. Pero debía hacerlo, era su nombre el que estaba en juego.

Mientras el auto se detenia a pocos metros de su casa, ante los absortos vecinos que miraban el carro en ese estado tan particular Crisald estaba decidiendo cual era el punto sin retorno. Si estaba a tiempo de zafarse antes de quemarse o si era capaz de llevar esto en serio.

La nieve no dejaba de caer, el viento no amainaba un poco y la sangre de su corte en el rostro no cicatrizaba bien. Desde el parabrisas pudo ver a Liena bajar las escaleras del edificio de categoría acercándose hacia l contenta de volver a verlo para ir al cine esa noche. "Se que Liena es inocente, con eso me basta". Cada bala que no llevara su nombre estaria justificada...



***

¿PUNK NOT DEAD?


En esta temporada de Invierno- Decía la voz de un locutor mientras grandes letras de acero remachado pasaban por la pantalla, de fondo un templo Azteca recibía unos relámpagos por parte de un cielo hecho con los mejores efectos especiales 3D.
SON ZOMBIES
SON NINJAS
SON
¡LOS ZOMBIES NINJAS!-(Un fiambre tirando patadas a unos androides en medio de la calle)
FUERON ESCOGIDOS POR EL DIOS  QUETZALCOATL PARA TOMAR VENGANZA DE LA CONQUISTA(Un conquistador-Androide luchando palmo a palmo con un zombie ninja) 
Y DEBERÁN ENFRENTARSE A SU PEOR ENEMIGO (La pantalla se vuelve oscura y aparece una ciudad ridículamente futurista)
- EL VIRREY DE BESPAÑA DEL FUTURO. - Un sujeto con un casco con visor rojo en la cabeza rodeado de algo parecido a los Nazis dice "- ¡Debemos poner a esos Zombies Ninjas en cintura! Traed a Cortez modelo 2000"
Luego grandes letras como las iniciales: "ESTRENO EL 24 DE DICIEMBRE EN LOS MEJORES CINES"

Rise ya estaba soñando con una jungla llena de Androides-Conquistadores y Zombies con plumas peleándose por ahí cuando alguien le removió de sus sueños sacudiéndolo con amabilidad. El Dracida se había quedado dormido en la silla del capitán y su pequeño televisor portátil estaba pasando la promoción de la película. La muchacha que salvó estaba a su lado con la cara algo enjuagada producto de su llanto pero aparentemente entera. Sus ojos verde claro y su cabello oscuro  teñido de rojo a tramos le indicaba que, a pesar de parecer mayor, no debía tener más de 20 años. Su ropa decía igual.
- Creo que se lo debo. Le dijo la muchacha alcanzándole un mate recién hecho en un vasito de plástico. En su otra mano aguardaba un termo de telgopor de esos descartables.

El Dracida no tomaba mate desde su última charla con Mitril en el bosque. Nunca se le había pegado demasiado esa bebida. Pero teniendo en cuenta que no todas las noches un Jethi recibe las gracias por sus servicios lo tomó con una media sonrisa. - No hay problema...¿Como esta?

Cualquiera de nosotros esperaría que el hall del edificio estuviera lleno de policías y gente curiosa, después de todo apenas una hora había pasado desde el enfrentamiento. Sin embargo ambos estaban solos en la entrada que daba a la calle. Sus únicos compañeros eran el sillón roto de tres plazas al costado de la pared y el televisor que ahora regresaba con su transmisión en vivo de un grupo Bruso que se presentaba esa noche en el Kings Theater. Siempre llamaría la atención a Rise como los Comunistas no dejaban salir a nadie de su país, pero por alguna razón enviaban a estos grupos musicales a occidente en lo que el creía era algún malvado complot de los Brusos para arruinar la buena música Himburguesa. Sin contar con que el cantante principal era extremadamente parecido a cierto líder Revolucionario.

Música

Volviendo a Troncor Street es bueno decir que  la policía apenas si se metía allí, después de todo según decían en la comisaria del barrio "esa gente no tiene arreglo". Aunque en verdad, en esta zona la mayoría de los asesinatos cometidos a sangre fría eran ordenados directamente  por la propia policía o los Dragones Negros. Una organización mafiosa compuesta enteramente por Dracidas que utilizaban sus poderes para casi cualquier cosa menos el bien. Rise no desconocía que muchos de estos sinvergüenzas anidaban en "Chikis" donde estaba su base territorial en el barrio.

A pesar de ya habían pasado cuatro años desde el retorno de la democracia, la estructura de seguridad de Himburgo no había abandonado sus tan delicadas costumbres. Durante estos días ocurrieron un sin fin de planteos y presiones militares o de la Inteligencia hacia el gobierno que no aparecieron en los Diarios hasta mucho después.  Aunque las personas más humildes de Himburgo ya respiraban aliviadas luego del terror, en las esferas del poder el primer ministro estaba siempre pendiendo de un hilo intentando desplazar a los perros y los halcones del pasado.

Las Organizaciones criminales como los Dragones Negros no eran prioridad para el estado. Himburgo y otras naciones tienen departamentos especiales de Seguridad y espionaje donde se reclutan Dracidas o Vlainds que no tengan una familia que los respalde. El 90 por ciento de sus misiones suelen estar más relacionadas a la política interior y exterior del país que a cuestiones propias de su raza. Aunque, vale decir, que cuando los Jethis o los Vlaind empiezan a generar mucho escalabro en las calles (como ha sucedido más de una vez)  el MI5 envía a su departamento a investigar.

En lo que respecta a Rise, el odiaba profundamente al estado Himburgues, para él la democracia era una mentira y podía hacer cualquier cosa para sobrevivir en la sociedad actual menos vender su fuerza de trabajo, sus poderes y habilidades a un gobierno. Si fuese menos inflexible en esta cuestión estaría viviendo en un hermoso departamento en el centro o en una casa en las afueras. Los Dracidas de la MI5 son motivados a trabajar para el estado con jugosos contratos (algo tramposos también) donde el sueldo es más que abultado a relación con los agentes humanos. Pero Rise era un tipo de principios y realmente prefería vivir en la calle antes que trabajar para la gente que reprimió y encerró a su padre durante una revuelta.


La muchacha cebó y le alcanzó el mate a Rise. El preguntó luego de beberlo:
- ¿Ese hombre era tu marido?-
- No...lo conocí anoche, y si estuviera vivo no iba a pasar a más de hoy nuestra relación. Yo Trabajo en el bar de su hotel para pagar el alquiler...aunque no lo conocía mucho no pude evitar gritar. Llevo 3 años en este barrio y nunca me había pasado algo así.
- Siempre hay una primera vez en el Bajo. Le Dijo Rise. - ¿Sufrió alguna herida?
- Nada...- Dijo la mujer sentándose sobre el escritorio de recepción que tenía El Capitan, quien había subido al pasillo del apartamento de Rick para limpiar la sangre de la victima. Se pudo escucharlo gritar "Al menos podrían tener la decencia de dejarle los cesos en su lugar..." mientras pasaba un trapo. 

El Hombre y la mujer cayeron en un silencio mortuorio. Ella volvió a cebar un mate. Rise la miraba con sus sentidos de Dracida. Algo en ella le decía a Rise que no era la primera vez que veía a un hombre caer bajo las bondades del plomo, aunque tal vez si ante un Vlaind. Si era humana o no no podía adivinarlo, era muy joven como para que aquello se hiciera notorio. Aunque el sin fin de tatuajes en todo su cuerpo si le resultaba llamativo. "Loca esta, al menos" pensaba Rise, quien en ciertas cuestiones como esas resultaba estupidamente conservador.

(Be My Lover) de "La Bouche" comenzó a sonar en el radio de unos muchachos que andaban de fiesta ese fin de semana en el edificio cercano..
Música

- ¡Pero que música de mierda que escucha esta gente!- Dijo Rise tomándose la cabeza al ser sus oídos atacados por "los temas de moda" de la noche Blondinense. La mujer soltó una risa contagiosa y sincera. El comentario acabó con el silencio. 
- ¿No le gusta el nuevo "pop-rock-classic-gag-fantasy"? Preguntó la mujer de una forma tan juvenil que Rise no pudo hacer otra cosa que enternecerse. Volvió a sonreír de forma agradable, como hizo al ver por primera vez de nuevo al Capitán en la entrada.
- ¿El que?- Dijo riéndose todavía.  
- ¡Ay! el "pop-rock-classic-gag-fantasy", esta en todos los boliches. Mezcla lo mejor de cada ritmo y se puede bailar muy bien. 
- Perdón me quede en la época en que la música servia para algo. Estos raperos de cuarta se creen que por poner juntas las palabras "sexo, noche y placer" tienen poesía. Que asco...

La muchacha intentaba, al igual que Rise con ella, descifrarlo. Por más que tuviera aspecto de ser un sujeto de 30 años y algunas cicatrices en sus brazos no aprecia un policía como ella creía que era.
- ¿Es usted policía?
Rise casi se levanta de la silla producto de lo que el pensaba era un insulto.
- Ni a patadas.  ¿Por?
- Por que esta hablando como mi papá, que sí es policía.
- Bueno, al menos a tu viejo le gusta la buena música....

El silencio regresó entre ellos y Rise se preparó para irse a su cuarto ya estando algo incomodo ante la mujer. - Espera. Dijo ella al ver que el Dracida vestía nuevamente su piloto viejo y guardaba la escopeta. 
- ¿mmm? Pregunto el luego de encender un cigarro.
- ¿No le gustaría al menos ir a escuchar un poco de "pop-rock-classic-gag-fantasy" en el club de un amigo?

Rise casi se dobla de la risa ante la evidente broma de la muchacha. Si alguien del bosque se enterara de que él había ido a bailar "pop-rock-no se que" con una desconocida lo hubieran colgado de uno de los arboles de cabeza por al menos un día. "Los Dracidas no andan con humanos y mucho menos con extraños" decía siempre su maestro. 
- ¿Que hay de malo? - Dijo la chica claramente enojada. 
- ¿Vos te crees que tengo tiempo para hacer semejante forrada?- Siguió riéndose mientras el humo del Lucky Blend llegaba a los tubos de luz en el techo. 
- Dudo que tenga algo mejor que hacer. Ademas, me guste o no salvo mi vida. Y hasta donde entiendo con dos mates fríos no alcanza para devolverle el favor. Si no quiere, todo bien...pero no tengo más que ofrecerle.

El Jethi no iba siquiera a analizar esa posibilidad. "Tengo muchas cosas que hacer" pensó pero la frase no congeniaba con la realidad. Lo único que tenía para entretenerse en su apartamento era el televisor y la repetición de "Amores en Peligro" que también podría sintonizar a la mañana. 

Rise intentó recordar cuando fue la ultima vez que se dedico a divertirse en la ciudad. Acarició la incipiente barba en su quijada y  dijo- ¿Pasan algo decente ademas de eso?- Preguntó Rise.
- Si, a partir de las 3 de la madrugada pasan "viejitos".
- Viejitos...- Murmuro Rise entre dientes sintiéndose un jubilado. - Bueno, dejó esto arriba y vamos....ha por cierto me llamo Rise.
- Daniela.Dijo la muchacha inclinando la cabeza un poco.

Rise volvió a ver sus tatuajes, su aspecto tan desordenadamente llamativo. Le recordó a si mismo quince años atrás...bueno, revivir los viejos tiempos no podía ser tan malo después de todo...


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martes, 19 de junio de 2012

El Ritual de los Condenados III


Capítulo III

Siete Monedas de Plata







Las luces de las calles del centro eran como enormes esferas luminosas que tomaban graciosas formas debido a la borrachera de Rise, quien regresaba a su casa tras su habitual lacónico paseo por las frías calles de la otoñal ciudad de Blondres. El motor del auto producía un sonido suave y el murmullo de las llantas sobre el asfalto mojado era para él como un canto somnífero. Sus ojos querían cerrarse a toda costa, sin embargo la mirada nerviosa del Taxista desde el retrovisor lo invitaban a comportarse. La Radio pasaba un tema que era sin duda la novedad del momento. Rise no lo reconoció.

Cabeceando Rise intentaba que su Rettem ganara la desesperada batalla contra las 4 botellas de litro de cerveza Milton que acababa de tomarse. El led de la radio en el tablero se movía de un lado al otro, parecía acompañar el ritmo pegadizo de una música que como mínimo le resultaba estúpida y vacía. Aunque de todas formas la prefería a la "Música Ritual Dracida" una cosa larga, gritona y depresiva que tocaban los de su especie allá en el bosque durante las fiestas para ahuyentar la "Mala Luna", es decir cuando esta se encuentra en cuarto menguante y la mitad exacta de la misma se es tomada por las profundas sombras. Se suponía que en ese día del mes las fuerzas de la luz y de la oscuridad estaban librando una batalla en igualdad de condiciones y otras cosas que Rise no consideraba más que pavadas.

Estar borracho de nuevo si era una cosa agradable. Hace mucho que el Jethi de Bilingord había perdido de vista esa pose de caballero teuton que se compran los chicos jóvenes en el entrenamiento. Para él, si uno se sentía solo, triste o meado por un sin fin de situaciones de tamaños Jurásicos beber no era la solución, pero sin duda era mejor que llorar abrazado a la almohada de su cuarto como una niña. Cuando Rise bebía todo le podía chupar un huevo, los músculos tensos por las cuerdas de la mente inquisitiva y dubitativa se soltaban. Las sonrisas salían fáciles y las palabras también.  Estaba bien tomar, mucho o poco, había cosas mucho peores no haría de eso otra cosa por la cual preocuparse. Una de sus frases favoritas sobre el asunto era "Si la vida se te atraganta, es mejor pasarla con birra". 

El automóvil se detuvo suavemente frente al Edificio de ladrillos rojos que era la unidad 4 de la Troncor Street, las viejas antenas de televisión y los fierros de las escaleras de emergencias conformaban una criatura de metal negro y oxido que rodeaba toda la estructura a sus lados. Las siete ventanas de cada unos de sus ocho pisos eran ojos oscuros que observaban a la noche de la ciudad. Una nocturnidad en la cual se perdían los ecos de las alocadas cantatas de sirenas de ambulancias o de la policía yendo a toda velocidad por la Sarchil Avenue.

Ante la queja del Taxista, dispuesto a huir de allí lo más rápido posible antes que plateadas balas acabaran con su vida producto de la inseguridad, Rise le pagó y ni se preocupo por el cambio a pesar de tener poco dinero en sus bolsillo.


El Jethi ingresó por la puerta de entrada, amplia, cuadrada y desprovista de cualquier adorno. Sentado en la silla al lado de la portería estaba William Sigger, también conocido por todos como "El capitán". A menudo y a cualquier hora del día se lo podía hallar allí, dormido en las sombras de la locura que aparentemente lo dominaba. Su camisa de estilo Hawaiana y el sombrero panameño blanco contrastaba con el tipo de vestimenta adecuado para esta temporada. Sin embargo, cuando Rise pasó frente a él, los ojos morenos del hombre gordo y de color se abrieron.

- Un buen guardián pregunta en la noche ¿Que quiere usted en mi edificio?- Su voz grave era emitida con amabilidad. Si bien Rise mantenía una prudente distancia de ese hombre tan extraño solía compartir con él una o dos o tres medidas de Whisquy ciertas noches antes de marcharse al Bosque.
- ¿Como va a desconfiar de mi Capitán? Rise Thomas Kenneth Reportándose. - Dijo Rise tratando de recordar cuando fue la ultima vez que sonrió con tanta sinceridad a un ser humano. De alguna forma "El Capitán" era uno de esos sujetos que siempre logra sacarle a uno una sonrisa, aunque diga una pavada atrás de la otra con respecto al país, la economía, los Brusos etc. 
- ¿Como estuvo ese campamento de Anarquistas en el norte?- Dijo el hombre riéndose e incorporándose pesadamente.
Rise iba a contestarle o a retrucarle con alguna otra broma muy boluda de esas que se hacen los vecinos. Pero en ese momento una sensación como de hielo le atravesó el vientre. Fue tan fuerte que hasta el loco de William miro en dirección a la puerta como asustado.

Debajo de las luces de tubo alargadas que recorrían todo el techo del pasillo de entrada, desgastado y de colores celestinos, estaba la alta figura de un hombre rubio de una belleza tan grande como poética. Sus rasgos finos hacían juego con los lentes negros redondeados y la gabardina cara que llevaba sobre su cuerpo, algo rociado por los cristales que la nieve había dejado sobre ella y sus largos cabellos rubios.

Lo que andaba mal para Rise y para el portero era que esta clase de personas no solían entrar a edificios como el numero cuatro de la Troncor Street. Toda su presencia contrastaba mucho con las pintadas de las paredes en los corredores o las ventanas enrejadas y de vidrios rotos por donde pasaba la gélida ventisca otoñal. Y bien sabía Rise que si lo hacían era para llenar de balazos a alguien que no había cumplido una promesa a algún peso muy pesado del vecindario. A alguien que en el bajo pudiera pagar por refinados y profesionales asesinos en vez de drogadictos armados que intercambiaban balas por algunas  dosis de crack o heroína. 

- Buenas noches.- Dijo el joven con su voz suave aunque profundamente contenida y fría. Rise no se atrevió a contestarle. William si:


- Buenas Noches, ¿En que puedo ayudarlo doctor?- Will solía llamar a cualquiera de cualquier manera.


- Busco el apartamento numero 9 B. Contesto el sujeto.

Apremiado por una increíble sensación de agobio que Rise no experimentaba desde hace tiempo se alejó de allí teniendo un pésimo presentimiento sobre algo que no podía terminar de definir. Palmeó las espaldas del portero y subió por las caracoleras escaleras del edificio hasta su propio departamento, el 17A. Mientras esto hacia escucho al portero decir:


- ¿Y porque quiere visitar al viejo Rick?


- Soy un buen amigo del señor. Respondió el hombre rubio. Will le indicó como llegar hasta allí con la amabilidad y excentricidad acostumbradas. El sujeto le agradeció y se dirigió al hueco donde comenzaban las escaleras.

Los Dracidas tienen, por cuestiones obvias, un especial sentido del peligro y no se les pasa por alto cuando un Vlaind anda cerca. Primero que nada porque los muchachos del Ramkkara son bastante identificables en los ámbitos más recurridos por los hombres. Su apariencia cuasi divina no es algo que se pueda ocultar fácilmente y por eso mismo ellos viven entre familias e intentan tener poco contacto con los hombres comunes.

Rise creía que era la primera vez en muchos años que veía a uno. Claro que si no le hubiera estado dando a la birra toda la noche probablemente recordaría que este era el mismo sujeto con el cual había tenido la corta y cordial charla en el tren. Crisald subió hasta el segundo piso del edificio con sus ojos ocultos tras los cristales de sus anteojos. Debajo de su gabardina la Desert Eagle dorada como la que utilizan regularmente los príncipes de los Vlaind aguardaba impaciente, al igual que Epsurren, la espada implacable de los Larentguer.

La puerta negra y mal pintada del apartamento que buscaba yacía a lo ultimo del pasillo. Sobre ella titilaba, falta de buena corriente, la luz blanca de tubo. El Vlaind se detuvo a una distancia prudente de la puerta y golpeó la misma con educación. Luego se quedo allí esperando como una estatua a que alguien abriera la la misma. 

La voz de una mujer emergió del otro lado con desconfianza. - ¿Quien es?
- Soy un buen amigo del señor Rick Altin.- Contestó Crisald. Un murmullo inaudible se escuchó del otro lado de la entrada. La queja de un hombre joven le llegó a los oídos. La puerta se abrió de pronto con un dejo de furia. Un sujeto de barba a medio crecer y en ropa interior le echó una mirada furiosa a Crisald.

- Dígale al hijo de puta de Trimberg que no pienso pagarle el alquiler por adelantado- Llegó el hombre a los gritos ante la presencia del Vlaind. Su desafiante forma de dar la bienvenida se truncó como un tren que clava los frenos cuando es muy tarde. Un relámpago de terror le cruzó el rostro en menos de un segundo.


- ¿Rick Altin?.


- Ha...ha..si...- Instintivamente Rick iba a dar un paso atrás.


- Idu Era sivalion- Dijo el muchacho rubio.

Cuatro sonoros disparos emergieron como fuego desde el bolsillo de la gabardina del Príncipe. Los proyectiles atravesaron el pecho del hombre como meteoros endemoniados dejando tras de sí rastros de oscura sangre sobre el sucio suelo. El humo producido por la ejecución del arma se levantó entre los dos como los rastros de un sahumerio producto de un ritual. La negra vestimenta del Vlaind se manchó lo justo producto de las heridas acometidas contra su enemigo. Crisald se quitó los lentes negros y observó a su victima con aquellas orbes celestes.

Mientras tanto la mujer que acompañaba al desgraciado Rick no podía parar de gritar en un rincón, pues ella no veía ningún hombre, ningún Vlaind o asesino. Ella veía parada ante la puerta a la mismísima muerte o al menos lo más parecido a ella que su cerebro humano y mortal podía comprender. Una figura alta y enredada en sombras tan oscuras como las pesadillas de su infancia. Entre tanto Rise corría a buscar, debajo de su cama la escopeta y la espada que juntaban suciedad allí desde hace algún tiempo. Si bien llevaba su Beretta sabia que con un Vlaind las balas de una pistola regular no suelen ser suficiente.

A pocos metros de allí, Crisald abrió su gabardina y el sonido de la misma se pareció al de la capa de un inveterado caballero que arremete contra el viento en gallarda cabalgada. Epsurren emergió de la negrura de su traje como un rayo de plata y de oro que se posa entre los dos. Bien en lo alto sobre la cabeza de Rick, quien intentaba tapar el colador en el que se había transformado su pecho ardiente, solo podía observar con desesperación a su ejecutor.
- Que Namidian se apiade de tu desgraciada alma. Dijo Crisald con desprecio. Y luego bajó sobre él aquel acero límpido para hincarlo con furia  hasta los dientes de su primera victima. En un golpe tan rápido como mortal la cabeza de Rick estaba abierta en dos y sus cesos desparramados por la alfombra barata que daba la bienvenida a los visitantes.

Crisald no podía darse el lujo de dejar testigos, aunque realmente le dolía tener que acabar con la mujer humana que sin duda no valía un comino para el morador del submundo. Pero si iba a hacer el ritual este tenía que ser llevado a cabo de una forma lo suficientemente buena como para no ser interrumpido por la policía o incluso la inteligencia de la nación.

Sacó de su bolsillo la Desert Eagle listo para darle una muerte digna y rápida a la pobre muchacha que no paraba de llorar sobre el cuerpo desnudo de su compañero. Pero al ver las lagrimas de la adolescente Crisald no pudo evitar contener su dedo en el gatillo por unos segundos. Las imágenes de los cuerpos de su familia apilados en fila envueltos en bolsas plásticas se le vinieron a la mente por un segundo como eructadas por su cansado cerebro. Frunció el ceño y volvió a apuntar a la cabeza de la chica, quien no dejaba de mirarlo a los ojos con una expresión de terror que lo hizo sentir un monstruo de leyendas antes una blanca princesa en apuros. Como si fuese Andromeda encadenada llorando ante su inexorable muerte. 

La súbita confusión del Vlaind estaba por desvanecerse cuando  la voz de un hombre arribó por  detrás como un desafió de los viejos tiempos. Aunque sin duda mucho menos elegante que en aquellas épocas.
- ¡Che Rubia de pasarela!...date vuelta y tira el arma o vas a tener que juntar tus tripas del piso...-

Rise estaba del otro lado del pasillo, a pocos pasos de las escaleras apuntando con su escopeta larga. El caño de su arma tenía un color brilloso y sombrío que el Dracida hace tiempo no le veía. En su hueco negro, las fauces de su Remington tenían ya cargados siete cartuchos listos para mandar al principito a dormir con los peces.

El Vlaind se dio media vuelta pero sin bajar la espada o el arma de fuego. Lo miró extrañado como si Rise se estuviera metiendo en un lugar donde no lo habían llamado. El Dracida estaba notoriamente temblando y el miedo era visible en sus ojos. Al reconocerlo como lo que era Crisald no pudo evitar sentir un poco de nervios. Los Dracidas no eran tipos con los que uno podía confiarse, ni siquiera uno en condiciones tan paupérrimas como Rise, quien llevaba al menos siete años sin un duelo con uno de su especie.

- Soltala...- Dijo Rise con los dientes bien apretados y las manos tensas en el arma. Un fulgor verde le nació en los ojos de ese mismo color, el fuego del dragón comenzaba a fluir por entre sus venas y su mente. La adrenalina inundaba el sistema de Rise listo para darle una paliza a su enemigo.

Crisald se echó a un lado, cubriéndose desde el interior del departamento logró esquivar el disparo de escopeta que destrozó los jarrones baratos de decoración que yacían en el comedor del pequeño apartamento. La porcelana estalló en mil pedazos y se esparció por el suelo. Crisald abrió fuego con su pistola pesada y Rise fue lo suficientemente ágil como para volver al hueco de la escalera dejando que los proyectiles impactaran contra la ventana del corredor del edificio deshaciendola con gran estruendo.

Crisald no tenía tiempo como para enfrentarse a ese muchacho y tampoco le importaba demasiado. Aunque pensó en acabar con la vida de la mujer, el tenía las autoridades de su lado debido a sus contactos con la Fundacion Ferdinand. Vio la ventana que se abría hacia las escaleras de emergencias y corrió hacia ellas. Al escuchar sus pasos hacia la grácil huida, Rise corrió como el diablo hasta la puerta del departamento, pasando por alto el fiambre de Rick. Pero solo llegó a ver la mitad del cuerpo de Crisald salir por el ventanal. A pesar de que descargo nuevamente la escopeta no tuvo suerte, solo abrió huecos en las paredes baratas del edificio.

El Vlaind, ágil como todos los entrenados por la Orden de Rolando simplemente calculó las cosas muy rápidamente y se balanceó por las escaleras como un atleta experto. Caminó los suficiente, corrió lo necesario y saltó lo posible hasta la calle. Rise llegó hasta el borde la ventana, pero allí tuvo que agachar la cabeza ante otras cuatro escupidas de plomo que Crisald realizó sobre la marcha hacia su auto estacionado cerca de ahí.

Sin tanta agilidad ni gracia, más parecido a la monería de un niño que intenta imitar a una estrella del cine, Rise se tropezó más de lo suficiente entre los fierros, trastabillo ante la altura y cayó derecho al contenedor de basura. Pero no se detuvo e intentó correr hasta la calle, donde Crisald ya se encontraba subiendo a su Haudi negro. Auto que levanto velocidades celericas en un santiamén. El hueco al costado de la escopeta vomito un ultimo cartucho antes de tenerlo fuera de alcance. Los perdigones impactaron contra el auto golpeando como granizo la puerta lateral, un pedacito de vidrio hizo un suave tajo en la mejilla perfecta de Crisald quien, ordenado y metódico no prestó atención a esto y salió como misil por la avenida.

Exhausto Rise ni siquiera pensó en perseguirlo. Al menos había evitado que le volara la cabeza a la piba. Sobre la acera nevada de Troncor Street los transeúntes observaban preocupados y algunos llamaban a grandes voces a una patrulla de la policía que se acercaba por la derecha. Respiró, guardó como pudo la escopeta debajo del piloto verde y escondiéndose entre la gente regresó al interior del edificio, luego se sentó pesadamente sobre la silla de "El Capitan" donde cerró los ojos un instante intentando abandonar la adrenalina que lo había dominado en los últimos siete minutos.

Mientras el Vlaind evadía con la destreza de un piloto de carreras a los autos estacionados en el próximo semáforo y regresaba en dirección al norte, abrió la guantera del tablero y sacó de allí siete monedas de plata antigua con un caballero montado sobre un corcel que había encontrado años atrás en el cuarto de sus padres. A la carrera ya sobre el puente que nace en la Pallance Avenue lanzó las monedas por la ventanilla en dirección a las aguas oscuras del Margun. Las metálicas y plateadas esferas descenderían hasta las oscuras profundidades donde el alma de Rick Altin, el traidor, habría de morar de ahora en adelante. El Ritual de los Condeados acababa de empezar y Crisald estaba lejos de de acabar. Los casquillos de bala pronto anegarían la ciudad como una tormenta de plomo que las alcantarillas no podrían aminorar. 

N/A: El tema oficial que inspiro este libro para despedirnos. "The Passenger" Siouxie and the Banshees

















miércoles, 13 de junio de 2012

El Ritual de los Condenados II



Capítulo II


El Insomnio de los Corazones rotos 


La luz roja del cartel que decía "Hotel" en la calle del frente al apartamento de Rise ingresaba por la ventana como un espectro lacónico. "Chikis", un antro lleno de criminales y prostitutas era un lugar de donde provenían todo tipo de sonidos, especialmente gemidos tanto de dolor como de placer. Dependiendo como estuvieran los asuntos de Rick, quien lo regentaba a nombre de otros muchachos que obtenían dinero de las bandas de delincuentes que se encontraban en el barrio obrero del Bajo Blondres. 

Rise, recientemente llegado a Blondres intentaba dormir con el fulgor del neón entrándole al departamento tan próximo a este hotel y la sombra de la madrugada ya era larga en ese entonces. La blanca nieve que caía a destajo sobre los cielos grises y purpuras de la ciudad parecía compuesta por cristales de sangre que empapaban todo el suelo sucio de Troncor Sreet.

El Dracida de la Orden de Bilingord tenía un sueño tan extraño como esquivo, sus ojos a medio abrir estaban concentrados en las silla rota que utilizaba como mesa de luz. Sobre la misma colgaba su piloto verde y en su respaldo descansaba la larga escopeta que tenía siempre a mano cada vez que llegaba a la ciudad, no fuera cosa que un Dracida o un Vlaind lo agarraran desprevenido. Pero más allá de esto los pensamientos de Rise no giraban en torno a los negros monstruos de concreto que yacían dormidos en la ciudad, como tampoco en la tremenda batahola de gritos de placer exagerados de las prostitutas. Sino más bien se centraban en Miranda, la mujer que lo hizo abandonar el bosque y por la cual había llegado hasta aquí, al rincón más frío y despiadado del mundo humano. 

Detrás de él se podía escuchar aun encendido el televisor. La caja boba emitía por segunda vez la telenovela clásica de la emisora "Amores en Peligro"


Y ahora continuamos con "Amores en Peligro" (Música renacentista y estridente)
- ¿Mi señor a donde vais en mitad de la noche?- Dijo la peor actriz en todo el país.
- Ay mi Señora, ¡si supieras lo que mis labios han callado todo este tiempo!- Dijo el Galán.
- Decidlo entonces mi señor, decidlo porque imagino lo que usted guarda en su corazón noble...más temo que mi respuesta no sea la que vuestros oídos aguardan.

Tan pronto como Rise entró nuevamente en su apartamento y dejó sus cosas entendió por fin que su nueva vida en la ciudad no sería tan fácil como antes. Si bien nunca le había parecido algo maravilloso vivir allí, antes era un sujeto que no tenía nada ni a nadie en el mundo. Ahora su mente y sus impresiones sobre la misma habían cambiado. En el bosque supo lo que era, más o menos, tener amigos y compañeros de trabajo que al menos lo saludaban por las mañanas. Y de las más especiales, sin duda Miranda era la que se llevaba todos sus pensamientos. Porque Miranda era como él, de la ciudad, de los rechazados por sus pares, de los que sufrieron el abandono y las tormentas sin cobijo. Y no había mujer en todo el universo para él que reuniera esas cualidades.

Si bien pareciera que Rise era un adolescente enamorado, las características mencionadas eran en verdad difíciles de encontrar en otra mujer. Música 


Todos los Dracidas que alguna vez se mudan a la ciudad por decisión propia lo hacen en pareja. Pues saben que el problema no es solamente la soledad estandard que puede sufrir algún desamorado, sino más bien el aislamiento que conlleva ser un ser que tiene un pie en el mundo de los hombres y otro en el universo de inveteradas leyendas.

El Rettem que llevan en su sangre los empuja a buscar cobijo en otros de su especie para que juntos lleven a cabo la sagrada misión, o al menos eso era así antes. En los tiempos modernos, muchos de ellos (como Rise) se ven tan desamparados ante un mundo que no les dará lugar nunca más que tienen dos opciones: O trabajan para el gobierno en las organizaciones de Inteligencia y Seguridad o se van al bosque. La mayoría de ellos optan por el punto medio: La ciudad. Y allí se ilusionan con vivir junto a bellos niños y una hermosa esposa para tomar mate todas las tardes del otro lado de una cerca blanca.

Sin embargo tener relaciones con una humana es un problema en todo sentido. Algunas mujeres pueden llegar a perder la capacidad de quedar embarazadas producto del Rettem,  o bien terminar muertas en una balacera completamente ajena a ellas. Como también abandonar a sus esposos cansadas de vivir en un estado de huida y subterfugio permanente. Claro que todo esto siempre y cuando un Dracida pueda convencer a una humana de que sus poderes son reales y que en verdad es un ser mitológico. En fin, sí, mucho de ser un Jethi en los tiempos corrientes es una mierda. Es una vida de apartamentos silenciosos, sin día del padre ni salidas al parque ni picnics de primavera.

El Cruel Fuego del Dragón necesita lugar donde anidar...y muchos forman lindas parejas que se casan debajo de los arboles de Hosmusilias. En el caso de Rise eso no era posible, Miranda ni siquiera se podía imaginar que su compañero de toda la vida estaba perdidamente enamorado de ella. No era la clase de mujer que le da importancia a esas cuestiones "tan humanas y estúpidas" como ella las llamaba.

Pero lo que hacia que Rise siguiera prendido a ella eran su especial mirada cuando tomaban un descanso de los entrenamientos y vestían sus viejas ropas de la ciudad, o iban al pueblo cercano a ver el partido de Football entre el New Tower y el Chalsea. Pues ambos eran amantes del deporte nacional que conocieron en su infancia durante sus días en la sociedad de los hombres.

Por más de diez años Rise pudo creer que todo estaría bien en el bosque siempre y cuando la tuviera a su lado, recordandole que más allá de un Dracida, más alla de la misión, de los Dioses o de los Vlaind, él había sido un chico feliz que tomaba chocolatada en vez de comer una sopa de hierbas espantosa. Un muchacho que miraba pornografía a escondidas de su madre y que le gustaba meter goles en el colegio publico. Todo eso debido a que Miranda había tenido una crianza similar en Vincent Town, a unos dos kilometros del bosque de Mitril, es decir Hosmusilias.

Y si preguntan porque la dejo la respuesta es simple. Diez años al lado de una mina que no te da pelota,, no es nada sano. Ni aquí ni en el paraíso de los Dioses.

Cansado e incapaz de mantenerse dormido, sin trabajo ni nada realmente importante que hacer, Rise volvió a las mismas andadas. Se levantó del camastro hecho un desastre y vistió el largo piloto, sin ponerse abrigo alguno aunque afuera el hielo lloviera a cantaros. La escopeta esperaba ser tomada por el Dracida, pero Rise creyó que era mucho llevarla en su primer paseo nocturno desde su llegada. Solamente tomó del armario de puerta rota una pistola Beretta cromada que se había afanado en un enfrentamiento muchos años atrás.

(El televisor continuaba escupiendo sonidos, aunque Rise no les prestara atención)
- ¡Entonces prefiero callar hasta que el negro enemigo del norte me quite la vida! Ire a al norte y luchare contra los Salefianos junto a mis buenos compañeros, sera en el campo donde encuentre la negra muerte que me aguarda por desear lo que no me corresponde!- Sonido de armaduras y espadas preparándose para la lucha.
- ¿De que habláis? ¿Vienes y te vas como la golondrina del este?- Dijo llorando la peor actriz de Himburgo.
- Así es mi corazón mi señora, que cuando no busca lo que encuentra parte a oscuros horizontes tratando de aplacar el fuego del amor en la gélida ventisca de acero que es la batalla- Contesto el Galán. - A mi regreso esperadme y si volviera con las banderas de la victoria, consideradme digno de  usted. ¡Hasta siempre mi señora!
- ¡Mi Señor!
La mujer en off mientras observa a Ricardo y a Galvan cabalgar en dirección al norte "No tuve el valor entonces para aceptar que mi corazón ya era suyo mucho antes. ¡Ricardo! ¿Que manos tan gentiles han acariciado alguna vez a esta mujer? ¿Por que te dejo partir así? ¡Ay de mi desgracia!- 
Música de cierre del capitulo, tan pomposa y estridente como la anterior. 


Con los ojos aun hinchados producto del sueño, Rise se lavó la cara y miró el reloj de 15 balbans que tenía sobre la mesa de luz. Las 2 Am. Suspiró, bufo un poco y se marchó de su casa para perderse entre las sombras del barrio.
Música

Fuera del edificio el halo rojo del Hotel "Chikis" le tomó la figura y las rameras de la esquina, escandalosamente llamativas junto a un travestí le dedicaron los halagos correspondientes. Rise levantó el cuello de su piloto y salió sin dirección alguna a donde fuera que lo llevaran sus piernas entumecidas por el frío. El vapor de las alcantarillas salía de las tapas como súbitos géisers de la era moderna, en la esquina unos tipos se calentaban en torno a un tacho de basura. Como Rise podía apreciar nada había cambiado mucho en el barrio en los últimos años.

En las aceras estaban las mismas caras de siempre, desde los alcahuetes de la policía, pasando por los tranzas hasta los cafiolos. A ojos de Rise todos iguales, gente aplastada por la vida y por la sociedad en la que vivían. Gente que a los ricos los asusta y al mismo tiempo les entretiene en la TV cuando hacen algún descalabro a la salida de boliches o asaltando barrios ricos. El material literario de muchos escritores famosos que en su vida habrán pisado un lugar como el bajo. Es decir que en pocas palabras para Rise el Bajo Blondres era un compendio de sueños rotos, malas decisiones y una gran cantidad de frustraciones esparcidas sobre personas como bombas de racimo. Y aunque no le gustara demasiado reconocerlo, personas como él. Pronto su idea inicial de paseo nocturno se transformó de inmediato en la búsqueda de un bar donde pasar la noche.

Los carteles con mujeres desnudas empapelaban los tubos de alumbrado eléctrico. Sus ojos habían sido vaciados para ser reemplazados por una muy pedestre cinta negra de censura a la altura de su rostro. La pose insinuante y burda no incluía una sonrisa, ni si quiera una mirada agradable. Era carne vieja para los nuevos mataderos del Bajo. Ahora llevaban carteles de neón sobre sus puertas, saliendo hacía la calle reflejando su luz onírica en los copos de nieve al grito de "Chicas", "Solo adultos" o "Gatitas y gatotes" Los viejos Mataderos, los de inicios del siglo pasado estaban del otro lado del Río y en poco tiempo serían un gran centro comercial. Nada que le deparara a los añejos monoblocks del viejo Blondres ni a las personas que allí vivían.


La Sombra detrás del Jethi, que no era otra que la propia, le acompañaba en su solitario paseo proyectándose contra las paredes de ladrillo a la vista de los monoblocs que componían su barrio. Sobre las calles las farolas de lamparas de bajo consumo le daban a todo un tono muy aséptico, distante. Sus labios silbaban "I Beilive in Miracles" de The Ragones" su grupo favorito de toda la vida, con esa tonada en su cabeza se perdió en busca de algún callejón oscuro donde fumar un cigarrillo y luego tal vez tomar un trago barato en algún café pendenciero de los alrededores. Los transeúntes le dirigieron miradas nerviosas pero le olvidaron al instante, era otra sombra de Troncor Street y nada más, un sobreviviente de aquel tugurio rebuscándose la vida, rascando el fondo de la olla ya rascada unas 100 veces por otros. Algo que hacia a Rise tan humano como sus vecinos del Chikis.  


***

Desde la terraza de su apartamento sobre la rica y bella Pallance Avenue, Crisald observaba llegar al amanecer por el oriente. Sosteniendo con una mano la baranda que lo separaba del vació, y con la derecha un cigarrillo importado de Baresto (país famoso por su tabaco y su dictadura comunista-caribeña) Crisald disfrutaba del delicioso momento posterior al sexo. Detrás Liena dormía con la tranquilidad de los ángeles sobre la reposera que utilizaban para tomar sol durante el verano. Sus ojos grandes ocultos tras los bellos parpados bien maquillados y sus cabellos rizados parecían parte del paisaje vespertino. 

Hacia un frío verdaderamente endemoniado y a pesar de que sobre la madrugada las nubes habían dejado paso a las estrellas (razón por la cual decidieron hacer el amor en la terraza del piso 20 de su edificio) ahora nuevamente las largas caravanas de vapor venían a reclamar su reinado de temporada. El día era apenas una franja morada en el este, perdiéndose entre las oscuras sombras de los edificios más bellos y adinerados del mundo. 

Al mirar a su joven esposa Crisald no podía evitar sentirse muy seguro ante la decisión tomada unos días atrás. Por lo general los Vlaind de Rolando se encuentran siempre en situaciones muy complicadas con respecto a los valores que aprenden. Por un lado, su pertenencia a la prole de Namidian los empuja a ir siempre con sus compañeros y ser parte del esfuerzo común. Por otro lado, los conceptos más seminales de su orden se basaban en este código: "Primero esta el nombre y la familia,  luego esta la Orden, luego la Nación y por ultimo el rey"

Si nos remontáramos a la historia antigua veríamos que la Orden de Rolando, la caballería de Elite en los ejércitos que comandaba Balabord contra los Dracidas en el pasado fue una de las más problemáticas, cerradas, racistas y fogosas. Y si continuaban siendo parte del gran conglomerado de Ordenes de los Vlaind se debía principalmente a que, casi siempre, terminaban por acompañar las decisiones de la cúpula. Aunque en los años posteriores a la guerra habían llegado a un acuerdo. Algo bastante simple a decir verdad: "En las cuestiones oficiales estamos con la Cúpula. En el resto de nuestros asuntos tendremos plena libertad".

"Cuestiones Oficiales" significaba que los Vlaind de Rolando renovaban el compromiso hecho con Balabord cientos de años atrás y serían solidarios con el resto de las ordenes, trabajarían junto a ellos etc."El resto de nuestros asuntos" venía a cuento de sus territorios, la persecución de enemigos jurados, la libertad de hacer tratos con otras personas de forma heterodoxa o no. Muchos Vlainds de otras Ordenes envidian este tipo de cosas, pues en ellos el rigor de la Nobleza pesa mucho más. Y si tenemos en cuenta que los Vlaind de Rolando son, en su mayoría, descendientes de grandes héroes de los días de oro...bueno, son los muchachos más mimados y malcriados del mundo Vlaind. 

Crisald era, sin embargo, un tipo bastante particular dentro de ese grupo de recios homicidas. No solía meterse mucho en las cuestiones relacionadas en la orden más allá de lo necesario, pero la idea de ser el único descendiente de los Larentguer con vida le venía acosando desde la muerte de sus padres. La idea del vació, del vació frío sin fin donde sus seres más queridos habían caído producto de una vieja conjura le ponía sobre sus espaldas una mochila que no había escogido, pero que al mismo tiempo no se dignaba a abandonar. 
***

7 Años atrás

Música
- ¿El Mostross maestro?- Pregunto a oídos de su maestro aquella tarde. 

Un párroco local hacia sus ultimas oraciones con respecto a la vida de los difuntos. Los Larentguer eran conocidos en los suburbios del norte por ser una familia dada a la caridad y llevadora del progreso técnico y científico que se destacó en esas épocas. 

Frente al mausoleo donde serían encerrados los restos, Crisald, su maestro Klaus, el jefe de la Orden y algunos otros miembros importantes de la comunidad estaban con sus rostros largos y silenciosos aguardando el momento en el cual se cierra la puerta del palacio mortuorio para irse a sus casas. Era verano y llovía apenas, dejando en todos los materiales un aspecto lustrosos y recién lavado. La imagen de Ungil, la guardiana de la guerra para los Vlaind, se levantaba con su lanza dorada erguida sobre el mármol gris y negro de la bóveda. 

Entre las pausas esforzadas que hacía el cura, el maestro de Crisald Larentguer intentaba explicarle al desdichado heredero que iba a suceder con las almas de sus progenitores una vez abandonada la vida mortal. 
- Sí Crisald, el lugar donde las almas rondan perdidas por el resto de la eternidad. Caminan con congoja por larguísimos puentes de nieve y de cristal cortante buscando la salida de ese negro lugar. Muchos de ellos en un traspié producto de sus lamentos caen al foso que yace debajo de los puentes y se suman al coro de condenados en los que se regodea el señor del submundo, Amarak. 

A veces sus voces cruzan las barreras que los separan de nosotros y llegan a nuestros oídos en las noches de invierno, pidiendo que paguemos el precio que halla que pagar para evitarles ese largo sufrimiento. Es una lastima, pero así lo ha querido Namidian en su sabiduría. Si es justo o no ya esta más allá de mis conocimientos. Me gustaría decirte que moraran al lado del Altisimo dichosos de su compañía, pero eso no sera posible. Es una ley muy controversial aunque interesante mi querido.
- ¿A que se refiere?
- Bien, si un vlaind mata a otro a traición el alma de la victima ira al submundo, ¿verdad?
- Sí.
- ¿Y que crees que sucederá una vez se descubra que el fallecido a caído producto de tal innoble acto? Lo cazaran, tal y como somos los Vlaind de Rolando no hay otra posibilidad. Lo buscaran hasta los mismos salones del Infierno y lo mataran. Entonces, a fin de cuentas, el mismo traidor esta dictando su sentencia en el mismo momento en que planea asesinar a un hermano. Quien sea que ha preparado esto es un estúpido sin cerebro. 

***
El estúpido sin cerebro había logrado zafar de la investigación que llevaron a cabo los Vlaind con respecto al asalto y bombardeo de la casa. Producto de la tristeza, Crisald fue a vivir con sus tíos a Hellens, un país al sur de Himburgo y allí termino sus estudios tanto espirituales como humanos, se recibió de contador en tiempo récord. 

Cuando regresó a tomar lo que le pertenecía supo que nadie aun había encontrado una sola respuesta al misterio. Y era consciente de que la inteligencia Vlaind se había esforzado y hasta había pedido colaboración a los Dracidas en el asunto, pues se encontraron restos de Rettem en los despojos del tiroteo posterior a la bomba que destrozo el living. 

Tuvo una reunión con el mismísimo Gran Baron de Blondres (Los Vlaind se dividen los territorios en Barones  que responden al Gran Baron del país de donde sea que viven y que a su vez da cuentas al consejo compuesto por los jefes de las Ordenes que  deben, o deberían, rendir cuentas al difunto Balabord)
Junker Ferdinand le dijo que habían hecho todo lo posible por hallar a los responsables.

Crisald le creyó...o le creyó a medias. Estaba seguro que la movida había sido hecha por alguien importante dentro de la propia Orden de Rolando y que por eso mismo la cúpula no quería meterse. "Libertad en nuestros asuntos" significaba exactamente eso. 

El Vlaind continuó su vida, a pesar de todo, con relativa normalidad y se dedico a trabajar para el Gran Baron como contador en una oficina bastante poco visitada. Y sin embargo, mientras trabajaba en sus papeles aburridos llenos de números, de cartas y recibos, no podía evitar mirar hacia la ventana pensando en que como heredero de los Larenthguer debía hacer algo al respecto. La idea de salir a los tiros contra los asesinos de sus padres no le gustaba ni un poco, pero si fuera capaz de llevarlos hasta el salón de oro, entonces podría darse por satisfecho.

Ahora sabia que existía una forma de hacerlo, un ritual que le permitía matar dos pájaros de un tiro y que en apariencia no era nada difícil de llevar a cabo. 

Viendo que la hora de ponerse en marcha se acercaba, Crisald volvió a observar la maravillosa figura de Liena, quien dormía como un bebe, o como una princesa salida de un súbito paraíso con las luces del amanecer besandole los talones desnudos. La arropó dulcemente con la frazada y la besó en la mejilla. Era una lastima tener que dejarla sola hasta las más altas horas de la noche, si es que regresaba, claro esta.
- Hasta luego Sinierina- (Eso, en Vlaind significa "Sirena", nada muy original, ni muy jugado para nosotros, aunque tiene un especial significado en la historia de este pueblo) 

Recordando que le había prometido que tomarían un baño caliente al despertar, tuvo que hacer un ligero cambio de planes.

Caminó hasta el baño, puso el tapón en un movimiento rápido y dejó correr el agua. Luego, deseando que Liena no se apresurara a ir escaleras abajo, se quito la ropa de sábado que llevaba puesta mientas avanzaba hasta su cuarto de dormir. La parte menos difícil del ritual acababa de comenzar. Sus prendas quedaron regadas por el pasillo camino al dormitorio y sus ojos tomaron un fulgor tan distinto como tenebroso.

Música

Abrió de par en par el armario, sacó las cajas de zapatos caros y con una profunda sensación de decisión y seguridad tomó del fondo la Dersert Eagle dorada que estaba escondida allí. La misma que tenía el escudo de los Larentguer en su culata. Un Leon que se devoraba una serpiente con sus fauces hambrientas. El sonido del arma cargándose con sus balas de plata, deseosas de la carne enemiga como pequeños y argentos demonios hizo vibrar el ambiente, lo llenó de ansiedad y de adrenalina. 

Se posó frente al espejo y ajustó la gabardina oscura. Quitó del bolsillo derecho los guantes negros de cuero fino y se los puso en las manos con la destreza de un cirujano antes de una importante operación. Volvió a revisar el arma que no era disparada desde su entrenamiento y se dejó seducir por el reflejo de su propia mirada homicida proyectada en el cañón grueso y de oro pulido. No era la misma mirada tierna y amable que llevaba el otro día en el tren, ni la que despertaba con el jugo y las tostadas a Liena. Eran los ojos de un caballero de Rolando, de un Vlaind hecho y derecho. 

Arrancó de su anotador en la mesa de luz la dirección que había obtenido gracias a un amigo de la inteligencia en la Fundacion Ferdinand. Troncor Street y Tony Clair Avenue, apartamento 9. Dobló el papelito y lo depositó en el bolsillo interior de su gabardina a la altura del pecho. Tomó de otro cajón la cadena con la imagen del Adria de la Guerra y la besó. En esa caricia de bronce se fueron todos sus deseos y ruegos a la implacable Ungil.

Finalmente sacó de abajo de la cama a Epsurren y la ato al costado de su cinto con las correas especiales que tienen esos trajes que usan los Vlaind cuando van a algún combate o a una situación que puede derivar en algo parecido. No la desenvaino, lo haría en el momento justo y nada más. Esa espada no podía ser manchada con sangre inocente o clavarse innecesariamente en el vientre de otros. Agarró los lentes negros redondeados y se soltó el cabello rubio. Como ultimo acto destrabo el cerrojo sin hacer ruido y dejó una nota de esas que se pegan en la bañera "Lamento no poder compartir el baño matutino, pero prometo que esta noche habrá algo mucho mejor"

Cerro la puerta de su casa y partió, mientras el día se iba oscureciendo producto de las próximas nevadas, hacia su primera parada en esta salvaje cacería que estaba a punto de comenzar, por el nombre, por la familia, la nación y el rey. Su alta figura se mezclo con la de los despreocupados transeúntes que disfrutaban del primer sábado del mes, sin saber que entre ellos caminaba un príncipe que marchaba a la guerra, sin pompas ni bendiciones, acompañado solamente por su voluntad y sentido del honor.

Mientras Rise se perdía en el tugurio que encontró esa madrugada, el heredero de los Larentguer se dirigía a toda velocidad hacia su primera victima. Detrás de ellos, las mujeres, los recuerdos y los sueños quedaban atrás...después de todo la vida había demostrado tanto a Rise como a Crisald que no quedaban muchas razones por las cuales soñar, era mejor el insomnio.






domingo, 10 de junio de 2012

El Ritual de los Condenados I

Breve Reseña del Libro


En una tierra llamada Balbania hubo una vez dos grandes razas que lucharon la última guerra santa de los Dioses. Los Dracidas y los Vlaind. Los primeros pertenecían a una casta guerrera que tenía la misión de defender a los hombres de las criaturas de la noche y el mal. Los otros, hermosos seres creados por el Dios Namidian para conquistar dicha tierra.  Estas dos especies se han enfrentado desde entonces y son las únicas que  aun existen en la Modernidad,  tratando de vivir en el mundo de los hombres desde el anonimato, manteniendo  en lo posible sus costumbres y poderes. 

La historia comienza con Crisald Larentguer un atractivo y alegre Vlaind cuya vida ha sido truncada desde que sus padres fueran brutalmente asesinados siete años atrás.  Cansado de los fantasmas que lo acosan desde entonces decide iniciar un antiguo Ritual de su especie para sacar las almas de sus padres del inframundo a cambio de  enviar al infierno  las de los responsables. 

Al inicio de su cacería se topa con Rise, un Dracida solitario y errante que lo enfrenta para salvar a una joven adolescente  llamada Daniela de extraños ojos amatista que casi muere en el fuego cruzado. Crisald escapa y  sigue su camino desde los barrios bajos hasta la crema de su propia Raza. Mientras Rise al percatarse de que Daniela no es simplemente una humana intenta develar el misterio que ronda tanto a la chica como al ritual mismo del Vlaind. Sin que ninguno de los tres lo sepa, sus historias tienen mucho más en común de lo que podrían imaginar. Daniela sera  la clave a estas preguntas, pero ni siquiera ella lo imagina. 

"El Ritual de los Condenados" contiene muchos elementos de fantasía  heroica y  el Policial Negro.  Es una obra cruda en lo sentimental que trata sobre la melancolía, la soledad y el engaño.  Pero también acerca del amor, el valor, la amistad y la esperanza. En una sociedad humana llena de violencia , cinismo e hipocresía  Rise, Crisald y Daniela deberán enfrentar la batalla más dura de sus vidas , donde las balas abundan, las espadas cantan y la oscuridad acecha. Tanto en lo físico  como en lo personal


Prólogo
¿De quienes habla esta historia?




La historia que leerán a partir de hoy trata principalmente sobre dos razas. Los Dracidas, también conocidos como Jethis (Se pronuncia Sheti, como el de las nieves, sí) 

En años muy, muy, remotos en Balbania hubo una pugna tremenda por el poder entre los Dioses, principalmente entre tres: Heills, Namidian y Killme. Esto esta bastante bien explicado en "Los Hijos de Mara" al menos hasta la mitad, por lo que les invitó a que lo descarguen para más información.

Estos tres poderes lucharon en su momento por controlar el mundo que dejaron sus Dioses antecesores y esa batalla tuvo muchas caras, primero se entorpecieron sus planes en las tierras donde habitan los celestes pero llegó un momento en que el ultimo combate debió ser dado en la tierra de los hombres. Para ello Heills y Namidian se centraron en controlar de una forma u otra las vidas y almas de los humanos. 

Namidian envió a su tercer hijo varón llamado Balabord a generar una especie con las propiedades y dones de  los cielos. Estos fueron los Vlaind, que llevan en sus cuerpos la belleza de los hijos de los Dioses, tienen el don de de modificar los objetos casi a su total antojo y son valientes, bravos como también educados y sabios. Los Vlaind fueron la ultima extirpe con sangre divina que llegó a la tierra y habitaron por muchos años en un reino conocido como Allion en el oeste del país de Himburgo.

Heills no tuvo la suerte ni el tiempo como para hacer esto, pues  fue asesinado por su sobrino producto de la lucha que llevaban a cabo los tres Dioses. Sin embargo le encomendó a su hijo Shannon que, para salvar a los hombres de las garras de Namidian, tomara el fuego de la vida, conocido como Rettem para los Dioses. Un fuego que Heills había robado y atesorado por muchos años hasta que, poco antes de morir, decidió legar a ciertos escogidos para que se enfrentaran a los Vlaind.

Shannon, bajo las ordenes de su padre, tomo la vasija donde este fuego estaba contenido y lo transformo en una providencial lluvia que cayo sobre la tierra durante siete días y siete noches. Luego el Rettem se transformó en una sustancia común en la tierra que ciertos hombres acumulan en su cuerpo a lo largo de los años hasta que su potencial llega a despertar. Esos hombres son los Dracidas, los hijos del Dragón del cual el fuego provino en un primer momento. 

Los Jethis, valiéndose de este elemento que albergan en su ser obtuvieron ciertas habilidades que pusieron al servicio del bien una vez se le rebelo a su líder la misión de su difunto señor. Los Dracidas no viven para siempre como los Vlaind, pero si obtienen una juventud tan extensa que hoy en día nadie sabe decir cuanto tiempo tarde en envejecer un Jethi. Se cree según los estudios de sus eruditos que en verdad un Dracida comienza a envejecer una vez ha perdido toda voluntad de vivir en este mundo. Allí los alcanza el tiempo y el largo sueño de la muerte. 

Los Dracidas tienen una especial relación con los elementos naturales, una gran percepción para encontrar criaturas malignas o espectros y están en general muy conectados a las cuestiones sobrenaturales que rodean la vida. 

Motivados por una serie de errores, imposiciones divinas y pasiones difíciles de congeniar los Jethis y los Vlaind entraron en guerra unos cuantos cientos años antes de la modernidad. Tras muchas sangrientas victorias y derrotas de ambos lados la cuestión se terminó por dirimir en los campos de Strickland, donde Balabord cayo muerto por la espada de un Dracida.

Los Vlaind se retiraron del campo de batalla muy acongojados, luego entraron en luchas por el poder entre los diferentes lideres y terminaron por separarse en distintas familias que se contentaron con vivir en el mundo humano recostados en las fortunas que obtienen al ser capaces de modificar los objetos (Solo imaginenen poder transformar una piedra en oro puro) Hoy en dia están bastante unidos en un conglomerado empresarial que domina la economía mundial. Por lo que la cosa religiosa ya no pega mucho en ellos. 

Los Dracidas no tuvieron un futuro tan venturoso, con la raza de los hombres comunes retomando el control de sus asuntos se encontraron perdidos en un mundo que ya no necesitaba de sus servicios. A diferencia de los Vlaind se dividieron en cientos de bandos y tipos distintos que terminaron por diseminarlos a lo largo del globo. Solo permanece incorrupto el Santuario del bosque de Hosmusilias, donde los Dracidas mantienen el estilo de vida que llevaron a cabo en el pasado y donde pueden pasar muchos años intentando creer que en verdad nada ha cambiado tanto. 

A lo largo del texto verán que la forma de organizarse que tienen ambos grupos consta en una serie de Ordenes de caballería fundadas en sus tiempos de esplendor. Cada una de estas consta de algo que los destaca. Por ejemplo: El Jethi principal de esta novela es de la Orden de Bilingord, lo que significa que es bastante bueno a la hora de infiltrarse. Tiene el don de conocer todas las lenguas humanas sin siquiera haber pasado por un curso, es muy ágil y silencioso en sus movimientos. Es capaz de manejar cualquier arma como un aprendiz avanzado aunque no hubiera tocado nunca una pistola y usa la cabeza antes que las armas. 

El Vlaind que se introduce aquí como Crisald pertenece a la orden de Rolando. Es decir que es algo así como la élite de caballería de los Vlaind. Casi todas sus habilidades de ataque sobrenaturales están puestas al servicio del combate cuerpo a cuerpo y la piedad no es algo muy natural con sus enemigos. 

A menudo que se narre la historia hablaremos de todas estas cosas en profundidad, el objeto de este prologo era simplemente aclarar algunas cuestiones para que quede claro que es cada cosa. 
Vlaind: Divinos, lindos, ricos y educados. (Rubios en su mayoría)
Dracidas: Guerreros, pobres, mas cercanos a los hombres en costumbres y gustos.
Ambos: Razas de un tiempo antiguo con ciertos poderes que le harían temblar el culo a cuaquiera :) 

Nota de Autor: Presten atención a los Links que dicen "Música" son enlaces a las canciones  que acompañan la novela y ademas, son buenos temas. Saludos.


Capitulo I

Parte I

Dos hombres que regresan

La taza de Café frente a Rise estaba humeante aun. Sus ojos verdes la miraban hipnotizados por algún tipo de hechizo nocturno. Afuera, a través del ventanal que surcaba toda la fachada de ese local, el bosque de Hosmusilias se levantaba en toda su enormidad, con sus troncos gordos provistos de plateadas lagrimas de luna. Las agujas de sus ramas agachadas hacia la ruta parecían querer alcanzar el asfalto mojado por la lluvia amena. 

Rise Thomas Kenneth se enfrentaba a una decisión difícil aquella madrugada de agosto. Su cabello corto, rubio oscuro revuelto en todas dirección posibles le hacia pensar a la señora Smith que esta vez, su cliente más callado, se había encontrado con algún drogadicto que le dio una buena por querer zarparle una dosis. Claro que Rise era un drogadicto para la señora Smith. Solo ellos y los que tienen el corazón roto pasan por ese café perdido en medio de la ruta a beber uno negro y a fijar sus pesados ojos hacia la mesa de formica barata donde estaba sentado. 

En verdad estaba equivocada, Rise tenía el corazón roto, pero no la valentía para ir a mamarse a la barra como otros clientes y contarle a la anciana señora Smith sobre esa chica tan especial o sobre aquella mujer por la cual él había dado todo solo para ser traicionado por la espalda a ultimo momento. Rise Thomas Kenneth en verdad estaba observando la mesa porque su cabeza estaba en otro lado, cruzando el asfalto por donde pasaban autos dejando tras de si apenas el fantasma de su tronido metálico. 

La mente de ese hombre volaba por los días de primavera que vivió durante más de diez años en el bosque de Hosmusilias, el santuario de su pueblo...el único hogar que había sabido llamar así tras adaptarse a una vida campestre y casi medieval. El bosque donde fue entrenado como Dracida. Aunque, sobre todas las cosas, el lugar donde conoció a Miranda Holowitz.

Ahora era tiempo de regresar a la ciudad, volver a la sociedad Himburguesa con toda su pompa de Primer mundo y potencia militar. Regresar a pensar en si el Estado iba a darle un plan para que trabajara o si la policía lo iba a moler a palos en algun callejón por grafitear "¡La única Iglesia que Ilumina es la que arde!". Volver a pensar en si esa piba del kiosko se le insinuaba o no....volver en definitiva a ser un gris y triste hombre de Blondres, la capital de Himburgo. Ese país que lo molió a palos cuando tomaron la fabrica del pueblo. La misma nación que se encargó de destruir en pocos años las conquistas que habían tomado cincuenta. El país que lo echó a patadas de su casa una noche de vidrios empañados como esta.

El muchacho de unos 30 años dejó sobre la mesa diez Balbans con la cara de una reina de algún país pequeño (que con la crisis actual de Balbania ya no lucía tan rica ni agraciada) y se dirigió hasta las instalaciones sanitarias ante la atenta mirada de la señora Smith, quien retrocedió instintivamente dos pasos cuando Rise se levantó. El dueño del establecimiento le indicó con la cabeza que fuera a retirar el dinero que este sujeto había dejado. Ella con temor, bajo las luces de tubo con su luminancia blanca, hospitalaria y descorazonada, se acercó nerviosa.

Ella tornó sus ojos morenos hacia la taza a medio tomar y el cambio de Rise. Al entrar en contacto con el papel moneda se percató de que algo viscoso y caliente los unía por las puntas. Un negro presentimiento se le cruzó por su cabeza demasiado tarde: Había sangre, roja-oscura sangre en el asiento y en el dinero. El rastro de ese fluido se perdía hacia los baños, de donde Rise emergió como una sombra, con sus cabellos y rostro mojados de manera dispareja. 

Smith quiso decirle algo, pensó en ofrecerle ayuda, por más que fuera un drogadicto o un criminal de esos que llegaron con las inmigraciones del este (según decía el diario "El Imparcial Himburgues" que llegaba todos los días al local) pero algo en los ojos de ese muchacho le indico que fuera lo que fuera le dolía mucho más el corazón que el tajo en su brazo derecho pobremente envuelto en gazas viejas que ahora era visible.

Rise abrió las puertas de vidrio del café "El vigía". A pocos pasos de esto descubrió que de alguna manera la noche estaba más fría que antes, o tal vez más gélida que nunca. Encendió un cigarrillo a la forma que lo hacen quienes no han fumado en años. Las manos le temblaron un segundo, el Lucky Blend tomaba tonalidades oníricas producto de las luces de neón de la entrada. En rededor el viento aullaba con persistencia.

Lo encendió y fue caminando carretera abajo, es decir al sur, donde pensaba tomar el próximo tren a Blondres. Allí lo esperaba nadie y lo aguardaba nada, solo su viejo departamento en Troncor Street y Tony Clair Boulevard. Lo esperaban largas noches de insomnio, programas de televisión de dudosa calidad, vicios, y quizá hasta la muerte. Pero en aquel viejo edificio en el barrio más pobre de la urbe también se encontraban dos objetos que no había tenido en cuenta hasta entonces, su espada y su escopeta...era una lastima que no pudieran venir a recibirlo a la estación.

***



Crisald Larentguer también regresaba a su casa aquella fría noche que se antecedía al invierno con un gélido clima en el sur del país que comenzaría a hacer estragos durante las próximas horas. El hombre alto, de cabellos tan rubios como el trigo y lentes oscuros redondeados cruzaba la reja abierta y herrumbrada que alguna vez fuera el limite de su hogar, la casona de los Larentguer. Una gran mansión abandonada al norte de los suburbios de Blondres que ya nadie se dignaba a intrusar, pues entre sus muros corrían rumores de fantasmas, de aparecidos y otras cosas muertas que moran en las sombras.

Crisald solía reír cada vez que escuchaba a algún amigo cercano comentarle las excusas que anteponían las  agencias inmoviliarias del porque el inmueble no se había vendido. La enorme casona de tejas negras y arquitectura clásica, con veintitrés columnas de altos capiteles y redondeada figura fue la más hermosa de las moradas modernas que alguna vez habito una familia perteneciente a la prole de Namidian.

El ultimo descendiente de los Larentguer tenía, obviamente, un enorme departamento en el centro de Blondres sobre la Pallance Avenue con vista al río Margun y a sus siete puentes. Crisald, como cualquier príncipe de aquella vieja casa contaba con una hermosa mujer de su misma raza, de ojos azules y largos cabellos rizados de aquel rubio tan especial que solo los seguidores de Balabord cargan sobre sus cabezas con orgullo. También era dueño de lo usual para las personas de su condición, un auto ultimo modelo, un trabajo dentro de la fundación Ferdinand...en fin una vida con problemas tan pequeños que cualquier sujeto como Rise envidiaría. Y sin embargo el hueco que produjo la explosión de su casa familiar algunos años atrás no conseguía llenarse.

Crisald, que vestía siempre la gabardina negra de su padre y la camisa blanca que Liena solía plancharle a pesar de tener sirvientas que lo hicieran por ella, pensaba que de alguna manera estaba obligado a retornar a donde los huesos de sus padres habían sido pulverizados. Los zapatos caros del muchacho ascendían las escaleras para ingresar en lo que fuera otrora el lujoso vestíbulo de recepción de invitados, los murcielagos allí se espantaron por su presencia, abandonando el lugar con súbitos aleteos de ecos cavernosos.

El sujeto se quitó los lentes negros y se topó con la vieja silla que descansaba frente a un televisor de marca "Tashita". Naturalmente  Crisald pensó que algún vagabundo lo había dejado encendido. Allí una antigua caricatura de trasnoche era transmitida, un corto animado conocido como "El Baile de los esqueletos".

Música y Vídeo (La caricatura que transmite el televisor)

Al ver aquellas figuras tan inocentemente plasmadas en lenguaje audiovisual Crisald no pudo hacer otra cosa que sonreír. Demoró sus ojos en aquel receptor de tv y continuó en dirección a la que otrora fuera la recamara de sus padres.

A medida que ascendía las escaleras llenas de polvo y restos de basura que entraron por los numerosos huecos dejados por la bomba, Crisald observaba por el rabillo de sus ojos los retratos de sus antepasados, que podían ser rastreados hasta la "los días  de oro". Un tiempo que Crisald solo conocía por las leyendas y las vivencias de algunos familiares que tras más de mil años seguían en pie, llorando a sus compañeros y perdidos en la nostalgia de un mundo hace rato extinto.

El sonido del televisor a lo lejano se convirtió en un murmullo molesto al que Crisald no prestaba atención. En los muros  las caras largas y recias de sus tatara abuelos le escrutaban con la dureza de los benditos por el Altisimo Namidian. Crisald abrió las puertas del cuarto al que se dirigía y entró en la oscuridad de aquella tumba simbólica.

Las manchas de sangre, como pintura escupida contra las cuatro paredes de aquella habitación continuaban inmutables. El príncipe recordó aquel viejo cuento en el cual la marca de aquel liquido reaparecía después de haber sido limpiado muchas veces.

Los ojos azules del Vlaind se tornaron prontamente húmedos y descargaron sus cristalinas lagrimas volviendo a mojar la alfombra bordo gastada y rota por la intemperie. En verdad había un fantasma en esa casa; pero no del tipo que se contenta con volver a verter la sangre propia sobre el suelo, sino que llaman a derramar la ajena.

Con la luz de la luna entrando directamente por las ventanas Crisald cerró sus ojos un instante. Respiró hondo y dejó que su cabeza se conectara con los espíritus de sus padres. Unas largas sombras que no encontraban reposo en el Ramkkara, sino que habían quedado atrapados en el Mostross, los salones del inframundo en los cuales les deparaba un largo sufrimiento sin fin.

Crisald llevaba muchos años tratando de encontrar la manera de sacar a sus padres de allí para que pudieran ascender al glorioso palacio de techo de oro, al Ultimo Sagrario donde habitaban los bienaventurados hijos de Namidian caídos en batalla. Pero a pesar de que en los últimos tiempos se había internado en las cuestiones más oscuras con respecto a los misterios de la vida y de la muerte sus resultados no daban frutos, y ya su maestro le había indicado que tal cosa era imposible.

Pero esta noche Crisald tenía la especial sensación de que hoy encontraría, entre los restos de su antigua casa, alguna pista. Una llave secreta para darle a sus seres queridos un buen porvenir al lado del trono de Hielo. Al cabo de estar a punto de perder la paciencia, convencido de que estaba perdiendo su tiempo, el televisor de la planta baja se calló de pronto. El pitido reconocible de la falta de señal rodeo la casa como el gemido de un monstruo dormido.

Aquello no molesto al chico, pero pudo sentir en la punta de sus finos y blancos dedos un cosquilleo reconocible. Una energía difícil de poner en palabras había llegado al lugar o de pronto se encontraba abriendo los ojos tratando de reconocer a su nuevo visitante. Crisald, creyendo que alguna de las criaturas de la noche se había adueñado de su hogar durante la ausencia de sus propietarios llevó una mano lentamente a la espada que tenía escondida siempre debajo de su gabardina. La fría y poderosa Epsurren, de alto linaje entre las familias de los Vlaind, estaba gélida como el mismo diablo.

Una poderosa luz dorada apareció de pronto desde la puerta rota y rajada por las marcas de los balazos acontecidos allí siete años antes. Tal cosa era el reflejo de una llama con rasgos de belleza y de misterio que variaba de intensidad como una lampara con problemas de tensión. El Vlaind tuvo el impulso de ir hacia atrás, pero no existía escapatoria de ese cuarto sino era por donde había llegado.

Crisald avanzó entonces con un nudo en la garganta generado por una mezcla entre temor y fascinación. Cuando hubo bajado las escaleras hasta el vestíbulo y la puerta de entrada la luz se contrajo hasta su punto de origen, que no era otra cosa que el televisor anteriormente mencionado.

Casi convencido de que se trataba de algún espectro, el muchacho desenvainó su espada y se preparó para dar un calculado golpe a la caja vieja del "Tashita" sin embargo el sonido hadesco y musical de un objeto que anteriormente no había reconocido detuvo su pesada mano. La canción suave y dulce como el canto de una sirena, o el de una madre hacia un niño, retumbo entre el abovedado cielorraso donde estaban pintadas figuras de mujeres desnudas bañándose en un lago de verdes aguas.

Una pequeña caja musical, de buena madera pintada en dorado con una estatuilla de Ungil (ver nota1) reproducía ese sonido tan infantil como triste en el contexto. Las palomas regresaron y se posaron sobre las vigas del tejado y la poderosa luna pareció aumentar en fulgurancia, dirigiendo su inmaculada luz sobre la caja.

Música

Crisald soltó la espada de prepo producto de un asalto de angustia y se agachó a tomar aquella vieja reliquia de su madre. El objeto estaba frío y lucía tan triste y viejo como tendía a sentirse Crisald dentro de su antigua vivienda. La canción, que su madre le canto alguna vez, se repetía y el mundo del muchacho, junto con sus recuerdos daba vueltas como un trompo que gira en rededor de las tinieblas.

Una vez cansado de escucharla Crisald se dispuso a cerrarla. Mas cuando iba a hacerlo se percató que debajo de la estatuilla de Ungil un pequeño pedazo de papel aguardaba, oculto y camuflado a forma de adorno. Con sumo cuidado y profundamente emocionado, el Vlaind lo retiró procurando no dañar el mecanimo interior. Pudo ver la letra de su antiguo maestro, el mensaje era para su madre:
- Señora Larenthguer, he recibido su ultima carta y debo decirle que, si tengo algo de suerte tal vez su largo pesar por la condición de su hijo allá encontrado solución. Aunque insisto en que debe ser usada antes toda la medicina posible para salvar al joven Crisald, en caso de que esta falle en su cometido aun hay esperanza para el muchacho. 
Tras mucho investigar en las antiguas bibliotecas de mis amigos más cercanos, como también de los más abocados a la cuestión, he dado con un libro magnifico cuyo ejemplar es único. Se títula "Las Artes Secretas Auresianas ". Fue encontrado por Rolando y su camarada Sixfrid en los días de oro. 

Me imagino que se pregunta como tal vejestorio podría salvar el alma de su pequeño. Lo cierto es que en un primer momento pensé igual que usted, pero tan pronto como abandone mis prejuicios y leí en profundidad este texto (que contiene notas adicionales de nuestro señor Rolando, Namidian lo guarde) me he percatado de que es realmente posible lograr, por medio de un extenso ritual, que el alma de quienes no han caído en batalla ascienda hasta el Ramkkara, o incluso que vuelva ante nosotros, salvandolos así del pesado castigo de morar eternamente en soledad por los salones de los espectros. 
Para comentarle los detalles la visitare en los días de mayo. Leeré todo el contenido de este libro para no perder el tiempo una vez nos encontremos frente al muchacho.
Namidian salve nuestra nación.
Sinceramente
Profesor Igvan Rupert Klaus. 

A pesar de que no tenía la menor idea de a que se refería el Profesor en relación a tal libro, Crisald sí rememoraba la situación. Cuando tenía siete años enfermo gravemente de "Atrisus" una enfermedad que solo carga su especie y que les cayo como maldición en tiempos muy antiguos por parte de sus enemigos.  La enfermedad de Atrisus afecta especialmente a los niños y les produce una fiebre tan alta que no puede ser curada por métodos tradicionales como ademas presenta algunos síntomas similares a la polio.

La madre de Crisald se encontraba muy preocupada, pues los Vlaind que no mueren en batalla digna no pueden ascender a los salones del Ramkkara por orden expresa de Namidian. Y si bien ya significaba un dolor espantoso el deceso de su hijo, la idea de que su alma quedara suspendida en el Mostross para toda la eternidad la llenaba de pavor a ella y a su esposo.

El Príncipe no recordaba que lo hubieran curado por medio de un ritual, sino que finalmente otro tipo de remedios ayudaron a mejorar su condición, sin embargo le emocionaba pensar que quizás él pudiera utilizar los conocimientos de este libro para poder lograr que su familia viajara al lugar correspondiente luego de siete años errando entre los condenados del mundo subalterno.

Beso la cajita y la dejó en su lugar, como solía hacer con cada cosa que tocaba en su casa durante sus visitas nocturnas. La volvió a hacer sonar antes de marcharse y guardó la carta en su bolsillo. Ajusto su gabardina y se colocó los lentes negros. Salió caminando por la puerta delantera de la casona y su silueta se perdió entre los jardines y la fantasmal figura de la reja exterior. Ahora, si lo leído en la carta fuese cierto era cuestión de encontrar un libro y a un profesor, su viejo amigo Klaus.

Cuando Crisald se encontraba fuera y muy lejos de allí como para verlo, la caricatura de los esqueletos regresó como por obra de magia o de secretea hechicería. Solo que detrás de ellos aguardaba mucho más que fondos pintados con la prolijidad de un artista, sino mas bien el rostro oscuro de una alta sombra apenas perceptible para el ojo humano. Una sombra de ojos amatistas  que en sus manos llevaba una caja de oro, en la cual danzaba la grácil Ungil, entonando la triste canción que Crisald acababa de escuchar.



***

Capitulo I
Parte II
Ultimo Tren a Blondres


El tren aun no alcanzaba la capital de Himburgo, el paisaje rural se confundía entre las sombras de la noche y las luces de algunas casas perdidas en medio de la agraria provincia de Platino eran como pequeñas estrellas entre azules y blancas, apartadas entre lejanos arboles plantados en soledad alrededor de extensos campos.

Rise no tenía Mp3 ni ningún otro dispositivo con el cual entretenerse, por lo que tuvo que contentarse con mirar por la ventana mientras escuchaba ocasionalmente la radio de alguno de los pasajeros que roncaban gozando de un dulce sueño, amacados por el arrorro de los engranajes del monstruo sobre rieles que era el expreso de la Northline. La ventana que intentaba ser panorámica solo mostraba dos cosas, o bien algunas mansiones de la gente más rica de Himburgo o fabricas abandonadas producto de la crisis que azotaba el país desde hace dos años. Aquellas chimeneas industriales que aparecían con orgullo en la propaganda televisiva del régimen dictatorial pasado no eran más que fantasmas al costado de enormes carreteras y rieles.

Sin nada que hacer a excepción de ver el deprimente y brumoso paisaje del afuera (o escuchar los grupos de moda en el mp3 de su compañero de asiento) Rise decidió que estiraría las piernas para caminar hasta el vagón especial de fumadores. Un servicio que por suerte la crisis económica aun no había matado del todo. A pesar de que no pudo conseguir un boleto para pasar el recorrido entero en ese vagón por lo general el guarda de la entrada dejaba pasar a uno reconociendo lo difícil que es para un fumador pasar más de seis horas sin probar una dulce bocanada de tabaco.

Llegó a la intersección que conectaba su vagón con el de fumadores. El guarda sentado en un pequeño asiento esquinero siquiera le echó una mirada. Viendo que en su omisión estaba el permiso necesario Rise entró y de inmediato pudo sentir el frío de la ventisca otoñal que entraba por las ventanas abiertas del coche. Sentados en dos filas de asientos estaban los pasajeros, durmiendo, leyendo y por supuesto fumando. Aunque todo aquello en un perfecto e inmutable silencio.

El frío no era algo que Rise le molestara grandemente, por lo que apoyo sus codos sobre la ventana que miraba al oeste y dejó que el viento límpido le golpeara el rostro. Iba a sacar el paquete de Lucky Blend cuando le atacó por un instante un golpe de calor, mucho calor. Duró apenas un segundo y Rise no tardo en reconocer que significaba aquello. Sus alarmas de Dracida se habían despertado ante la presencia muy cercana de un Vlaind. Un Vlaind en un tren, en un vagón, su mismo vagón.

Al estar desarmado por completo Rise no pudo hacer más que putearse a sí mismo y esperar a que su contrapartida mitológica no anduviera con ganas de matarlo o perseguirlo. Antes de que fuera capaz de voltearse para examinar el espacio que lo rodeaba una mano enguantada en negro le toco el hombro. No supo si era en forma amistosa o policíaca. De cualquier manera trago saliva y cerró su puño derecho.
- David Bowie.  Dijo la voz suave de quien estaba detrás suyo. Un sujeto alto de largos cabellos rubios atados en una cola de caballo y lentes negros redondeados. - En este vagón pasan mejor música.- Luego señalo los parlantes en las esquinas de la formación.

Música

- Moonage Daydream...- Replicó Rise extrañado ¿Que los Vlaind no se la pasaban escuchando música clásica a caso o algo así? penso.
- Sí...tiene razón. contesto luego.
- Disculpe que lo moleste, ¿Podría darme un cigarrillo? Deje los míos en el café de la estación de Kings Road.

Rise estaba entre bajar la guardia o alejarse antes de que el Vlaind dijera algo del estilo "Y luego del cigarrillo te arrojó por la ventana" Pero algo en los ojos de ese muchacho, claramente más joven que él le indicaba que no corría peligro. Sacó de su paquete un cigarro y se lo encendió con su Zippo robado a un policía en sus épocas de bandalo.

- Gracias. ¿Por que no contrato el servicio para fumador?
- En verdad se suponía que iba a dejarlo...pero bueno, es más fuerte que yo. Dijo Rise - Ademas este servicio cuesta 100 balbans más que el corriente.

El Vlaind largó una profunda bocanada de humo azulado que se perdió rápidamente por el hueco de la ventana. - Entiendo. Cada día todo sale más caro y los salarios se mantienen igual. Hasta fumar es una cosa de lujo hoy en día.
- Si.- Contestó seco Rise poniendo una mano en el bolsillo de su piloto. No sabía como estaría más cómodo, si hablando amablemente con un Vlaind o si peleándose con él. A menudo los Hijos del Ramkkara hacían comentarios políticos bastante diferentes.
- Gracias por el cigarrillo amigo. Le dijo sonriendo de pronto el Vlaind.  - Me bajare en la próxima estación, si te queda viaje aun ten mi boleto. Al menos tendrás música de nuestra época.- Lo palmeó amablemente y se alejó en busca de su equipaje. Lo ultimo que vio Rise de él era que llevaba un libraco viejo como la escarapela debajo de su brazo. Gracias a su vista privilegiada pudo ver las letras en dorado del lomo
"Las Artes Secretas Auresianas" 
Tras la extraña situación fue a su nuevo asiento, la ante ultima estación antes de Blondres estaba ya muy cerca.

Y les dejó el vídeo de presentación  




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